Y
VICEVERSA... El regreso
No era fácil
sobrevivir en Dakar siendo blanco, pobre y sin papeles...
Las
primeras semanas después de escaparse del Hospital de África con un diagnóstico
de malaria y con fiebres intermitentes, Carlos, fue uno más de los cientos de
mendigos sin casa que pululaban por los alrededores del centro de la ciudad.
Pronto aprendió, para salvar su identidad y con ella su integridad, a taparse
la cara con una especie de “fez” de un color indefinido que a modo de
pasamontañas le dejaban prácticamente solo los ojos y la boca al descubierto.
Y su cuerpo fue adornándose con cuantos trapajos fue encontrando por las calles
y los mercados.
Durante
aquellos días supo de hambres y de calenturas, que intentó mitigar al amparo
de una somnolencia casi permanente que le mantuvo prácticamente tumbado entre
los portales y la mugre de los cementerios de automóviles la mayor parte de las
horas. Pero siempre tuvo un pedazo de pan marrón o un trozo de fruta, e incluso
de cordero viejo, que alguna mano desconocida y anónima le tendió en los
momentos más necesarios.
Al
cabo de unas semanas podía ya casi mantenerse erguido y las fiebres habían
remitido como por ensalmo.
Fue
entonces cuando conoció a Amadou. Amadou era un “serere” de unos 40 años
que desde pequeño había vivido la vida de los mundos, y que se dedicaba ahora
al próspero negocio de las “hierbas”, eufemismo con el que se conocía en
Dakar el trapicheo y minoreo con las drogas que, como el hachis, y últimamente
la coca, llegaban continuamente al puerto de la ciudad. También llevaba una
troupe de gacelas jovencísimas, chicas de la tribu “peule”, que se
dedicaban a la prostitución callejera por los alrededores de los cuatro hoteles
importantes de Dakar.
Aquel
día Carlos había podido levantarse del portal que ocupaba en la rue de Sengor
y se había encaminado a una fuente pública cercana para intentar quitarse
parcialmente la mugre que le cubría. En eso estaba cuando Amadou, con su
elegante traje de alpaca veige y su camisa negra en la que destacaba un grueso
collarón de oro macizo le abordó preguntándole:
-
Oh,
la, la! Un jeune bien blanc et bien pauvre...
(¡Oh!, un joven bien blanco y bastante pobre...)
Carlos volteó
la cabeza, y, más por cortesía que por cualquier otra cosa, contestó:
-
Désolé,
Monsieur, mais je ne parle pas bien le français...
(Lo siento, señor, pero yo no hablo bien el francés...)
-
¿Quizá
español?, -chapurreó, bastante adecuadamente, Amadou.
-
Sí,
sí... soy español, -dijo Carlos.
Amadou
había vivido intensamente desde los 16 años que salió de su aldea al Oeste de
Senegal y había pasado casi tres años por los mercadillos de España haciendo
la carrera de vendedor de alfombras y de tótenes de madera.
-
¿Y
se puede saber qué hace un españolito joven y apuesto como tu con estas pintas
en Dakar?, -indagó Amadou.
-
Pues
ya ve usted, -contestó algo turbado Carlos-, de emigrante...
A
Amadou la aparición de Carlos le venía ni que al pelo. Llevaba tiempo buscando
alguien que pudiera dar la cara en sus negocios para confiarles una apariencia
internacional y medio respetable. ¡Y que mejor que un joven blanco y occidental
para lograrlo!
No
fue difícil para Carlos, dada su precaria situación, aceptar, desde la primera
invitación de Amadou para comer en
un pulcro restaurante de Dakar, hasta hacerse poco a poco el brazo derecho y el
hombre de paja de los dudosos negocios de su protector.
Al
mes de ese primer encuentro Carlos se había convertido ya en una figura
imprescindible y bien conocida en los “lobys” de los hoteles de Dakar y de
las zonas turísticas de Sally, en la costa. La troupe de gacelas peules de
Amadou le respetaban hasta llegar casi a prohijarle, ofreciéndole con
frecuencia sus favores solo por el placer de hablar con él y de disfrutar de
esa mezcla de ingenuidad occidental y fogosidad juvenil que Carlos poseía. Todo
marchaba sin grandes sobresaltos, y solo la correduría de hierbas y coca al por
menor le suponían alguna pequeñas fuentes de problemas, aunque también de
pingues beneficios.
Amadou
supo enseguida que había encontrado lo que andaba buscando para dar a su
“negocio” el aspecto internacional y cosmopolita que deseaba, y no le dejó
escapar: a los quince días Carlos disponía de un pasaporte falsificado como
ciudadano de Costa Rica, y oficialmente regentaba un negocio de importación-exportación
en la capital de Senegal.
Joseph
Dá, el jefe de la policía política de Dakar, era uno de los más frecuentes
clientes de Amadou, y Carlos supo ganarse bien pronto su confianza y su amistad.
Era un asiduo consumidor de coca de gacelas jovencísimas, tanto, que Carlos
tuvo que montar para él una sucursal de búsqueda y captura de jovencitas entre
15 y 18 años por los alrededores de las ciudades más importantes del país.
Era un personaje siniestro y sanguinario, y a menudo las chicas se habían
quejado ante Carlos de las vejaciones a que eran sometidas por el
“policeman” que, insaciable, iba aumentando sus demandas sexuales y su
consumo de coca progresivamente.
Un
día Carlos recibió una llamada del Hotel Intercontinental que sonó caústica
y dramática:
-
Monsieur,
il faut que tu viennes rapidement ici, a l´hôtel. Ta jeune princesse est morte.
(Señor, es necesario que venga rápidamente aquí, al hotel. Tu joven
princesa está muerta)
Era la voz de
Joseph Dá, y presagiaba tormentas impredecibles...
Cuando
Carlos llegó a la habitación 127 del hotel y abrió la puerta se encontró un
cuadro aterrador. Lissette yacía en el suelo desnuda alrededor de un gran
charco de sangre, y el Sr. Dá la miraba fijamente, con los ojos desencajados,
desde un sillón de la habitación. Lissette tenía solo 16 años, y a primera
vista había sido sometida a una tortura cruel desde todos los puntos de vista,
tanto físicos como sexuales.
-
Mais,
qu´est-ce qu´il est arrivé, monsieur Dá?, -preguntó Carlos inquieto.
(¿Pero qué ha pasado, señor Dá?)
-
C´était
une putain. Rebelle et con, -respondió el jefe de policía mientras se
recostaba resoplando en el sillón.
(Era una puta. Rebelde y tonta)
Carlos
temblaba de miedo y de indignación. Le hubiera gustado avalanzarse sobre aquel
mastodonte negro y feo y machacarlo a patadas. Evidentemente la pobre chica
estaba destrozada y aún asomaba algo por su vagina que había dejado una enorme
mancha de sangre entre sus piernas.
-
Qu´est-ce
qu´on va faire maintenant, monsieur Dá?, -preguntó Carlos rojo de ira.
(¿Y ahora qué haremos, señor Dá?)
El policía se tomó su tiempo antes de contestar, y al cabo de unos minutos, con esa tranquilidad que da el poder, dijo:
-
Plûtot
qu´est-ce que tu vas faire toi, mon ami blanc? Parce que moi, j´ai même pas
été ici, je connais pas cette pute, et je ne te connais pas non plus. Ou je te
connais trop bien, peut-être?, -escupió con la boca torcida y el gesto
amenazador el policía.
(Ahora qué vas a hacer tu, mi amigo blanco... Porque
yo no he estado aquí, yo no conozco a esta puta, y yo no sé quién eres. ¿O
quizá te conozco demasiado bien?
Carlos comprendió enseguida la situación. El jefe Dá conocía perfectamente que su pasaporte era falso y que él era ilegal en el país. Ahora se tomaba la revancha y le dejaba con el culo al aire. Es más, estaba convencido de que intentaría colgarle la muerte y desembarazarse de él por la vía rápida. Pensó llamar a Amadou pero el tema parecía ya del todo irreversible. El jefe Dá se había vestido tranquilamente y estaba a punto de abandonar la habitación, y Carlos sabía perfectamente qué acontecería minutos después. Una sensación de pánico se apoderó de él y sin pensarlo dos veces echó a correr escaleras abajo antes de que el policía pudiera reaccionar.
Ahora lo primordial era esconderse, desaparecer de la circulación para que los secuaces de Joseph Dá no le pudieran encontrar. No había mucho tiempo para pensar, y menos para ser coherente. Le acusarían de asesinato y le ejecutarían sin ninguna contemplación por la vía rápida. Pensó pedir ayuda a la Embajada, pero, ¿a qué embajada? Carlos era, según su pasaporte, ciudadano de Costa Rica, país que ni siquiera tenía Delegación Consular en Senegal. ¿Y quién se iba a creer la historia de su llegada a Dakar y de su falta de papeles?
Se dirigió a su apartamento en el Boulevard Ricard Efée para recoger las cosas más imprescindibles y sin perder un segundo de tiempo se pasó por el Banco de Crédito Senegalés para retirar los francos de su cuenta corriente. Estaba anonadado y sin resuello pensando que de un momento a otro aparecerían los gorilas del señor Dá para atraparle. De pronto, al salir del Banco, sonó su teléfono móvil. No sabía si contestar porque desconocía si el jefe de policía sabría su número del móvil ya que siempre había contactado con él a través del teléfono de su apartamento. Al fin, temblando, se decidió a contestar:
- Aló?
- ¿Pero qué está pasando, mi querido amigo?
Era la voz de Amadou que sin duda ya conocía la noticia por boca de Dá.
- ¿Qué qué está pasando?, -repreguntó Carlos-. Pues que me quieren colgar un muerto, Amadou...
- Atención, Carlos, - comentó seco Amadou-, Dá es un hombre peligros...
- Gracias por el aviso, pero ya lo sabía, Amadou, -contestó Carlos-. ¿podrías ayudarme?
- Imagino que no, mi amigo. Tu debes entender mi posición, -respondió con la voz medio afligida Amadou.
- Claro, claro, -dijo desolado Carlos-. Gracias y hasta siempre...
Carlos confirmó sus sospechas. Ahora ya sabía con certeza que estaba solo y que solo su ingenio y sus fuerzas podrían ayudarle. Tiró el teléfono móvil a un montón de basura almacenada en una calle y dirigió sus pasos a la zona portuaria sin dejar de escudriñar todo lo que se movía a su lado.
Tenía que pensar deprisa. Tenía bien claro que no podía permanecer en Dakar , ni siquiera en Senegal, porque los gorilas de Dá le terminarían encontrando. Era imprescindible salir del país lo antes posible. ¿Pero a dónde? Carlos sintió ahora, mientras caminaba y su cerebro cavilaba a mil revoluciones por segundo, que las fuerzas comenzaban a fallarle y que su aventura estaba llegando a su fin. Había llegado la hora, inevitablemente, de volver a su tierra y a su casa, aunque no sería nada fácil a pesar de poseer una pequeña fortuna en francos senegaleses.
De pronto se acordó de Lamine Ebizú, un capo-mafioso portuario que manejaba casi todas las operaciones de “trapicheo” de drogas en el puerto de Dakar. Fue a buscarlo al café Gare, y allí lo encontró, como casi todos los días, tomándose un Ricard mientras hablaba por teléfono.
- Ça va, Lamine?, -saludó Carlos lo más templado que pudo.
(¿Cómo estás, Lamine?)
- Ça va, mon ami deseperé?, -contestó Lamine dando a entender que ya conocía la noticia que había volado por la ciudad.
(¿Cómo estás, mi amigo desesperado?)
- J´ai besoin d´aide, -dijo Carlos
(Necesito ayuda)
- Je veux bien le croire...
(Ya lo imagino)
- Et?, -inquirió Carlos
(¿Y?)
- Ben tu sais bien, mon petit fugitif, qu´en ce momment c´est plutôt risqué de faire des affaires avec toi... Mais, en fin, s´agissant de toi, un ami..., -murmuró Ebizú en voz muy baja y sin perder la compostura.
(Ya sabes, mi pequeño prófugo, que en estos momentos es arriesgado
cualquier trato contigo... Pero, en fin, tratándose de un amigo...)
- Combien ça va me coûter que tu me fourres dans un bateau pour l´Espagne, Lamine?, -insistió cortante Carlos.
(¿Cuánto
me costará que me metas en un barco con dirección a España, Lamine?)
- Environs 250.000 francs, mon ami, -respondió tranquilo Lamine.
(Unos 250.000 francos, mi amigo)
¡Cabrón! Parecía como si hubiera acertado con la cantidad total que Carlos había podido sacar del Banco. Le restarían tan solo unos 50.000 francos para el trayecto.
- En avant, -contestó Carlos.
(Adelante)
Lamine hizo un par de llamadas telefónicas y después de una larga conversación que duró más de diez minutos en “suahili” le dijo a Carlos que le acompañase hacia la dársena 4 donde le esperaba el contramaestre de un barco de bandera etíope que partía al día siguiente con destino a Pasajes en España. Ya estaba todo arreglado, le advirtió, aunque el capitán no sabía nada del tema. Tendría que pagarle por adelantado y confiar en el contramaestre plenamente.
Carlos no tenía alternativa y, después de entregar a Lamine casi todo su dinero, salió con él hacia la dársena 4 del puerto.
El viaje fue infernal. Los quince días de travesía en el Liberty fueron sencillamente espantosos. Kamouze, el contramaestre, un retorcido personaje de origen nigeriano, resultó ser un obseso sexual que navegaba, a pelo y a pluma, entre los puertos de todo el mundo. Carlos, escondido en su camarote y sin atreverse a salir de él bajo ningún pretexto, se pasó la primera semana de navegación luchando por despegarse del liberiano que todas las noches intentaba conseguir sus favores. Tuvo que recurrir a los 50.000 francos que le restaban para aplacar las ansias sexuales del terrible hombrecillo que ya sobrepasaba los 50 años.
En la escala de dos días que el barco hizo en las Palmas de Gran Canarias, Carlos estuvo a punto de abandonar el Liberty, pero ya se había quedado sin blanca y le dio miedo desembarcar en las islas, tan lejos de su casa y sin recursos.
El resto, angustia y miedo: insomnios nocturnos para estar en guardia del obseso contramaestre, hambre, y una claustrofobia dura que se le iba subiendo a la garganta según transcurrían los días.
Una tarde, cuando ya estaba enloqueciendo con el runruneo constante de las máquinas, notó que el ruido de los motores se amortiguaba y que el barco aminoraba su velocidad. Parecía que estaban llegando a un puerto.
El contramaestre apareció por el camarote para recoger sus cosas y le dijo, como en un susurro:
- Good bye. You are at home. Wait for the night...
(Adiós.
Estás en casa. Espera a la noche...)
Cuando al fin pudo traspasar la escalerilla del barco, Carlos respiró hondo y supo que podría congraciarse hasta con las grúas y las humedades del puerto, con la oscuridad fría de la noche y con la llovizna.
Sus pasos se encaminaron hacia las luces, mortecinas, que en la distancia le llamaban con sus reclamos de promesas. En el camino se cruzó con un joven negro que transportaba un voluminoso fardo entre sus brazos y que caminaba como un elefante cansado. Al llegar a su altura Carlos le sonrió y le dijo:
- Buenas noches, compadre...
No recibió ninguna respuesta su saludo.
La noche se llenaba de silencios y de sombras.
Y llovía con persistente indiferencia...