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MUERTES
Los dictadores aún mueren en sus camas
y los mártires juegan al escondite
con la muerte en el escaparate de un balcón
con voz mecánica,
mientras los nazarenos impenitentes
lloran procesiones que la lluvia va convirtiendo
en salmodias sin turistas ni reclamos.
Muertes que purifican el azufre
de las guerras inmoladas por la libertad de los hombres,
guerras para salir en los periódicos
mientras padres y esposos se disputan
la razón sobre quién es más justo y religioso
bajo la mirada atenta y dadivosa
de los salvadores del mundo
que legislan, a hurtadillas, leyes para el milenio.
Poco importa que la muerte se muera cada día en las cloacas de las urbes que huelen a naftalina rancia y a pan sin leche, que el mar se siga tragando muertes con sueños de televisión y trabajo, que se entierren a diario calaveras con rostros de hambre y niños con los ojos de la muerte en la barriga: las muertes sagradas son un ejemplo para la vida de los pobladores de la muerte.
A nadie interesa ya ese olor a podredumbre que se escapa de las casas, por las chimeneas del dolor injusto, a través de los balcones de los grandes emporios del progreso.
La muerte, al fin, seguirá siendo un negocio fértil para los prestidigitadores del miedo que administran el futuro.
Luis E. Prieto
Marzo-05