DICEN
Dicen
que la última mirada del proscrito
es recoger mariposas
con las alas partidas,
remontar vuelos en Ícaros gigantes,
rebautizar
luceros con nombres de princesas
perdidas en maremotos celestes,
descubrir
el nombre oculto del dolor
que se esconde en los perfiles de la nada.
Dicen que sólo pudiste romper las cadenas luego de haber amamantado, con tus senos vacíos de dios estéril, a las máscaras que rodeaban tus sueños. Que el precipicio fue creciendo y marcando tumbas sin cruces. Que fue viciado el salto mortal y medio que demandaban las sombras, porque te faltaron piernas donde sujetar afectos explícitos.
Te dejaste llevar por las lágrimas, antes que por el fervor de lo imposible. Sabías que detrás del paredón de grises y negros, al otro lado de la revolución silenciosa de la envidia, en la esquina sangrante de las voces que rebotaban odios antiguos, encontrarías la mueca desencajada y sucia, y su pistolón cargado de huellas de azufre y barro.
Lo sabías… y te callaste para no dar pábulo a las llamas.
Ahora sientes cómo te rodean enanos con lenguas bífidas, y aplaudidores sin manos y con dientes de cocodrilo gestados por el tiempo, o el contubernio de la seducción y el sexo disfrazado de vagabundo sin fronteras ni palabras.
Dicen que el mar
siempre trajo perfumes incombustibles,
que siempre volvió
insistentemente a lamer futuros imperfectos,
que desguazó tormentas en su vientre
de monstruo devorador de dolores.
Quiero que me digas ahora
-no vuelvas la mirada hacia las nubes-
por qué y por dónde
te daña la magia de sentirte solo
cuando siempre quisiste bucear eternidades
sin otro escudo que tu traje de payaso.
(O, mejor no, no me lo digas:
dime, tan sólo, cómo recuperar la Primavera)
Luis E. Prieto
Abril-04