hasta que los abedules enturbien sus raíces
en el fango previsible de la noche.
Entonces los dos
nos miraremos a los ojos
con la trémula ternura de un oasis
que llegó desde el horizonte de los días:
arrugas
que se fueron convirtiendo en horas de paz,
manos
disecadas en la belleza de un pretérito
tan imperfecto como nuestro,
surcos
de senderos recorridos a contrapelo de las risas,
hijos
que arrullaron la simiente del ocaso.
Entonces la muerte
será bicóncava y fértil,
inevitable y pasajera:
vendrá en el tiempo sutil
en el que los corazones se derraman
en un solo aliento de lluvia.
Entonces los dos
seremos la misma carne...
Luis E. Prieto
Junio-07