Necesito
saber dónde se ocultan las mandrágoras.
Predecir el
curso de los terremotos futuros, arrebatar el miedo a ser golondrina en otoño,
descentrar el ocaso de las sonrisas.
Hay otoños
en los que el cielo se torna sangre, y carne vagabunda los adoquines. Porque
las manos siguen estando abiertas a la entrega, por más que las heridas
rebusquen grietas pasadas entre la piel y las uñas.
las hojas
de los ojos
con el
resplandor rabioso de los veranos
que
alargan su sombra tensa
hacia un sol
de levante.
Inmolar
los ojos
de las hojas
en un
acariciante musgo
donde los
escarabajos de la noche
tomen
partido con la vida.
Necesito
herir el presente con puños de futuro altivo.
Descubrir a
los murciélagos que no duermen, derrotar a las sombras que se alargan desde la
piel a los zapatos, aborrecer la distancia perversa del tiempo corrupto.
Hay otoños
en los que la sed no se apaga, en los que la voz no se pudre, en los que la fe
no se muere.
Pero haylos con calaveras esperando a la puerta de cualquier
casa, de todas las esquinas, del más mínimo intersticio en el que el amor se
ubique...
Luis E.
Prieto
Octubre-07