El ángel bajó a los infiernos para comprobar si las orgías de fuego que tanto anatematizaban sus jefes eran tan terribles como se las habían pintado.
Después de un titubeo de segundos en las puertas del averno, alargó el brazo insustancial y llamó al timbre.
- ¿Mande? –se oyó al otro lado del portal.
- Venía yo desde lo eterno para cotillear un poco –dijo, bastante azorado.
- Pase, pase...
Al cabo de unos años sonó el móvil del ángel:
- ¿Su eminencia ilustrísima?
- Pues no sé –contestó.
- ¿Es usted el ángel que bajó a la tierra en comisión de servicios para estudiar la incomunicación de la especie humana?
- Creo que sí... pero...
- ¿Cómo que pero? Le recuerdo a usted que ha transgredido todas las normas del cielo, y que puede ser condenado a un severísimo castigo...
- ¿A saber?
- Podría ser expulsado al fuego eterno del infierno.
- Vale, macho –respondió el ángel tránsfuga.
Colgó el teléfono, lo tiró al abismo infinito, y siguió refocilándose con las orgías de placer y fuego de aquel asombroso lugar de eternas experiencias lúdicas y salvajes.
Al fin y a la postre él no había elegido ser masoquista, y ya iba siendo hora de salir, definitivamente, del armario.
Luis E. Prieto
Noviembre-05