EL EXTERMINADOR

 

(Para Fernando, mi yerno, y para mi hija Bali)

 

Llevaba varias noches en estado de alerta con los ojos inyectados en sangre, recorriendo toda la casa como un poseso. Sabía que, de un momento a otro, caería en la trampa, que no podría burlar, en esta ocasión, el cerco que había preparado concienzudamente.

Repasó su indumentaria, comprobando, en un acto de autoafirmación sublime, que todo estaba en su sitio conveniente: el gorro; la redecilla que cubría su cara y cuello desde la frente; su camisa de manga larga, bien abotonada en los puños; sus guantes de cirujano perfectamente adaptados a sus manos rígidas; su pantalón de licra intranspirable, hasta los tobillos; sus calcetines de lana bien subidos hasta la mitad de la pierna; sus botas militares, sin fisuras...

 

-         ¿Cariño?

-         Sí, Bali, estoy aquí... pero duerme tranquila, mi vida.

-         ¿Pero otra vez con tu cruzada?

-         Esta vez va a ser la definitiva, cari...

 

La voz de Bali le había sonado a Fernando con un marcado tono de ironía quejosa, pero él tenía una misión importante que cumplir y no estaba dispuesto a abandonarla, a pesar de las perplejidades y las demandas de su mujer. Después, -se dijo entre dientes-, seguro que se lo agradecería. A menudo los cruzados fueron incomprendidos en un primer momento, pero luego siempre fue valorada su entrega decidida a una causa noble.

Sólo necesitaba silencio, concentración y buen oído...

 

-         Pero déjalo, Fer..., -se oyó la voz de Bali desde el dormitorio.

-         Esta noche es la definitiva, cariño. Te lo prometo

 

Había dejado varias luces encendidas en el salón, cerca de la puerta de la terraza que permanecía entreabierta. Fernando contenía la respiración sin mover ni un solo músculo de su cuerpo, con los oídos alerta y el dedo pulgar apoyado en el interruptor de su potente linterna.

Sabía que esa noche el intruso volvería, tan confiado y provocante como las últimas tres noches anteriores, que se colaría por la puerta de la terraza, como siempre, y que recorrería la casa buscando sangre, con la impunidad más absoluta, con esa libertad de movimientos que le confería el sueño y la nocturnidad de la madrugada.

 

-         Pero déjalo ya, mi vida, y vente a la cama...

-         Duérmete Bali, por favor. Necesito concentrarme. De esta noche no pasa...

 

Así no había manera, pensó Fernando. Era vital para su misión el silencio y la concentración más absoluta. De un momento a otro el intruso debería aparecer, y, entonces, toda la fuerza de su brazo, preparado y concentrado como un resorte mecánico y justiciero, después de horas de acondicionamiento sicológico, caería implacablemente sobre el malévolo visitante nocturno.

Yo ni siquiera se oía la respiración silente de Fernando, agazapado detrás del sofá del salón, y con todos los músculos tensos dispuestos para el salto y el golpe contundente.

Un martillazo seco, de pronto, rasgó el silencio de la casa, y, a escasos segundos, sin mediar palabra alguna, sólo la luz de la linterna que saltaba de un punto a otro de la estancia, tres nuevos cimbronazos rotundos, secos y definitivos. Luego un silencio pesado, y la voz de Fernando aclarando el espacio nocturno:

 

-         ¡Ah, cabronazo! Te pillé. Esta vez has tenido tu merecido. Jódete ahora tú, que ya me has jodido bastantes días a mí...

 

Bali, que se había levantado al escuchar los impactos, le miraba desde la puerta del salón sin saber si reírse o ponerse a llorar.

 

-         Pero, Fer: ¿qué haces hablando a estas horas con tu zapatilla y vestido como un mamarracho?

-         Ya no nos incordiará más este asqueroso intruso, mi vida..., -contestó, con voz de victoria, Fernando, mientras mostraba a Bali el mosquito despanzurrado en la suela de su zapatilla...

 

Luis E. Prieto

26-7-2003