ALGO VOLÓ SOBRE LA CARNE ABIERTA

 

Trasparentes, las caras, dejan muecas de rabia e impotencia sobre el vacío.

Impotentes, los gestos, permiten caer los brazos sobre un cansancio agudo de horas.

Agónicos, los ojos, deambulan por un aire con olor a cebolla amarga y a consuelo.

 

La voz no puede recobrar la memoria

ni redimir el abandono.

                                       La muerte

ha ido dejando estelas confusas

que la distancia no consigue vencer,

y el dolor

asoma su nariz de bufo

por todos los rincones de las horas.

 

La carne abierta duele heridas de limón y azufre, rememora cataplasmas de mostaza líquida, siente vinagres de púrpura encendida, destempla ilusiones que se derrumban en el tornasol de los días.

Y nada parece restituir la vida, que se escapa por los agujeros de la noche haciendo malabares de dolor y miedo.

 

Lágrimas que rompen la línea

del horizonte claro, espacios

para recomponer la esfera imprecisa

donde la soledad

debe vestirse de colores eternos.

 

Nadie puede abatir al gigante sin ojos que se apodera de la carne.

Nadie derrotar al pavor del hueco.

Nadie contener el vuelo del águila sin cabeza que sigue picoteando la carne dulce.

Nadie...

 

Luis E. Prieto

Noviembre-07