Desiertos de luz y
arena:
caminos por donde se
destripa el alba
cuando la noche se
hace huérfana de lunas.
Se fuga el día
resquebrajando
soledades
para acallar el maremoto de una nostalgia
teñida de purpurina en
los labios ocultos del fracaso.
Y nadie
se vuelve a mirar
las heridas que
sangran por la boca
del infierno; nadie
repiquetea tambores
para desamamantar el
pánico,
nadie reclama el
beneficio de la sonrisa
en el cómputo del
silencio.
El hombre se retuerce
acarreando sus
fantasmas agudos
mientras la voz de la
selva clama venganza y dolor:
piel
para redimir
la sangría de hambres azules;
luz
para iluminar
la noche de la voz estéril.
El desierto se ha
quedado con el frío
de los obuses, los
dioses guerreros
han ganado la batalla
al amor inútil.
Desiertos en negro y
rojo...
Luis E. Prieto
Junio-07