Ya me molestó bastante cuando Arturo, mi padre y mentor, me jubiló de artes, y, sin consultarme o preguntar mi parecer, me sacó del retablo y me regaló a Mariano, que no tardó en plantarme en medio de este socarral , vestido como un D. Juan de las calzas verdes, con sombrero de fieltro, brazos crucificados al sol y a las inclemencias, y tan estático y estúpido que mi autoestima artística quedó mancillada por los siglos de los siglos.
Poco convincente debió ser mi figura ridícula, pues,
antes que disuadir, estimulaba a los vencejos y gorriones, y hasta las malditas
urracas tenían la desfachatez de adornarme con sus infectos y oprobiantes
excrementos que me dejaban como un pingo moteado de marrones.
Ni siquiera la veleta que el bueno de Mariano tuvo a bien
adosarme, -por supuesto, sin consulta ni consentimiento pactado-, en mi cabeza,
y que se movía como una obsesa al compás de los vientos de la planicie
castellana, causándome unas inaguantables jaquecas por hiperestimulación de
proximidad, impidió que toda la fauna volandera del lugar campase a sus anchas
entre trigales y sembrados, picoteando a placer las simientes, mientras se
reían, moviendo sus cabecitas nerviosas y sus picos voraces, de mi grotesca
figura inmóvil pero con los sesos dando vueltas como una noria.
Muchas veces he estado a punto de autoinmolarme al
comprobar mi nula eficacia disuasoria, y, sobre todo, al evidenciar lo bajo que
había caído en lo estético y artístico, así disfrazado de mameluco giratorio y
de estercolero, y hazme-reír de los volátiles.
Hace poco pensé en intentar hablar con mi nuevo jefe para
sugerirle que cambiara mi disfraz ridículo de calzas verdes y veleta giratoria
por uno algo más atractivo, moderno y eficiente, menos crucificado y más dinámico
e iconoclasta, pero desistí porque intuí que el bueno de D. Mariano, además de
llevarse un susto de muerte, no habría entendido ninguna de mis sugerencias, y,
con un poco de mala suerte, y luego de recuperarse de la alucinación creada,
podría haberme arrumbado en cualquier lugar inhóspito de su granja, para
estigmatizar embrujos.
Pero lo que ya no puedo soportar, pues supone un ataque
profundo a mi dignidad de ser sintiente, es lo que esta mañana está
aconteciendo: el Sr. Mariano, sin previo aviso ni declaración previa, está
colgando de mi cuerpo decenas de cintas de video al límite de la asfixia, y
numerosos discos redondos plateados (cedés, creo que se llaman) que me rodean
como si yo fuera un monigote oriental a punto de la celebración del “año del bisonte”.
¡Ah, eso sí que no! ¡Hasta aquí podríamos llegar!
Haciendo un esfuerzo sublime, que me ha costado acumular
todas las rabias antiguas para convertirlas en energía sonora, he podido
exclamar:
-
¡Joder, vale que me vistas de payaso de calzas
verdes, que me caguen y se rían de mi aspecto toda la fauna con alas de la
comarca, que me produzcas jaquecas inaguantables con la estúpida veleta que has
adosado a mi cerebro... pero lo de disfrazarme de máscara tecnológica ya me
parece demasiado! ¡Protesto!
Es una pena que el bueno de Mariano, después de poner los
ojos como platos y la boca como un buzón de correos, se halla desplomado al
suelo con un infarto fulminante al escucharme, pero es que tiene guasa que
nadie quiera enterarse que también los espantapájaros tenemos nuestra dignidad
y nuestro corazoncito...
Luis E. Prieto
9-10-2003