que dibujaba tu imagen de diosa.
Lobos hambrientos
asolaron el reducto del pánico
al amor cansado;
urracas babeantes
hicieron carroña de tierra
con los restos de tus sonrisas.
Y todo
retornó
al crepúsculo
de la noche.
Sombras y luces
perfilaron el incógnito manantial
de tus labios
en letanías de excusas;
dolores imberbes
se amontonaron en los paraísos
donde la fe
se autoinmolaba entre silencios cómplices.
Y nadie
pudo sentir
la herida azul
que traspasaba el corazón de los días.
Luis E. Prieto
Enero-06