La chica tendría unos diez y ocho años...
Sus juegos eran lo más parecido al cortejo de un ánade,
o, quizá, a los rituales ceremoniosos
del apareamiento de los pavos reales: ahora intentaba unos pasos de danza
dulces y angelicales mientras se mojaba con las olas; ahora, subiéndose los
pantalones por encima de sus muslos y girando la melena morena al viento, se salpicaba con el agua salada y se hacía
la niña jugueteando con las espumas. Mientras, su pareja, el macho, que
aparentaba unos veinticinco, se quitaba la camisa y se tumbaba, -torso desnudo,
ojos brillantes-, a observarla y a reírla desde las calientes arenas del
salitre.
El cortejo se iba haciendo más intenso y la tensión se
tornaba más caliente por momentos. Ella agudizaba sus gráciles movimientos,
llenos de picardía, cuando las olas acariciaban sus muslos y alguna espuma
chapoteaba sobre su rostro. Él intentaba hacerse el duro sin descomponer la
pose de varón que se sabe dentro del cortejo inevitable.
Sus palabras no me llegaban, pero intuía que las
insinuaciones no solo estaban en los movimientos y en los gestos: sabía que las
risas que escuchaba en la distancia iban cargadas de sugerencias y pasiones.
Al poco la joven se acercó sinuosa hacia el macho tumbado
y se sentó a horcajadas sobre él. El cortejo se hizo entonces próximo e
intenso: las manos atendieron las urgencias y acudieron a recorrer los cuerpos;
los labios se buscaron y se fundieron; las figuras se revolcaron por la arena
en escorzos forzados por la pasión y el compromiso.
Iba oscureciendo. Ya casi solo me llegaban las risas
sincopadas de la joven y el ronroneo bronco del macho. Algunos revueltos de
arena, y el sonido, cada vez más cercano, de las olas rompiendo en las arenas
de la playa.
Desde mi terraza tuve que imaginar, en el manto de la
noche, que la ceremonia del cortejo amoroso debería haber concluido, y que la
pasión pondría entonces la piel de los suspiros en aquellas dos sombras
anónimas de la playa...
Luis E. Prieto
17-6-2001