MARTA TE ESPERA EN EL CHAT “LESBOS”...
José recibió un correo electrónico que decía:
“Te espero en el chat de lesbos a las 17 horas. No lo olvides. Me estoy enamorando de ti y ya no aguanto en Rótterdam. Tengo que contarte mis proyectos, Ana. Hasta luego, amor.
Marta.”
José llevaba ya más de diez meses siendo Ana en el chat “sólo lesbis”, y lo que había comenzado como un juego primero, y más tarde como una adicción insalvable que le atenazaba todos los días más de dos horas, se había convertido, sin darse demasiada cuenta, en una pesadilla de efectos imprevisibles.
Marta era una preciosa jovencita holandesa, de veintitrés años, nacida en Rótterdam e hija de padres españoles emigrantes, que había descubierto aparentemente su condición de lesbiana a través de José, que no era José, sino Ana,
una mujer rica y algo madura, anestesióloga de un importante hospital privado madrileño.
Anteriormente a Marta, José había ya jugado a ser Ana con varias candidatas del chat, aprovechándose de los conocimientos, que como médico tenía, de la fisiología femenina, y usando siempre para identificarse una fotografía, que no sabía cómo había llegado a su poder, de una mujer de unos treinta y cinco años, bella y enigmática, y que enseguida acopló como su imagen femenina para las ocasiones.
Pero nunca, a pesar de que los chats escritos de lesbianas propiciaban los encuentros más esotéricos y las conversaciones más liberadas, rayando siempre con lo puramente pornográfico, había sentido como ahora que se estaba metiendo en un callejón sin salida y de difícil solución.
Cierto que existieron “La Perla” y “Amazona”, con las que pasó largos ratos en propuestas orgásmicas y coitos virtuales, y que “India” y “La Muñeca Gozosa” le seguían persiguiendo de vez en vez y mandándole invitaciones a chats privados en los que sólo el sexo tenía razón y fundamento, pero nunca tuvo claro José que los personajes de estos contactos virtuales fueran ni siquiera mujeres, y mucho menos de tendencias homosexuales reales, aunque, salvo con la India, -demasiado brusca en sus escritos, demasiado viril en sus expresiones-, le divertían sobre manera los juegos ambivalentes desde la posibilidad teórica y la complicidad más juguetona.
Lo de Marta a José le parecía bien distinto, aunque tampoco podía asegurar que no se tratara, también, de un juego más de mentiras virtuales, en ese afán del medio por representar quien en realidad no se es, quizás como parte de un sistema de fantasías y vanidades que la Sociedad Global propugna y anima. Tenía la intuición de que Marta era real y sincera, lo que le producía una sensación aguda de culpabilidad, pero que no podía contrarrestar desapareciendo tranquilamente en el magma del anonimato y el silencio del medio, a pesar de que lo había intentado en varias ocasiones. Estaba jugando con fuego y era consciente de que podía quemarse, pero, aún sabiéndolo, aún reconociendo que su matrimonio era uno más de los muchos que transitaban por los lugares comunes del conformismo y del aburrimiento, teóricamente se encontraba cómodo en esa posición tradicional y le angustiaba estar introduciéndose en un mundo complicado y de consecuencias imprevisibles, sobre todo para Marta.
Su último correo electrónico le había dejado preocupado, pero, a la vez, deseaba que llegara la hora de la cita para hablar con ella.
- Hola, Ana, -escribió rápidamente Marta cuando vio aparecer su nombre en el chat privado de lesbos.
- Hola, Martita... ¿Cómo estás?
- Bueno...ya no aguanto sin ti.
- Mujer, estáte tranquila. Todo llega...
José intentaba medir con cuidado lo que escribía, pero estaba deseando conocer los proyectos de Marta.
- Ya he tomado una decisión, Ana: dentro de una semana me voy a Madrid.
Se hizo un silencio escrito que pareció eterno.
- ¿Me has leído, Ana?
- Sí, sí, Marta... Estaba pensando...
- ¿Es que ya no me deseas como antes?
- No, no es eso, Marta. Claro que te deseo. Siempre he soñado en tenerte en mis brazos..., -mintió descaradamente José.
- ¿Entonces? ¿No me has dicho docenas de veces que sería maravilloso vivir conmigo?
- Claro, Marta, claro... Pero...
- ¡No me digas que hay “peros”!
José no sabía ni qué escribir. Se estaba metiendo en la boca del lobo, pero, por otro lado, le apasionaba seguir el juego hasta sus últimas consecuencias.
- Escucha, Martita...
- ¿Sí?
- Dame sólo una semana para arreglar mis cosas. Conmigo vive una compañera del hospital y necesito pedirle que se busque otro lugar para que podamos estar juntas y solas las dos...
- ¿Es tu amante, Ana?
- ¡No, chiquilla, es hetero! Sólo compartimos la parte económica de la casa.
- ¿Me lo prometes?
- Te lo juro, Marta. Dentro de unos días te escribo. Ten confianza en mi, cariño.
- Bueno, pero no más de una semana. Estoy deseando besarte y abrazarte, mi vida.
- Y yo también, Martita, y yo también. Dame unos días...para arreglarlo todo...
José se quedó en blanco. estaba estupefacto. Ni siquiera sabía si Marta Mesa del Prado, de veintitrés años, nacida y residente en Rótterdam, lesbiana y apasionada, de la que sólo conocía sus palabras escritas y una foto que había recibido hacía ya cuatro meses, existía de verdad. ¿Qué podía hacer? La idea de conocer personalmente a Marta, que según la foto era especialmente atractiva, le hacía cosquillas en el bajo vientre, pero, ¿cómo hacer para no dañarla dado que era imposible que él se convirtiera, de pronto, en mujer, y lesbiana para más señas?
Pensó en desaparecer radicalmente, pero una fuerza interior, entre la curiosidad y el deseo, se lo impedía. Al menos intentaría saber algo más de Marta antes de tomar una decisión. Se acordó de su amigo Santiago Cámara que era neurólogo en un hospital de Ámsterdam. Le escribiría para saber, al menos, si existía Marta Mesa del Prado: imaginaba que no le sería difícil comprobarlo en la colonia española de la ciudad holandesa. Mientras tanto dejaría que el tiempo hiciera su labor cotidiana y misteriosa...
Javier le respondió con premura que había encontrado en la guía de teléfonos de Rótterdam a la familia Mesa, y le mandó el teléfono , que coincidía con el que Marta, hacía tiempo, había dejado a José por si deseaba algún día hablar directamente con ella, y que, lógicamente, nunca utilizó.
Parecía evidente que la existencia de Marta era definitoria, y los días pasaban sin saber qué hacer ni por qué camino decidirse respecto a la venida de Marta a Madrid.
Al fin tomó una decisión y escribió a Marta:
“Esta tarde, a las 19, te espero, Martita, en el chat
privado de lesbos.
No faltes. Te quiero.
Ana.”
- ¿Ya lo solucionaste, Ana?, -escribió a bocajarro Marta en cuanto vio aparecer su nombre en la sala.
- Sí, Martita, parece que mi compañera lo ha entendido perfectamente y se va mañana a otro apartamento que ha encontrado.
- ¡Bien!
- ¿Cuándo vienes?
- Dentro de tres días, si te parece...
- Estupendo...así me da tiempo a arreglar la casa, Martita. Escríbeme el número de vuelo y la hora de llegada a Barajas. Iré a recibirte.
- ¡Qué emoción, mi amor! Pero, ¿cómo nos reconoceremos?
- Bueno, tenemos las fotos, Marta...
- Sí, pero ya sabes que a veces no hacen mucha justicia y puede no ser fácil encontrarse.
- ¿Tienes la Pasión Turca de Gala?
- Sí, Ana, la he leído varias veces.
- Entonces llevaremos las dos en la mano, y bien visible, el libro para que no existan posibles confusiones. ¿Te parece?
- Estupendo, mi vida. Se me harán eternos estos días que restan...
- Y a mi también. Marta. Estoy nerviosísima a pesar de mis años. Te quiero...
- Yo más, Ana: te necesito.
José pensó que sería la última vez que se comunicaría con Marta porque el tema no tenía ya posibilidad de marcha atrás ni de cambio, pues, aunque había pensado decirle en el chat la verdad, que no era ni fue nunca Ana, sino José, un médico de cuarenta años, casado, curioso, aburrido y juguetón de sentimientos, al final no tuvo valor para afrontar el hecho al ver el entusiasmo de Marta y la necesidad de cambio que evidenciaba en sus escritos. Como lección había resultado contundente, aunque algo en su interior le seguía provocando un deseo de conocer a Marta. ¿Qué podía perder con ir al Aeropuerto? Al menos a él nunca le descubriría, dado el cambio absoluto de personalidad con la que siempre jugó...
El vuelo IB-434, Ámsterdam-Madrid, traía quince minutos de retraso. José llevaba ya más de media hora en la Terminal Internacional de llegadas, a una prudente distancia de la puerta G de salidas, con el corazón bombeando a plena cabalgada. Había cogido, por puro instinto, el libro de Gala, pero lo ocultaba debajo del chaquetón de piel que se había puesto, a pesar de que el frío, en Marzo, ya no aconsejaba tanto abrigo.
El tránsito de viajeros era incesante por aquella puerta. Intentó calmarse pensando en que sería sólo el final de un juego estúpido que había durado demasiado tiempo. ¡Y seguro que Marta no tendría ningún problema para buscarse la vida en Madrid, con su imagen y hablando varios idiomas a la perfección!, se mintió con desparpajo para tranquilizar su conciencia.
“Iberia anuncia la llegada de su vuelo 434 procedente de Ámsterdam. Desembarco por la puerta G”, anunció, metálica, la megafonía del Aeropuerto. “Es el momento”, se dijo José con el corazón en la boca. Al cabo de unos minutos, que se le hicieron interminables, la puerta G comenzó a vomitar gentes presurosas cargadas de maletas. No veía a Marta por ningún lado desde su emplazamiento escondido. Ninguna de las mujeres que salía podía identificarse con Marta, y ninguna llevaba en la mano la Pasión Turca. ¿Sería una broma pesada?, se interrogó José algo confundido. El tropel de viajeros iba descendiendo, y ahora aparecían de a poco, aunque en los alrededores de la puerta se había formado un pequeño atasco de personas que daban la bienvenida a los llegados. ¿Dónde estaría Marta?, se dijo angustiado José. No la veía, y ya, aparentemente, habían salido todos los viajeros del vuelo...
José se acercó un poco a la puerta para poder comprobar más directamente a las personas que se arremolinaban junto a la salida. De pronto vio a un joven de unos treinta años, que le recordó inmediatamente a Leonardo di Caprio, que miraba a su alrededor y que portaba la Pasión Turca de una forma visible en su mano derecha.
- ¿Eres Marta?, -se atrevió José a preguntarle con voz temblorosa mientras se acercaba dubitativo con el libro de Gala a la altura del pecho.
- ¿Y tú Ana?, -respondió el joven evidentemente nervioso.
- Sí, yo soy Ana, -dijo José.
- Yo también soy Marta, -contestó el joven con un cierto acento alemán.
Y se fueron, cogidos del brazo, hacia el coche de José, en el que se perdieron por las viejas y nuevas avenidas de un Madrid cosmopolita y misterioso, de un Marzo enigmático y templado...
Luis E. Prieto
3-6-2003