Ramón cogió el dinero y se lo guardó en el portafolios de
piel de cocodrilo. Intentó no sonreír mientras caminaba, a paso firme, hacia el
garaje. Llamó a Anthony desde su móvil mientras se acomodaba en el asiento de
cuero de su Mercedes 380 CI y le dijo: Tony, te trasfiero 100 millones de euros
para la Sociedad Desarrollo y Producciones con sede en Saint Martin. Y luego te
nombras director gerente de otra Sociedad que podrías llamar Producciones e
Investigaciones S.L. con sede en Nauru, y la trasfieres 50 millones...
No esperó a recibir el visto bueno de su interlocutor.
Colgó el móvil y arrancó el coche en dirección al gimnasio Center Club Elyte.
Ya llevaba Santiago esperándole más de
media hora con su uniforme completo de padle y con cara de pocos amigos.
Mientras se cambiaba en el vestuario climatizado e impoluto del club, le dijo:
No tuerzas el gesto, pendejo. He tenido que recoger unas comisiones que llevaba
esperando desde hacía dos meses. Venga, que después del partido, para
celebrarlo, llamaremos a Vero y a Alicia y os invitaré a tomar unas ostritas y
un Belluga iraní en el Camarón de Oro...
Abdelaziz el Risuri llevaba ya tres horas a la cola de la
sede de Hezbolá en Beirut soportando el calor de una mañana radiante de sol y
moscas a pesar del comienzo del otoño. Había un olor extraño que provenía de un
vertedero cercano y que una suave brisa de poniente se empeñaba en mantener
omnipresente. Su sobrino Abdalhá apareció, al poco, donde Abdelaziz esperaba y
le comunicó: Salam, tío. La tía Mizziana te manda 25 dinares para comprar los
víveres de la semana. Dice que no los pierdas y que no llegues tarde a casa...
Abdelaziz despidió a su sobrino dándole un golpecito
cariñoso en el fez, y guardó, algo turbado, los dinares debajo de su chilaba
mirando de reojo a sus compañeros de cola. Al poco rato esta empezó a moverse y
en menos de quince minutos estaba ya Abdelaziz delante del Jeque Omar. Los dos
ayudantes que le flanqueaban le alargaron un Corán, una camiseta con la efigie
del Jeque y la inscripción de Hezbolá, y un paquetito con 100 dinares. Cuando
ya se retiraba, el Jeque, mirándole fijamente con sus ojos encendidos y
serenos, le dijo: Alá te guarde y te cubra de dichas y de bendiciones. El
paraíso aguarda a los luchadores de la fe y de la verdad. No olvides que Alá es
todopoderoso y solo en él encontrarás la paz...
El sargento Willy Spinoza llevaba ya más de media hora en
posición de descanso alineado en el patio del cuartel de la 23 División de
Marines de Virginia. Era la primera vez, desde que sus padres emigraron desde
Panamá en el 78, que sentía en su cerebro sensaciones confusas y hasta
ambivalentes. Nunca hasta ahora se había planteado la guerra como una opción
verdadera e inminente. Las noches anteriores, desde la desgracia exactamente,
no había podido dormir bien y en su cabeza llevaban días entremezclándose
sensaciones de lo más diversas. El grito de América Latina le estaba creciendo
como un vendaval infrenable mientras asumía que la respuesta tenía que ser
ejemplar y sin paliativos ninguno. En un instante sonó la trompeta y todo el
batallón se cuadró en posición de firmes mientras el coronel Manson se acercaba
al micrófono: Soldados, nuestra patria y nuestra bandera han sido atacadas
vilmente por terroristas sin escrúpulos. Nos han declarado la guerra, y América
no va a quedar impasible. Para ella habéis sido preparados durante años. Ahora
es el momento de demostrarlo con orgullo. No vamos a consentir que la Libertad
y la Justicia sean puestas en tela de juicio. Lucharemos por el castigo y hasta
la victoria. ¡Dios bendiga a América!
Maggy Céspedes no entendía nada desde hacía varias
semanas. Sabía, por su marido Willy, que las horas estaban contadas y que la
partida de Willy era inminente hacia el Golfo Pérsico. Se sentía culpable por
haberse casado con un soldado y por haber dejado la Nicaragua natal de su
familia. En aquellos momentos sentía que todo lo que había conseguido en su
nueva patria no servía para nada. Las lágrimas la acompañaban a diario, y ni
siquiera las carantoñas de su marido, más solícito que nunca, la consolaban.
Cuando Willy partía, con su traje de camuflaje y su petate, Maggy, con lágrimas
en los ojos, le dijo: Por Dios, Willy, no quieras ser un héroe. No me sirven
los héroes muertos y no me interesan
las medallas en las tumbas. Ve a cuidarte lo que puedas, y no dejes que esta
guerra, que probablemente no es nuestra guerra, te llene el corazón de sangre.
No te olvides, te lo suplico, de tus gentes...
(Willy no dijo nada.
Abdelaziz, no dijo nada.
Santiago y Ramón, entre ostras y caviares, apenas tenían
tiempo para pensar en nada)
Luis E. Prieto
27-9-2001