SILENCIOS
Silencios…
Parece que el mar ya no bambolea su sábana convulsa o que el poniente no habla de futuros.
Hasta los estorninos han plegado sus alas dulces sobre el cemento.
Ni la sangre o la miseria de los redimibles pueden encender ya la mecha de la voz altiva.
Solo el blanco, teñido de gris y cenizas, acapara el paisaje de la voz callada, de las manos vencidas, de los ojos turbios.
Se derraman
murciélagos dormidos
entre las paredes de la vida:
dolor sin dolor
se ha ido pegando cejijunto
a los respiraderos
donde la sonrisa duerme.
Los ojos
han dejado de descubrir
violetas salvajes.
Ahora todo es susurro, miedo a la venganza de las horas, pavor al azul, revancha de la historia que se pavonea del tiempo consumido entre lirios y espumas.
Ahora todo es soledad y miedo, miedo y cansancio, cansancio y tristeza: todo laberintos imposibles de cerrojos arruinados en el catamarán perdido de las tormentas de otoño.
Preguntas
que no saben ni a miel ni a besos,
que solo son salivas sucias
de bocas amargas,
rictus ateridos
en los ojos de la noche:
oscuridad
de bosques calcinados
en los vacíos
de un tiempo cubierto de grises.
Los labios
han descastado la fe
de las lujurias.
Silencios…
Se ha roto la porcelana que se escondía, primorosa, en la cajita de marfil al ser tasada en los mercados.
Y ni siquiera llora…
Luis E. Prieto
Noviembre-08