Cuando Antonio Rodríguez Cuenca llegó a su apartamento, tiró su maletín de cuero en el pasillo, se despojó a tirones de la corbata, miró el reloj del dormitorio para confirmar las horas que le restaban antes de su vuelo a Ibiza, entró en su cuarto de baño, abrió el frasco de “just for men”, y se frotó con rabia el cabello castaño engominado a rallas.
Preparó el tanga, el pantalón de lino blanco –ancho y vaporoso- y la camiseta calada de lagartos sonrientes. Se puso el pendiente dorado en su lóbulo izquierdo, y, mientras el tinte hacía su efecto rubio, sacó del armario la maleta, que llevaba semanas aguardando su redención de sueños.
Antonio Rodríguez Cuenca, ya convertido en Tony R., se puso la riñonera al cinto y pidió un taxi para el Aeropuerto.
Saludó con un guiño lejano a D. Fernando Iniesta, su jefe en la sección de Ingeniería Naval de Arkansas y Náuticas Asociadas –ya convertido en Ferdinand-, y se acomodó en su asiento 12G del Airbus 320, bastante alejado del 24E de Ferdinand, por cierto, más bello que nunca con su look de pirata canalla y su piercing nuevo en la ceja derecha.
Cuando llegaron al puerto tomaron la Línea Express para Formentera, se acomodaron en la cubierta superior abierta, para que el sol y el aire marino comenzaran a broncear sus cuerpos medio tostados por los rayos U.V.A., y se dieron el primer beso de las vacaciones.
Al cabo de 30 minutos, Ferdinand y Tony R., estaban ya en Cala Saona luciendo sus atributos de machos reconvertidos durante 10 días de asueto, y soñando paraísos de amor y sexo.
- Por cierto, Ferdinand, ¿dónde le has dicho a Mercedes que nos ha mandado la empresa esta vez?
- A Ámsterdam, Tony. Y menudo apuro, porque Merche y las niñas querían, en esta ocasión, venirse conmigo...
- Joder, niño, vaya chasco...
Luis E. Prieto
Septiembre-05