Por Navidades, Raimundo, siempre se embutía en su traje
de torero y salía a dar muletazos, en el frío de las mañanas de invierno, a un
toro fantasma, sin cuernos, pero con redaños agudos como dos pitones precisos y
de miedos anunciados.
En el pueblo todos hacían como que querían a Raimundo,
sobre todo cuando las crisis le mantenían alejado de las calles, y sus gritos
no se oían en las noches tranquilas de la sierra. Entonces el pueblo se sentía
libre y compasivo, con esa sensación de libertad no vigilada que se concede a
los habitantes que pagan sus impuestos, que votan cada tanto, y que rezan los
domingos a las puertas de la iglesia.
Era en esas épocas cuando la Alcaldesa, en las juntas
municipales, preguntaba a sus concejales de dónde podrían sacar una partida
presupuestaria para ingresar a Raimundo en el Provincial a fin de que estuviera
siempre bien atendido. La oposición, aprovechando el incidente, acusaba siempre
al Equipo de Gobierno de insensibilidad manifiesta y de intentar eliminar, por
vía hospitalaria, a un ciudadano necesitado del pueblo, en vez de buscar
fórmulas alternativas para la integración social de Raimundo.
Y todo quedaba en un “rifi-rafe” de dialécticas
apasionadas, poco antes de abandonar la sesión sin acuerdo y de reunirse a
tomar unas copas en el Bar de Pedro.
Por primavera las crisis de Raimundo estaban anunciadas
desde hacía años. Cuando los prunos comenzaba a florecer, Raimundo desencajaba
sus mandíbulas, alargaba sus brazos simiescos, y volteaba los ojos hasta bien
llegada la tarde apaciguadora en la que su abuela Rocío era capaz de tranquear
esquinas arrastrando a su nieto hacia la casa familiar, ha tiempo ya habitada
solamente por la pareja, desde que su hija y su yerno murieran en un lamentable
accidente en la Autopista del Norte.
Aquella mañana de polen y viento enfurecido Raimundo
estaba desde las primeras horas del alba zarandeando el viejo almendro
floreciente de la plaza del pueblo. Sus gritos entrecortados y chirriantes
habían alertado a los vecinos más próximos que maldecían, desde sus lechos, la
mala suerte de tener que soportar las crisis del tonto del pueblo.
Los gritos de Raimundo iban en aumento, mientras topaba
su gran cabeza deforme contra el tronco:
-
Abuela... duerme siempre... abuela...
Y en tanto agitaba al pobre almendro, que dejaba caer
parte de sus corolas blancas en el ímpetu del ataque, seguía gritando:
-
Raimundo rico... Abuela se fue y ya no me quiere...
Abuela se durmió ya... Raimundo dinero...
Con el alboroto mañanero las fuerzas vivas del pueblo se
echaron a la calle para intentar frenar al pobre tonto y reconducirlo con su
abuela. Cuando al fin consiguieron reducirle y pudieron llegar arrastrándolo a
su casa, Rocío yacía inerme en su cama, con las manos cruzadas en el pecho y
sosteniendo un boleto de la lotería entre sus dedos agarrotados.
El médico certificó “parada cardio-respiratoria”, pero la
alcaldesa, antes de que el juez de guardia se personara y ordenara el
levantamiento del cadáver, pudo desasir de entre las manos rígidas de Rocío el
boleto y comprobar , a toda prisa, que había sido premiado con la friolera de
cuatro millones de euros.
En la Sesión Consistorial de Urgencia que se celebró
después del entierro de Rocío, todos los grupos políticos de la alcaldía
votaron unánimemente una moción propuesta por el grupo mayoritario de gobierno
en la que se acordaba incluir los beneficios del premio en los Presupuestos
Sociales del Ayuntamiento, substrayendo, eso sí, una cantidad suficiente para
los gastos de mantenimiento de Raimundo, durante diez años, en el Hospital
Provincial.
La moción fue reflejada en el Libro de Actas del
Ayuntamiento como “Acuerdo del consistorio para la inclusión de una donación
extraordinaria para Obras Sociales del Ayuntamiento”.
En los años siguientes el pueblo vio con regocijo cómo
fueron inaugurados en su término municipal una piscina olímpica, un bar de
alterne (las malas lenguas murmuraban que era propiedad de la alcaldesa y del
jefe de la oposición), y una nueva iglesia.
Raimundo, en el Provincial, continua dándose cabezazos, a
falta de árboles, con las paredes de su habitación y de los pasillos.
Y, a veces, con una sonrisa medio irónica y medio
estúpida, repite insistentemente:
-
Pídele peras al olmo...
Luis E. Prieto