(Para Luis A. Alcocer, que me enseñó mucho)
Sabía que la televisión era una ventana por la que se
introducía el mundo bien preñado de novedades y ofertas. Entendió que no era
posible que pudieran engañarlo cuando, con tan estéticos y convincentes medios,
le ofrecían un producto; que, a buen seguro, estarían más que bien contrastados
y fiscalizados los mensaje. Pensó que ya era hora de ponerse al día: tomó papel
y bolígrafo, y fue copiando todos los anuncios que la “caja tonta” le sugería,
desde las 9 de la mañana hasta la hora de la comida.
Se pasó toda la tarde adquiriendo las maravillosas
sugerencias que le habían recomendado en la tele: desde tres automóviles,
-coches del año mundiales todos-, hasta cuatro variedades de pastillas
adelgazantes (y no le importó nada estar especialmente delgado), pasando por
exclusivas cremas para el rejuvenecimiento facial a base de plasmas oxigenados
libres, cartillas de ahorro y endeudamiento público, -TAE indescifrables-,
jabones con perlas bioactivas comedoras de mierdas imposibles, bebidas
espirituales a base de afrodisíacos con fuerza dinámica y revitalizadora, así
como media docena de electrodomésticos deslumbrantes y autoeficaces que hacían
la vida mucho más cómoda y llevadera.
Por la noche decidió suicidarse, porque la última
sugerencia escrita, y cumplida, fue la compra de un precioso nicho, -lujo
romántico-, y de un elegantísimo entierro, -tiro de caballos árabes negros y
pompones amarillos-, que había concertado en la aquilatada empresa de pompas
fúnebres La Esperanza.
Antes de que las 50 pastillas adelgazantes tomadas de un
golpe hicieran su efecto, se enterneció comprobando, en la televisión de su
dormitorio, cómo una maciza señorita le aconsejaba que “no dejara para mañana lo que podía hacer hoy”, mientras le
guiñaba pícaramente un ojo, y le ofrecía, con una sonrisa seductora,
“almorradín”, el hemorroidal más íntimo y potente del mercado, elaborado a base
de centrífuga eritomicénica del Amazonas y ñame del Índico, y usado por más de
100 millones de personas en todo el mundo...
Luis E. Prieto
20-9-2003