EL PARAÍSO DEL BIERZO

 

 

      ( dedicado a...)

 

-         ¿Caminando llegaré a Compostela?, -le preguntó la dama vestida de negro, con un pañuelo en la cabeza y los ojos tan agudos y fogosos como el silbido del viento y la neblina húmeda de aquella tarde.

-         Pues barrunto que sí. El Camino de Santiago es, desde luego..., -contestó Andrés ubicando la aparición con un deje de perplejidad en sus palabras.

 

La antigua carretera Nacional que llegaba a León bordeando el temible puerto de Piedrafita del Cebrero comenzaba a poblarse de sombras otoñales a aquellas horas de la tarde. Andrés había llegado al Paraíso del Bierzo poco antes de la hora de comer, y después de apretarse un suculento cocido bierzano  y una jarra de tinto de la tierra en el solitario comedor del Hotel Rural, prácticamente vacío aún un viernes al mediodía, había decidido olvidarse de la aconsejable siesta reparadora en su habitación y salir a dar una vuelta, entre chirimiris pertinaces, por la carretera que comenzaba a ascender hacia la montaña de Piedrafita.

No se había movido. Le seguía mirando como si su respuesta hubiese traspasado sus oídos sin romperla ni mancharla. Estuvo a punto de preguntarle qué hacía en aquel paraje tan alejado del mundanal ruido, toda enlutada y con unas botas de tacón fino para nada adecuadas pera caminar de peregrina, pero intuyó que sería estúpido formular ninguna pregunta y optó por algo más ecléctico e impersonal:

-         ¿Tienes hospedaje?

-         No.

Andrés observó ahora los ojo negros de la dama que resistió su mirada con una mueca chispeante y directa. Sintió que necesitaba comprometerse con el misterio de las sombras.

-         ¿Quieres que pregunte si hay habitación en el Hotel?

-         No es necesario, puedo dormir contigo: soy trasparente...

Lo había dicho con absoluta rotundidad y sin ningún gesto irónico en la voz o en las manos, dando por hecho que era perfectamente asumible su aserto.

-         ¿Cómo dices?

-         Que soy trasparente. Sólo tú puedes verme, oírme y tocarme...

Pensó que la jarra de vino bierzano se le había subido a la cabeza y que estaba comenzando a sentir alucinaciones foto crómicas, pero hacía tiempo que nada esotérico acontecía en su vida y decidió seguir el juego, aunque se extrañó de no percibir ni el más mínimo malestar alcohólico. La dama de negro le miraba con una sonrisa complaciente.

-         Estupendo, señora trasparente. Será un placer para mi poder aceptar tan misteriosa compañía y comprobar sus asombrosas afirmaciones. Pero, ¿sería tan amable la señora de confiarme su nombre?

-         Llámame Ana...

Andrés se acercó a Ana y la tomó de la mano, aunque su piel sólo pudo tocar el contacto con un guante de seda negra que la cubría. Creyó notar un escalofrío intenso que le recorrió todo el cuerpo, pero los ojos de Ana, clavados en sus labios, no le permitieron más que tirar suavemente de ella en dirección al Hotel. Al llegar a la recepción, tembloroso, le dijo al encargado:

-         Si preguntan por mi haga el favor de decir que estoy descansando y he dejado orden de que no se me moleste.

Ana observaba la escena a su lado con absoluta naturalidad, mientras que Andrés aguardaba algún comentario específico del recepcionista sobre la presencia de la dama de negro.

-         De acuerdo, señor, -dijo el encargado-, vaya tranquilo.

-         Y no se preocupe por mi, -apostilló Ana en voz alta y clara-, no molestaré más que lo imprescindible...

Andrés miró al recepcionista esperando su respuesta, pero este observaba a Andrés con gesto expectante.

-         ¿Desea alguna otra cosa el señor?, -preguntó el encargado.

-         No, bueno, espere un momento... ¿Es que no te ha oído?, -le dijo a Ana.

-         Ya te lo he dicho. Y procura no hablarme en presencia de otros que a ti sí te escuchan y van a pensar que estás loco hablando con el aire.

-         ¿Decía el señor?, -comentó el recepcionista cada vez más asombrado.

-         No, nada, muchas gracias, -respondió Andrés-, estaba pensando en voz alta...

 

Ana se dejó caer en la cama relajando su cuerpo negro. Andrés estaba a punto de preguntarle toda una batería de misterios que había ido acumulando, pero ella, como adivinándolo, le comentó:

-         Es mejor que no busques razones: las razones no siempre son pragmáticas.

-         Pero, ¿existes o es sólo una ilusión de mi imaginación?

-         Existo, soy de carne y hueso, Andrés, aquí me tienes.

Andrés supo entonces que existía, que su cuerpo era de fuego directo y voraz, que sus labios tenían hambre de magias descubiertas, que su sexo se abría como una flor de múltiples facetas y colores. Y supo que sus ojos hablaban mucho más que sus palabras, casi siempre escondidas detrás de murallas de tiempos pasados en donde rebotaban con ecos de espacios callados.

No quiso ya seguir buceando en las razones, y se dejó llevar por la evidencia próxima y constante. Era consciente que los secretos dejarían de serlo en cualquier momento, y que las certezas aparecerían en cualquier instante con toda su carga de dolores.

Desde aquel momento aceptó emborracharse de vida nueva, y aprendió a no preguntar por qué sólo él podía percibir la realidad de Ana, que le llegaba directa entre brumas antiguas. Sabía que antes o después desaparecería el hechizo, y se dispuso a acariciarlo intensamente mientras durase.

 

Recorrieron la comarca aspirando conjuntamente los rincones por donde el tiempo y la vida había dejado sus huellas. En las Médulas, Ana le contó los secretos no escritos de los romanos y sus laberintos de oro y agua, acariciando con sus pasos las galerías horadadas en la montaña. En Villafranca recorrieron el Castillo de los cruzados , y Ana, con sus ojos de bruja, le señaló a Andrés los gritos de las mazmorras que sólo podían percibir los que son capaces de trascender el espacio finito. Y se hicieron confesores de los monjes anacoretas en los Monasterios Benedictinos trasformados en hospederías de caminantes solitarios, e íberos en las pallozas, y amantes silenciosos en el fuego de la chimenea perdida del Paraíso del Bierzo, cuando la noche bajaba su capa de soledad sobre el recinto y no hacían falta las palabras para saberse fundidos en la intensidad de un sueño que les abrazaba con delirios.

El tiempo, sin embargo, seguía juntando horas por debajo de las magias ocultas, y el domingo se había levantado con vocación de agua-nieve y frío. Aquel día Ana estaba especialmente radiante y callada. Mientras tomaban un vino en el Palacio de Prada, en Ponferrada, le susurró a Andrés:

-         Podrías escribirme un poema sobre estos días.

-         - Sí, podría, -respondió Andrés-, pero tu petición me ha sonado a despedida, Ana.

-         Anda, escríbelo, -dijo Ana mientras le extendía una servilleta del bar y un bolígrafo.

Andrés supo que se estaban agotando los misterios y que era hora de juntar caricias acumuladas durante aquellos días. Tomó el bolígrafo y escribió a vuelapluma:

 

Se vino la vid

a recorrer los montes escondidos

en la noche de los tiempos.

 

El agua

horadaba las cavernas inmortales;

montañas sin futuro

recuerdan la fe de las estrellas.

 

Sólo los ojos

me hablaban de huecos infelices:

la voz

se ha quedado anclada en la garganta

de una chimenea sin lumbres

ni caricias...

 

-         Toma, es tuyo, -murmuró Andrés mientras se lo entregaba a Ana.

-         Ya lo sé, -dijo Ana guardándose el escrito en su bolso negro.

No pudo ver las lágrimas, pero estaba seguro de que existían detrás del negro profundo de sus ojos que ahora no brillaban con fuerza, sino con una tristeza infinita.

-         Ha llegado la hora, ¿lo sabes, no?

-         Me temo que sí.

-         No me gustan las despedidas...

-         Tampoco a mi, Ana.

-         Debo continuar el camino, me esperan.

-         ¿Nunca volveré a verte?

-         Desconozco la respuesta, Andrés. El futuro se escribe cada día desde presupuestos diferentes.

-         Ya...

-         ¿Te arrepientes de haberme conocido?

-         No, eso no, Ana. Nunca podré olvidarte, pero...

-         Los “peros”, Andrés, son sólo incertidumbres necesarias para seguir viviendo. Y los “nunca”, afirmaciones desde un espacio concreto y bastante limitado.

-         Es posible, Ana, es posible... Pero, ¿me dejarás tus ojos?

-         Te los dejo. Hasta la próxima.

 

El Paraíso del Bierzo parecía una mansión abandonada cuando Andrés retornó a por su equipaje y a abonar la cuenta de su estancia.

-         ¿Ya parte el señor, -le dijo el recepcionista.

-         Sí, ya es la hora.

-         ¿Todo bien?

-         Todo razonablemente bien, -contestó Andrés.

 

 

Luis E. Prieto

15-1-2004