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YA NO SABRÁS NUNCA
Hazme estuco de pinceles
mientras se abalanza la música
en la trastienda
donde guardé tus labios robados...
Fue el ocaso de las paredes de algodón y guata, el genocidio de las sombras que aguardaban el combate del bien y el mal, la lucha inmolada por el Paraíso.
Pero no había ya paraíso, sino esculturas de terciopelo rosa. Y canciones encofradas en latas de jamón amargo para los trásfugas que hacían equilibrios dispares entre los dos lados asimétricos del muro sin luces.
Perdí tu voz
en los avatares de las tormentas
de luz y fuego,
en las distancias de un silencio
tan cómplice como asesino
de viejas hazañas.
Sabías del dolor que albergaban las caracolas sin ecos. Lo sabías bien, y sin embargo quisiste ser eco bífido, porque el miedo, o la avaricia de las cartas marcadas –tú lo llamabas “afectos compartidos”-, fueron siempre más fieles que los espejos, mucho más importantes que esa verdad que nunca quisiste acomodar a tus certezas para que no te sangraran los engaños intuidos.
Me dejaste
en el asombro infeliz
de las miradas de cera y lumbre,
atrapando mariposas
para disecarlas algún día
en un papel
con las hojas en blanco: sucio y solo.
Ya no sabrás nunca dónde se esconden los fantasmas ni las certezas, de qué color es el blanco que presumías por las calles del tiempo compartido, cómo seguirán siendo las flores que ya no huelen a primavera amanecida, a manos limpias, a besos.
Rocíos
de luz
para las tumbas
que no se abrirán
mientras los lobos aúllen.
Luis E. Prieto
Julio-05