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NADA
Desembarcó en el pantalán de otoño
mientras las palomas jugaban a reptiles
en los aguafuertes del estanque.
Quiso saber
si la hierbabuena seguían colgando en las macetas
que rezaban salmodias
en los atardeceres de los desiertos del júbilo.
Retomó el canto de los arcoiris
sin colores, la voz tenue
del desfile sinuoso de los sueños ocultos,
el silencio mordaz
de las canas inciertas de los días,
la canción peregrina de rosas
catapultando sangres a punto del desborde...
Nada. Calor
de besos congelados
en los espejismos atávicos del miedo:
niños de porcelana
con flores de olivo entre las manos de zinc,
inviernos sin luz
con que adornar el sacrificio de las medusas.
Nada: fríos
de miradas que retumban en el corazón inmóvil
de un mar tan insondable como estéril.
Luis E. Prieto
Abril-05