El humo seguía siendo de un negro sombrío.
Hacía ya más de siete días que los fervorosos fieles esperaban el humo blanco esperanzador y prometeico.
Las primeras jornadas llegaron a más de cuarenta mil fieles expectantes los que se aglomeraban en la Plaza de S. Pedro, pero ya se había ido despoblando de peregrinos y curiosos, y sólo quedaban unos cientos de personas atendidas por los tres hospitales de campaña dispuestos para la ocasión por la Administración Vaticana, y en los que se controlaba las constantes analíticas de los pocos que aún se atrevían a permanecer noctámbulos con el corazón confuso.
La rumorología periodística destacaba ya sin tapujos que en el seno de la curia cardenalicia se había desencadenado una guerra irreconciliable entre los partidarios del Cardenal Rewenta, perfecto para la Doctrina de la Fe y decano de la Curia, y bien conocido por su pertenencia a los “Hijos de Cristo Reinante”, y los más progresistas, adictos a Monseñor Lorenzo da Silva da Pita, joven prelado de 75 años y Arzobispo emérito de Copacabana.
Veintiocho fumatas negras habían teñido ya el cielo aburrido de Roma...
Eran las seis de la tarde y en la sacristía de la capilla de S. Andrés, en Nairobi, sonó el teléfono, despertando a las calurosas chicharras:
- ¿El padre Obengo?
- Sí, ¿quién le llama?
- Soy el cardenal Rewenta, decano de la Curia Vaticana... Le llamo desde la Capilla Sixtina, en S. Pedro.
- Beso sus manos, eminencia ilustrísima.
- Verá, padre, iré al grano: el Cónclave ha decidido, por mayoría simple, votarle como sucesor del Papa fallecido. Setenta y ocho cardenales han depositado su nombre en la urna.
Se hizo un silencio esdrújulo y pegajoso...
- ¡Oiga, oiga, padre Obengo!
- Perdone su eminencia, pero, ¿está seguro de que me llama del Vaticano? ¿No será una broma?
- Nada de bromas, padre. Con estas cosas del espíritu no se juega...
- Pues va a ser que no, eminencia ilustrísima. Verá: yo soy un cura de pueblo y me conformo con atender en mi parroquia a negritos con SIDA y hambrunas. Que no, lo siento...No me veo yo vestido de blanco y negro y haciendo encíclicas para las beatas del mundo. Pero muchas gracias por la llamada: ha sido un detalle de lo más cariñoso...
En la Capilla Sixtina el Cardenal Rewenta, luego del colgar el auricular, se encaja el solideo y anuncia:
- Non habemus Papa. El padre Obengo rechaza los designios del Espíritu Santo.
Otro silencio pastoso y plomizo se apodera del Cónclave.
El Cardenal Ling, del Arzobispado de Shanghai, se levanta entonces y propone:
- ¿Y si hacemos Papa permanente y honorífico al difunto?
Y todos vuelven a votar, y es unánime el acuerdo, y, por fin, la fumata blanca aparece ante el júbilo de los doce sanitarios de los hospitales de campaña de la Plaza de S. Pedro, y que son ya los únicos pobladores del recinto.
(El padre Obengo, en la capilla de S. Andrés, por las afueras de Nairobi, está confesando a un negrito sin dientes y con muletas.)
Luis E. Prieto
Abril-05