Y UNA LLUVIA
Y una lluvia incesante
entrelazaba nuestras manos…
Habían quedado las palabras impresas bailantes en el “recinto de lo alto”, mientras Mahalia desgarraba desalientos convertidos en promesas. Sólo los ojos, o ese tic-tac que retumbaba silencios compartidos, se hacían huéspedes del tiempo.
Primaveras congeladas
en los resquicios de las flores,
con blancos y negros
colgando de lágrimas antiguas…
Fuego por encima de rescoldos que se vestían de hogar, oloroso y tenue, tenaz y compartido, entre maderas que crujían en los pasos del viento de la noche. Hierbas que humeaban las risas abiertas en sueños de gatos que no maúllan en la lluvia que repiquetea buhardillas con pasos misteriosos.
Cómplices previstos
del largo corazón del tiempo acobardado
que se trasforma en río:
río de voces,
de lujurias interpuestas;
lluvias,
tercas y melodiosas lluvias que confluyen
entre fortsitias llorosas
que reptan miradas de calor y nieve…
Detrás de todo, o delante, coletazos de risas atrevidas, el agua purificando dolores, y esquinas que se dejan la piel trasformada en calles, en largas avenidas por donde escapa el dolor ensangrentado, ahora convertido en suspiros anónimos, en rojo encendido, en flores con olor a rabia y a recuerdo.
Nunca las manos cálidas
habían pintado acuarelas agudas
con tantos pinceles;
nunca el olor
se había disfrazado en duende
de la noche;
nunca se fugaron los besos del alba
acariciando labios de violín y rosas…
Y seguía lloviendo incansablemente desde un adiós agazapado entre nieblas, que se escondían por los toboganes de unos ojos a punto de nostalgias batidas.
Luis E. Prieto
Marzo-04