TE TRATARÉ COMA A UNA REINA...
Anochecía...
No era significativo el dolor de la última paliza porque
me había jurado que sería la última, que nunca más me rompería la mandíbula con
el paraguas chino, que jamás me patearía la barriga con aquella rabia de loco
irresponsable. Luego hicimos el amor casi con la misma rabia con la que me
zarandeó apenas ocho horas antes. Realmente era increíble, tanto en lo bueno
como en lo malo. Era, a todas luces, un ser distinto, extremo y delicado.
Cuando perdía el control se comportaba como un ciclón, como una fuerza inmensa
de la naturaleza que arrasaba todo lo que encontraba a su paso. Con el niño
parece que se contenía un poco y casi nunca llegó a marcarle de una forma
irremediable. Yo solía interponerme en su camino porque intuía que mi amor era
más fuerte y estaba más preparada que el niño para soportar su furia
irrefrenable y transitoria. No debería
beber porque el alcohol le está perjudicando y le avoca, inevitablemente, a la
furia. Luego, cuando se le pasa, me pide perdón y llora amargamente con unas lágrimas que no pueden ser fingidas,
que son tan reales y dolorosas que me encogen el alma y me dan ganas de
comérmelo a besos. Pero no quiero hacerlo porque temo que se sienta disminuido
en su hombría y lo pase mal, que piense que no le valoro su condición de macho
poderoso y dominante. Yo sé que cambiará. Sé que algún día se dará cuenta de
que mi amor por él es tan inmenso que ya no necesitará esa rabia que le
desborda cuando sin querer le contradigo. Solo espero que me de tiempo a poder
demostrarle que mi amor será capaz de contrarrestar a su ira inevitable...
Amanecía...
Dentro de un rato me pondré la burka y taparé mi cuerpo
al mundo para dirigirme al mercado. Es una prenda incómoda que detesto, pero mi
padre me la ordenó cuando hace un año cumplí los diez y seis. Mi madre me dijo,
al oído para que mi padre y mis hermanos no se enterasen, que era una prenda
insufrible y pesada, pero que tiene la ventaja de que te aísla del mundo y que
te mantiene siempre limpia sin tener que hacer grandes esfuerzos personales. Mi
padre no me preguntó. Simplemente
cumplió con su deber y con la tradición. Mi hermano me acompañará
ahora por las callejuelas para que
nadie me importune. Los primeros días me sentí como una prisionera, pero ahora
entiendo que es lo correcto y lo positivo. Ahora no sabría qué hacer todos los
días exponiendo mi cuerpo a las gentes como si fuera una propiedad compartida.
Sé que mi padre ha hablado ya con el padre de mi primo para arreglar mi boda.
Mi primo parece un buen hombre aunque solo lo he visto una vez hace ya unos
meses cuando vino de visita a la ciudad. Tiene casi la misma edad que mi
hermano y parece fuerte y sano. Me gustaría que mi padre y mi tío llegasen
pronto a un acuerdo en la dote porque sé que su casa es amplia y puede ser un
buen marido para mi. Me ha dicho mi prima que cuando no está enfadado se ríe
mucho. Espero que con el tiempo sea yo capaz de hacerle feliz y de no enfadarle
nunca...
Te trataré como a una reina.
Luis E. Prieto
1-X-2001