AQUELLOS
SENTIMIENTOS...
Aquellos sentimientos que siempre percibió como dolorosos los fue guardando en aquel cofrecito de su dormitorio.
Cada
pocos días tomaba su bolígrafo y algún trozo de papel ya necesariamente usado
(no podía escribir desde nunca en papeles limpios), y dejaba que sus dolores
fluyesen, sin orden ni concierto, sobre el papel. Luego doblaba el papelito en
mil pedazos y lo guardaba en el cofrecito dorado como si hubiera tirado a su
particular “muro de las lamentaciones” un buen bocado de sufrimientos.
Un
día, que curiosamente era gris y frío, húmedo y ventoso, Aurora había estado
escribiendo desde primeras horas de la mañana sus sentimientos dolorosos que últimamente
se acumulaban en su alma con extrema facilidad. Ya había escrito cinco
papelitos que hablaban de soledades y de ausencias, de incomprensiones y de
extrañezas, de dolores sordos que le acompañaban desde hacía años y a los
que nunca osaba dejar traslucir hacia fuera porque siempre había creído que no
serviría para nada, y además le podría hacer demasiado vulnerable.
Había
aprendido con el tiempo a descargar sus pesares en aquel cofrecito que guardaba
ya cientos de papeles doblados con cientos de sentimientos plagados de lágrimas.
Se
acercó al cofre con sus cinco papeles doblados, lo abrió girando lentamente la
llave de la cerradura, y los depositó sobre todo el montón de papelitos
acumulados que ya casi revosaban la capacidad del sobre. Empujó los papeles que
acababa de depositar contra los ya existentes y se dispuso a cerrar el
cofrecito. Pero no pudo. Algo extraño le impedía lograr cerrar del todo la
caja. Insistió de nuevo comprimiendo más si cabe el montón de papelitos
doblados para hacer sitio, pero nada. Una fuerza extraña se oponía a su presión
y le impedía cerrar el cofre. En eso estaba cuando se sorprendió al escuchar,
bien clara y precisa, una voz que decía:
-
¡Chist,
chist: no empuje tanto, por favor! Tenga un poco de delicadeza...
Aurora
volvió la cabeza para intentar localizar de dónde salía aquella voz que se le
antojó algo enojada. En el dormitorio no había nadie. Estaba sola, como todas
las mañanas.
-
No,
no busque fantasmas, señora, -volvió a sonar la voz fuerte y clara-. Estoy aquí,
en el cofre, y me va a ahogar de tanto apretar...
-
¿Cómo
dice..?, -se atrevió a balbucear Aurora.
-
Pues
que estoy aquí, señora, -insistió la voz-. Soy el genio del cofrecito...
Aurora
se había quedado petrificada con los ojos como platos sin apartarlos del cofre.
No veía nada pero era evidente que no podía cerrar el cofre y que la voz era
de una claridad meridiana.
-
¿Sigue
estando ahí?, -preguntó acercándose mucho al cofre.
-
Por
supuesto... Pero no hace falta que se acerque tanto, que no soy sordo, -se quejó
el genio.
Aurora
se quedó ensimismada. Se pellizcó varias veces las mejillas para confirmar que
estaba despierta, pero sí, notó la sensación punzante de los pellizcos. Tímidamente,
y con la voz más suave para no molestar al genio, se atrevió a decir:
-
Pero
es que yo no creo en estas cosas...
-
Pues
me parece estupendo,- respondió la voz de nuevo con un deje de mosqueo- ¿Y
ahora qué hacemos? Porque yo evidentemente estoy aquí...
-
No
sé qué decirle..., -titubeó Aurora.
-
Bueno,
si quiere, me difumino, y si te he oído no me acuerdo, -sugirió el genio.
-
No,
no, quédate, -suplicó ahora Aurora cambiando radicalmente de actitud-. ¿Y
para qué sirves?
-
Yo
soy un genio clásico, pero limitado, -respondió la voz-. He leído tus
pesares, y he decidido salir y hacerme presente por si le puedo echar una mano.
-
¿Cómo
qué?, -preguntó Aurora.
-
Puedo
concederle un deseo, pero solo uno, -puntualizó el genio-. Ya le he dicho que
soy un genio limitado.
Se
hizo un silencio espeso y mágico. Aurora estaba entregada y ya poco le
importaba creer o no creer en los misterios. Al cabo de unos segundos preguntó:
-
¿Solo
uno?
-
Sí,
solo uno, -respondió el genio.
-
Pues
entonces deseo no tener nunca más sentimientos tristes, -dijo un poco
expectante Aurora.
-
¿Está
completamente segura de ese deseo?, -preguntó el genio extrañado.
-
Sí,
creo que sí... Eso es lo que más deseo, -respondió con firmeza Aurora.
- En fin, si está convencida, no tengo más remedio que concedérselo, -contestó el genio-. Escriba en uno de sus papeles esto: ESTE SERÁ MI ÚLTIMO SENTIMIENTO TRISTE... Dóblelo luego, métalo en el cofre y ciérrelo con llave.
- De acuerdo, -dijo Aurora.
- Y recuerde que no podrá arrepentirse después, y que será la última vez que escuche mi voz, -dijo melancólico el genio-. Espero que no se equivoque...
Aurora
siguió al pié de la letra las instrucciones del genio, y cuando echó la llave
al cofrecito salió del dormitorio con la sensación de haberse quitado cien
kilos de peso de su interior.
Nunca
más volvió a escuchar al genio, y, lo que le pareció algo más sorprendente,
nunca más volvió a ver el cofrecito de los pesares.
Pasaron
los días y los meses y Aurora esta exultante: las risas y los gozos se
apoderaron de su corazón y de su vida. Todo lo que le rodeaba era un bálsamo
amable y cariñoso, todo era perfecto y alegre.
Pero,
poco a poco, Aurora empezó a adelgazar y a perder el apetito. A pesar de que
todo eran sonrisas y alegrías, su cuerpo se negaba a caminar por la misma senda
y unas terribles ojeras violáceas comenzaron a adornar su cara convirtiéndola
en un rostro risueño pero triste, alegre pero enfermo.
Cuando
su estómago se negó a ingerir ningún alimento, ni líquidos siquiera, la
palidez de su cuerpo se había convertido en una sonrisa cadavérica y esquelética.
Los médicos nada pudieron hacer por aquella “carcinomatosis generalizada y
masiva” que se había cebado con sus carnes y que estaba llegando ya hasta el
centro de su cerebro.
Poco
antes de morir, rodeada de todos los suyos, la sonrisa de Aurora se tornó en
risa franca, en carcajada siniestra, y se la oyeron decir unas palabras sin
sentido entre grandes hipidos de risas: “Genio, genio, -decía-, cuánta razón
tenías, genio...”
Los
más allegados se acercaron para poder entender sus últimos suspiros, y
alcanzaron a escuchar cómo risueña exclamaba: “No, no se puede vivir
solamente de alegrías...”
Fueron
sus últimas palabras.
Y
parece ser que cuando removían la tierra de su última morada, los enterradores
se sorprendieron al encontrar un cofrecito dorado con la lleve echada, y que al
abrirlo aparecieron cientos de papelitos, totalmente en blanco, sin ninguna
sonrisa, y sin ninguna lágrima tampoco...
LUIS
E. PRIETO
14-7-2000