Dejó que los dedos palpantes de ella buscaran sus glúteos carnosos mientras que veía cómo su boca sorbía con ansias toda la saliva de su compañero de entregas y placeres.
Un bolero amenizaba la zona reservada para las parejas del cafetín oscuro donde se amalgamaban los adictos de la pasión clandestina en calcinamientos contiguos.
Miró a su propia pareja, que seguía absorto en la música o en las imágenes sin sonido de una pantalla colgada en la pared, que decoraba el recinto.
Notó que un flujo caliente se le cobijaba en la vagina, e, involuntariamente, separó los muslos para sentir la sorpresa de su calor.
La mano de ella siguió avanzando por sus ingles con la pericia propia de una exploradora experta, sin despegar, ni por un momento, su boca de los labios de su camarada de besos.
Tímidamente, mientras observaba a su inamovible acompañante, alargó su mano, introduciéndola por entre las rendijas que dejaban los dos cuerpos vecinos, que persistían en los manjares de las lenguas.
Acarició sus tetas, y notó enseguida cómo sus pezones se abalanzaron, enhiestos, contra sus yemas, mientras su clítoris, ya abierto y ofrecido, temblaba contracciones de todos los músculos isquiocavernosos.
El corazón le golpeaba con fuerza, tiñendo de rojo los suspiros callados.
Un solo de trompeta embriagaba, ahora, las paredes enteladas –azul y negro aterciopelado- del oscuro compartimiento del deseo.
Buceando entre carnes y ropas consiguió desplazar sus dedos por debajo de la falda y del tanga mínimo de su vecina, comprobando que su sexo, imberbe y depilado, se entreabría como una granada dulce y complaciente.
Buscó sus ojos detrás de la nuca de su pareja –que mordía ahora con lujuria los labios carnosos y abiertos de ella- y sintió cómo ambos se nublaban a punto del desmayo , mientras los dedos respectivos giraban en círculos concéntricos y salvajes por entre los recovecos del placer abierto.
Un quejido –un grito sordo, alarido con sordina y con temblores- se escapó de las dos bocas casi al unísono, provocando entonces la reacción sorpresiva de las respectivas parejas, tanto del absorto contemplador de imágenes, cuanto del libador
de lenguas y salivas permanentes, que creyó intuir que su pericia besuquil habría podido desencadenar tan excitante respuesta.
- ¿Te pasa algo? –preguntó el contemplador impasible, dejando por un instante su éxtasis filosófico-musical.
- Por supuesto que me pasa, guapo –le contestó con la voz aún tambaleante.
Y levantándose luego se dirigió a su compañera de orgasmos y le dijo:
- ¿Bailamos?
Mientras abrazaban sus cuerpos en un rincón de la sala penumbrosa, los dos machitos se miraban sin saber qué hacer con sus soledades perplejas.
Sonaba entonces “El poder del amor”, y las bocas ofrecidas de ellas buscaban misterios escondidos...
Luis E. Prieto
Septiembre-05