PRÓLOGO

Al caer la tarde. No hay decorados.

Al levantarse el telón, distribuidos asimétricamente en las esquinas del escenario y a distintos niveles, se encuentran cuatro personajes disfrazados de árboles. En el centro, hacia la derecha, está Marcos –un    joven de unos 25 a 30 años- que duerme recostado  sobre uno de los escalones del escenario, levemente iluminado por un foco perpendicular de luz amarilla.

 

Árboles – (Saliendo de su quietud, melodiosamente, como en un murmullo de viento)

                  Hemos venido huyendo

                  a escondernos en el campo

                  de los perros de dientes amarillos,

                  de los mercaderes del amor.

                  (Marcos despierta y se incorpora lentamente escuchando

                  con atención)

                   Estábamos cansados

                   de correr por los senderos

                   con el corazón sangrando,

                   de huir por los caminos

                   con el amor amortajado.

Árbol 1º - (Violento) ¡Había que ahogar el último suspiro y permanecer

                   inmóvil!

Árbol 2º -  ¡Había que cerrar los ojos y pararse!

Árbol 3º -  ¡Había que acallar el latido de la vida y apartarlo a un lado!

Árbol 4º -  (Con resignación) Había que plantarse en un suelo pequeño de

                   tierra, con vida y muerte tan solo de tierra, con sangre de

                   viento y corazón de madera.

Se callan bruscamente y tornan inmóviles. Marcos se acerca a ellos examinándolos poco a poco, con atención, yendo confuso de uno a otro.

Marcos -    ¡Esas voces, esas voces...! Parecía que el viento cantaba

                   lamentos de hombres. Y sin embargo... Pero el canto del

                   viento ha parado de pronto como solo sabe hacerlo la voz

                   que recela, la voz que se quiebra en el miedo del hombre.

                   (Acercándose al árbol 1º) Y sin embargo, conozco en el

                   canto del viento la voz de la vida quebrada... (Igual al

                   árbol 2º) ...la voz que tirita en las noches del hombre...

                   (Al árbol 3º) ...una voz que no es clamor de maderas y

                   hojas... (Igual al árbol 4º) ...la voz del hombre agazapado...

                   (Los árboles permanecen inmóviles. Marcos mueve violentamente

                   al árbol 4º) ¡Qué dices, contesta! ¿Por qué habéis callado?

                   ¿Acaso no soy digno de vuestra canción de silencios..?

Árbol 4º -  (Suave) Solo el viento y la tierra habrán de saber de nosotros.

Marcos -   ¿Y yo?

Árbol 1º -  Eres un hombre que late, que ama y que odia, como todos, a

                   todos los aires. ¿Para qué escuchar la canción de unos

                   árboles?

Marcos -    ¿De unos árboles? : ¡mentira!. La canción de los árboles habla

                   de selvas, de tierras cubiertas de hojas y verdes, de frutos y

                   pájaros que nacen y cantan al son de los días... Pero no,

                   vuestro canto profundo es de hombres.

Árbol 2º -  ¿De hombres..? ¿Acaso se escucha el gong monótono de la

                   vida en nuestras entrañas?. ¿No ves que solo hay tierra y

                   cielo entre nosotros?. ¿No ves que estamos inmóviles y que

                   nuestras ramas solo se mueven al ritmo caprichoso del

                   viento?.

Marcos -    Y sin embargo... Esa canción, ese lamento...

Árbol 3º -   La canción que el viento nos canta es un recuerdo de tiempos

                    lejanos, de tiempos de luchas y odios. Un día, la canción

                    amarga, perseguida y cociendo dentro del alma de un

                    hombre, se cansó de correr por las calles de envidias

                    inmensas y se vino a posar a esta tierra del campo, muy

                    quieta, muy sola. En esta tierra pequeña la canción

                    desparramó sus notas cansadas y se hizo copla del viento

                    para descansar de los hombres.

Marcos -    Luego, entoces...

Árbol 4º -   La tierra subió por las carnes y la canción se hizo de viento.

                    Ya la vida descansa en esta tierra pequeña que nace y da

                    muerte sin cambios, sin lobos que aúllen furiosos en busca

                    de presas valientes.

Marcos -     Luego sois hombres de tierra. El miedo os ha cubierto de

                    ramas y hojas...

Árbol 1º -   Ya solo somos árboles de ramas y tierra. La fatiga y el asco,

                    la mezquindad y el desengaño, la impotencia y el desamor,

                    nos han abierto raíces en este suelo parando nuestra huida

                    loca.

Marcos -     (Despectivo) ¡Hombres de tierra cobardes!. No habéis sido

                    mejor que ellos. Os empequeñecéis en esta tierra muerta

                    porque estáis tan vacíos como ellos, porque sois tan sucios

                    como ellos... pero, eso sí, más hipócritas, ocultando vuestros

                    vacíos de hombres-pequeños detrás de hermosas palabras sin

                    vida, detrás de gestos sublimes...

Árbol 2º -   (Nostálgico) ¿Y si yo te dijera que antes de ser de tierra y

                    madera, antes de ser canto del viento en noche estrellada,

                    fui acero de vida de carne con el alma llena de amor y

                    esperanza?.

Marcos -     (Va hacia él y grita) ¡Mientes!

Árbol 1º -    ¿Y si yo te hablara de un hombre que antes de pararse a ser

                     árbol futuro de hojas y ramas, tan solo de tierra, estuvo

                     luchando contra todos los perros del mundo hasta acabar

                     destrozado?.

Marcos -      (Va hacia él y grita) ¡Hipócrita!

Árbol 4º -     Yo crucé los senderos del mundo con el alma prendida de

                      flores.... y fueron marchitándomelas una a una. Yo convertí

                      la moneda amarilla, la moneda redonda de plata, en globos

                      de amor que repartí por las calles... y todos explotaron en

                      el odio del mundo. Yo...

Marcos -      (Cortando agresivo) ¡Eres un hipócrita como los otros!.

                     Vuestras palabras han sido tan solo protestas cobardes para

                     huir de la vida. Una vida difícil, sí, pero noble, para gentes

                     de amor y de hierro, para los que el coraje y la lucha, la

                     entrega y la belleza, son algo más que palabras bonitas

                     recitadas en salas con flores y músicas suaves...

                     (Los árboles callan inmóviles)

                     ¿Por qué calláis?. ¿Qué decís ahora?.

Árbol 4º -    (Suavemente) Nada queda ya por decir, muchacho. La

                     savia del sueño y la noche están llegando ya a nuestras ramas

                     y es tarde para seguir con palabras. (Pausa)

                     Tú tienes la vida, entera, con fuerza, casi aún sin tocarla:

                     vé a soñar por los caminos y que no te la rompan, muchacho.

                     ¡Adios!.

Marcos -      ¡Esperad, esperad, cobardes ; no escondáis aún vuestras

                     voces de odio en la noche, no huyáis aún en el sueño de

                     vuestra savia amarga!.

 

Los árboles tornan inmóviles. La escena poco a poco va oscureciendo a la par que va aumentando, como único sonido, la brisa del viento. Marcos se dirige, turbado, hacia el fondo del escenario y se tumba sobre uno de los escalones quedándose dormido.