Una bala se clavó en el corazón escondido de Lennon mientras “Imagine” hacía aguas en los corazones de los nuevos yuppies, que habían aprendido, de las guerras perdidas a medias, el valor del movimiento continuo y de las esperanzas invertidas en acciones.
Era el tiempo del vaivén inverso, de los halcones que resurgían del incendio y del napalm, de los corsarios arrinconando a las flores, de las promesas rotas, de las esquinas donde hacinar el hambre y los júbilos antiguos.
(Schumman, antes de la perversión y certeza de su locura, había compuesto el Opus 9 del Arlequín porque intuyó que los payasos serían siempre los amos reconocibles del espectáculo, por encima, aún, del dolor y la inconsciencia de perseguir a la soledad de los proscritos)
Dakota se cubrió de flores amargas para compensar el miedo, a la par que se erigían templos de arcilla en donde llorar a los muertos del optimismo.
Cabezas rapadas con botas marciales salieron a desfilar por los bulevares para redimir las alucinaciones de una generación de débiles palomas que lanzaban besos al aire sin percibir la perdición de la raza suprema, amenazada de lamentos igualitarios.
Fue el tiempo heredado del contraataque y de la revancha, el espacio negro en el que se engulleron las caricias del amor abierto, el rompeolas derrumbado por donde se filtraban los vengadores de la lucha contra el mal supremo y a favor del negocio permanente.
(Hoy, al menos, he visto a Harold Pinter –escribidor premio Nobel-, desde la tremenda lucidez de un cáncer terminal, poner en la picota pública a los asesinos poderosos de Estados Unidos e Inglaterra, y he sentido que Lennon no había muerto en balde)
Hoy, por un instante, he vuelto a pintar en mi piel cuarteada una margarita florecida, y he podido tatuarme un “haz el amor, pero no la guerra” que no me avergonzara...
Luis E. Prieto
Diciembre-05