ÚLTIMA
VOLUNTAD
Me dijo que no me preocupara, que tuviese resignación, que el Sumo Hacedor me acogería en su seno y no haría distingos a la hora de redimirme, porque Él no sabía de nombres, ni de rostros, ni de debilidades pasadas.
Me convención indefectiblemente: le puse la capucha negra, le sellé la boca con la cinta aislante, y me pinté bigote y desdibujé mi calva con las témperas que pocas horas antes había solicitado al director de la prisión como últimas voluntades, so pretexto de que nadie viera ni oyera mis estertores y para dejar un último pensamiento gráfico en las paredes de mi celda.
Con su sotana, su misal y su rosario, le acompañé pesaroso y cabizbajo por el corredor de la muerte, aprovechando el extraño parecido físico que siempre tuve con el monseñor de la cárcel.
Mientras las descargas eléctricas producían convulsiones incontrolables en el reo, encapuchado y silencioso según su última voluntad, leí, en un murmullo escasamente audible, un réquiem compasivo del libro de rezos del cura.
Yo estaba seguro que el Sumo Hacedor le reconocería ipso facto, aunque no tenía nada claro, ahora, qué hacer con la sotana, el misal y el rosario.
Pensé: “no hay que seguir tentando la suerte”… y después de consolar a la oficialmente viuda, que lloraba desconsolada pero apretándome la mano de una extraña forma acariciante, me fui con ella a nuestra casa para quitarme el disfraz y las pinturas, y seguir viviendo, con mis últimas voluntades y muerto de risa…
Luis E. Prieto
Mayo-04