EL NIÑO Y EL MAGO

 

-         Dibuja un hoyo –le dijo el mago.

 

El niño miró fijamente el papel en blanco que tenía frente a sí, tomó el bolígrafo con firmeza y pintó un punto en medio de la hoja.

 

-         ¿Eso es un hoyo?

-         Sí –contestó el niño- visto desde muy lejos.

-         ¡Ah! –suspiró el mago-. Píntame entonces el cielo...

 

El niño dibujó una luna menguada y la coloreó de rojo.

 

-         Parece una frambuesa –comentó el mago-. ¿Estás seguro de que esto es el cielo?

-         Claro. Pero es un cielo que sangra por las noches. Y le faltan nubes y estrellas porque la luna se ha vuelto caníbal de tanto comerse el hambre de muchos niños.

-         –respondió el mago mientras se secaba una lágrima oculta-. Pues dibújame un hombre –insistió un poco triste.

 

El niño miró con detenimiento al mago, sonrió en sus ojillos pícaros, tomó una hoja limpia, acercó el bolígrafo a su superficie e hizo ademán de dibujar rasgos atrevidos y líneas complejas. Se apartó, volvió a mirar con interés la hoja, hizo un gesto de aprobación y se la entregó al mago.

 

-         Ya está.

-         ¿Cómo que ya está? –se enfadó el mago al ver la hoja limpia, sin el menor asomo de dibujo-. Aquí no hay nada...

-         Sí lo hay... lo que pasa es que no sabes verlo...

-         Pues ya me dirás, señorito.

-         He dibujado un fantasma, por eso no lo ves.

-         Ya..., pero yo te he pedido que pintaras un hombre.

-         Pues ya está –dijo el niño.

 

Y el niño siguió su camino, con su pesada mochila a cuestas, mientras el mago se quedaba solo, sin saber qué hacer con su saco de magias que pensaba regalarle.

 

 

Luis E. Prieto

Noviembre-05