(con música de bolero)
Estaba sentada en una mesita algo alejada del escenario del magnífico jardín tropical que daba nombre al espectáculo. A su lado un hombre, de pelo panocha, se vencía inequívocamente dominado por el ron y por el sueño. Ella ni parpadeaba. Sus ojos estaban fijos en las evoluciones sobre el escenario de las bellezas caribeñas. Sus dedos golpeaban la mesa al ritmo del son.
Juan estaba ya algo cansado de las gineteras, y aunque
aceptaba que su primer impulso había sido el sexo fácil y caliente, al cabo de
cinco días ya soportaba con disgusto esa especie de mercado donde sus dólares
llevaban todas las ventajas y en el que, intuía, detrás del sexo libre y
caliente se escondían cientos de tragedias cotidianas, decenas de necesidades y
de angustias. Se sentía un poco sucio. Había dejado a sus compañeros de viaje
por la Habana Vieja, rondando por el malecón en busca de más guerra, de más
madera, y había decidido gastarse una parte importante de sus dólares acercándose
a una de las turistadas ilustres de la isla.
Mientras se dejaba llevar, delante de un mojito, por el
ambiente mágico y por la música sensual, se había fijado en aquella mujer de
mediana edad, vulgarmente vestida, a la que acompañaba aquel pelirrojo que se
tambaleaba peligrosamente sin que ella le hiciera el menor caso absorta en las
bailarinas que ahora se balanceaban al ritmo de un guaguancó. Parecía bella,
pero su rostro era triste. Su pelo negro y liso, simplemente peinado,
contrastaba con el rojizo de su beodo acompañante y producían un curioso
contraste de luces diversas entre los focos del espectáculo que rozaban sus
cabezas.. Entre sus labios una mueca entre triste y expectante se columpiaba.
En aquel momento el presentador recordaba a su Majestad
el Bolero, y un cantante zaino, ligeramente parecido a Antonio Machín, se
arrancaba con aquella canción eterna:
jugué con fuego por saber
que era yo quien me quemaba...
Juan sintió un impulso inexplicable y se acercó a la mesita:
-
Buenas noches. Parece que su acompañante no disfruta
mucho del espectáculo...
La mujer, turbada, levantó los ojos y esbozó una sonrisa
forzada:
-
Pues no parece. Le va mucho más el ron, pienso...
Juan no sabía qué hacer allí de pié, junto a la mesa,
delante de aquella enigmática mujer y de su dormido acompañante. Sacó fuerzas:
-
¿Me permite que le acompañe?, -preguntó con miedo.
-
¿A mi?, -se sorprendió la mujer-. ¡Pero chico, si
puedo ser su madre!
-
No lo creo, -saltó Juan-. En cualquier caso esto no
es lo importante, -dijo más entonado-. Me llamo Juan, soy español y vivo en
Sevilla.
-
A mi me llaman Gladys, y nací en Santiago de Cuba,
-respondió la mujer acercando una silla a la mesa.
En aquel momento un bolero dejaba su magia por los
jardines del Tropicana:
Esperaré
a que sientas lo mismo que yo,
a que la luna
la mires del mismo color...
El Tropicana tenía su embrujo especial, y la noche pareció eterna, interminable.
Veinte días en unión permanente recorriendo toda la Isla
fue tiempo suficiente para el amor. Veinte días en los que Juan y Gladys se
olvidaron de sus edades y de sus nombres, de sus vidas anteriores y de sus
proyectos previos. Veinte días sumergidos en un sueño continuo con sabor a
besos y a mar, a música y a lánguidos atardeceres entre las cañas y las blancas
arenas de las playas.
El último día, en un rústico Paladar de Cayo Blanco, Juan
miraba arrebolado a Gladys con los ojos húmedos de tristeza. En una radiocasete
sonaba una música melosa y cálida mientras degustaban unas langostas recién
preparadas en la playa.
-
Escucha, Juan, -dijo tiernamente Gladys mientras
acariciaba con sus manos la barbilla del muchacho.
-
Sí, Gladys, escucho, tristemente escucho, -respondió
Juan cerrando los ojos para que no se le notaran las lágrimas.
Y en el aire, la copla, el bolero:
Si
tu me dices ven
lo dejo todo,
si tu me dices ven
seré todo para ti...
Mairena estaba demasiado lejos... Ni siquiera las conversaciones telefónicas semanales eran capaces de calmar a Juan. Sentía demasiado calientes aún las caricias de Gladys, pero excesivamente distantes. Sus amigos y sus familiares, a los que había contado sus proyectos de traer a España a Gladys, le habían dicho que estaba loco, que dejase correr el tiempo, que no se precipitara. Que, en cualquier caso, veinte años de diferencia eran muchos años, y que los amores de vacaciones suelen ser superfluos y pasajeros. Que probablemente la cubana solo estuviera intentando conseguir un pasaporte para salir de la Isla. Y Juan sabía que no. Sentía que se equivocaban. Que todo aquello podría ser cierto, pero que no lo era en absoluto. Mientras rellanaba los impresos para formalizar su matrimonio por poderes con Gladys, a través de la ventana de su dormitorio se colaba una canción que era como un acicate y un tormento:
Dicen
que la distancia es el olvido
pero yo no concibo esta razón
porque yo seguiré siendo el cautivo
de los caprichos de tu corazón...
Sus padres habían dejado prácticamente de hablarle cuando les confesó sus intenciones, y sus amigos de siempre se reían frecuentemente de su ingenuidad y de aquel cuelgue vacacional que le calentaba los sesos. Desde que volvió, hacía ya más de un mes, Juan había comenzado a adelgazar y unas ojeras pardas se habían aposentado alrededor de sus ojos. Comía mal y devolvía frecuentemente los alimentos mal digeridos. Le dolía el estómago y se sentía muy cansado. Solo el recuerdo de aquellos días por las playas junto a Gladys era capaz de devolverle la sonrisa y la esperanza.
Alguien, en algún sitio, tarareaba una canción que le doblaba el alma:
Adoro
la
calle en que nos vimos
adoro
las cosas que me dices
nuestros ratos felices
las adoro vida mía...
Parecía que nunca llegaría el momento. Desde que habían anunciado la llegada del vuelo de la Cubana de Aviación pasaban ya más de veinte minutos. Estaba asustado. Presumía que Gladys no tendría ningún problema con los agentes de la inmigración del Aeropuerto de Madrid-Barajas, pero no las tenía todas consigo a pesar de que ya era legalmente su esposa. Aquella espera le estaba matando. No se sentía nada bien. Había intentado desayunar pero su estómago se había rebelado impidiéndole digerir nada sólido, solo un café con leche que ahora le daba vueltas dentro de la barriga como una noria loca. Sus ojos escudriñaban a todos los viajeros que salían por la puerta de la Terminal 3 del Aeropuerto. En aquellos momentos la megafonía interior de la sala dejaba caer aquella canción que tan cerca le llegaba:
Si
tienes un hondo penar
piensa en mi,
si tienes ganas de llorar
piensa en mi,
ya ves que venero tu imagen divina...
¡Dios, qué ganas tenía de abrazar a Gladys! ¡Qué larga era la espera!
Por fin, al poco tiempo, Juan pudo divisar la figura cálida y deseada de Gladys. Se abalanzó hacia ella y se fundió en un largo abrazo lleno de lágrimas y de hipos. Gladys estaba radiante y juvenil. Ni siquiera un vuelo tan pesado había podido conseguir ajarla. Cuando Gladys pudo secarse las lágrimas miró de frente a Juan y se quedó preocupada:
- Pero, mi chico, ¿qué te han hecho?, -exclamó Gladys sin poder contenerse.
- Nada, mi vieja, no te preocupes, -contestó Juan intentando tranquilizarla-. He estado algo pachucho...
- No me digas huevadas, Juan... ¿Qué es lo que te pasa?, -volvió a inquirir Gladys cada vez más preocupada.
- Que no te preocupes, vieja, -dijo Juan sacando una sonrisa con esfuerzo-, que estoy bien, solo algo molesto con el estómago. Debe ser la úlcera...
El camino en coche hacia Sevilla habría sido maravilloso si no fuera por los dolores que Juan tuvo que soportar cada vez más intensos. A pesar de los esfuerzos de este Gladys se percató de su estado y le hizo prometer que en cuanto llegasen a su ciudad acudirían a un buen especialista para que le hicieran un estudio. El resto, recuerdos y proyectos. Juan hablaba y hablaba de Sevilla y de sus duendes, de sus futuros y de sus anhelos. Gladys aposentada en una nube, sin creerse del todo aún que estaba en España y que era la esposa de ese muchachito tan maravilloso que tenía a su lado. En la radio del coche se escuchó una canción que hizo que ambos se callaran por unos minutos:
Escúchame,
aunque me duela el alma
yo necesito hablarte
y
así lo haré:
nosotros
que fuimos tan sinceros
que desde que nos vimos
amándonos estamos...
Cuatro meses solamente: cuatro meses trascurrieron solo antes de su ingreso urgente en la Residencia Virgen del Rocío. Pero fueron cuatro meses que supusieron toda una vida para Gladys y Juan. Porque ambos sintieron que tan solo ese amor merecía la pena, que todo lo demás, que su familia y sus gentes que habían optado por no intentar comprender, que las gentes que les miraban al pasar acaramelados con cierta irreverencia y sin entender nada, eran absolutamente secundarias. Habían vivido, minuto a minuto, su Sevilla del alma, su Mairena de siempre, su Aljarafe y los embrujos del río y la guitarra, el olor de los patios y la magia de los barrios arrebolados de duendes y de coplas.
Poco antes de la hemorragia se habían parado en aquel café de Los Remedios donde se escuchaba aquel bolero:
Solamente una vez
amé en la vida,
solamente una vez
y
nada más...
Luego todo fueron urgencias e incertidumbres: el ingreso en el Hospital después de una melena desgarradora; las pruebas fatídicas; los resultados alarmantes; el convencimiento de que el cáncer de estómago estaba ya muy avanzado; las promesas de los médicos; la operación urgente...
Gladys se había acercado al cirujano poco antes de que bajasen al quirófano a Juan y le había dicho:
- Doctor, Juan me ha encargado que le diga que le gustaría que pusieran esta música antes de dormirse.
- Faltaría más, señora, -dijo el cirujano mientras tomaba el CD que Gladys sostenía entre sus manos temblorosas.
Los minutos pueden ser eternos desde fuera, y terribles desde dentro. En el quirófano, en una casete con CD, se escuchaba ya la canción mientras el anestesista cargaba sus jeringuillas y preparaba el laringoscopio.
Espérame en el cielo corazón
si es que te vas primero,
espérame que pronto yo me iré
allí donde tu estés...
El cirujano empujó las puertas abatibles del antequirófano: tenía el pijama verde empapado de sudor y se arrancó la mascarilla de un manotazo rabioso mientras se dirigía a la sala de espera donde Gladys aguardaba, a una distancia prudencial de los padres de Juan, las noticias. Se abalanzó sobre el médico.
- ¿Dígame, doctor?
- Lo siento, no lo hemos conseguido, -dijo el cirujano abatido-, el hígado estaba totalmente afectado...
- Pero, ¿cómo está Juan?, -gritó Gladys.
Los padres de Juan se habían acercado al médico. La madre lloraba y el padre apretaba su mano contra el brazo del cirujano al que no le salían las palabras. Gladys comprendió al instante. Se dirigió hacia la puerta de la sala de espera y siguió caminando lentamente como una zombi, sin mirar atrás, sin hablar, sin preguntar más nada.
En el entierro de Juan unos de los pocos amigos que le quedaban tenía un encargo especial que una mujer cubana le había rogado como su última voluntad. Cuando la tierra comenzó a machetear sobre la caja un portátil musical dejó caer la canción en el silencio del cementerio.
Sevilla tuvo que ser
con su lunita plateada
testigo de nuestro amor
bajo la noche callada
y
nos quisimos los dos
con un amor sin pecado
pero el destino ha querido
que vivamos separados.
Están clavadas dos cruces
en el Monte del Olvido
por dos amores que han muerto...
Nunca, ni en Sevilla, ni en Varadero, ni en la Habana, ni en Santiago de Cuba, ni en Guantánamo, ni en los Cayos, se volvió a saber de Gladys.
Luis E. Prieto
14-6-2001