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TRÍPTICO DE LUNAS TEMPLADAS
I-
Distancio el sonido de la selva.
Sé que las sabanas nunca volverán a refugiar sus ojos en mis gritos sin voz ni aire, que ahora los arenales de océanos antiguos no dejarán sus polvos diminutos y silbantes entre mis dedos.
No existe la vuelta probable a las hogueras, a las noches de cábalas eternas mecidas por lunas dialogantes, a las voces de lo oscuro con sus susurros de amor y agua. No el rugido del mar ausente, teñido por corales de tierras vestidas por sangres irredentas.
Soy la voz
que ya no canta ni murmura
crepúsculos de seda;
el aire con sordina y sin misterios
que recompone pasados
entre lanzas amarillas.
La lluvia acartonada
en nubes que se olvidan de luceros,
la jungla rosa
recolectada en suicidios transigentes.
II-
Nunca me maltrataron las olas.
Perdí la brújula de las mareas entre los puentes de cementos ofrecidos en madrugadas de dolor y sexo. Supe de tramontanas y ponientes en los rincones del asfalto turbio que bucea en los sin-fondos del silencio compartido. Traspasé el sabor de los “paínos” arando gorriones y vencejos en las azoteas de la noche con olor a chimeneas vencidas o a sepulcros de hojalata.
No he negado todavía las escamas del viento líquido y pegajoso del pasado: su sol aún me acaricia los labios del frío, su olor a cristal opaco aún arropa mis cabellos de plata y rabia. Aún conspiro duermevelas de agua.
Tengo las pestañas
ajadas de tiempos circunflejos,
y las uñas de arena
reclaman letanías de sirenas posibles.
Recelo de marejadas altivas
que rompieron malecones sin rumbo
en los sortilegios de la aurora;
de los navíos
que vararon sueños de remos rotos
por los babores de la noche.
III-
Me rodean las sabinas.
Cuatreños de sombras negras se alargan en chicuelinas de nube.
Se ha dormido el estanque, y las abubillas nerviosas relamen sus picos tras procesiones de luces que se visten de nostalgias.
Se van muriendo las lunas entre reclamos de ángeles custodios que merodean por berrocales y fríos: dolores y esperanzas que juegan a “pídola” con soldaditos de plomo disfrazados de verdugos.
Una cigüeña me guiña sus largas alas desde un cielo de cobre sin salitre y de entrecanos futuros.
Repudio el corazón cansado de la encina y las lágrimas dispuestas de los sauces, mientras persigo la savia del ciprés de lanza aguda.
Y maduro resucitar cada crepúsculo las nieves que se acercan en aludes de esperanza y miedo.
¿Quién retomará la lluvia
de las palabras soñadas?
¿Quién
las traiciones de contrafuego
y espanto?
¿Dónde amanecerá
el corazón dormido del poeta
de las cien mil figuras?
¿A qué toro sin pitones
se arrimará la luna torva
antes de que la noche se fugue?
(Mis lunas, de turrón y madreselva, se han escondido entre algodones de escarcha: vacío de espejos que lloran y duermen...)
Luis E. Prieto
Abril-05