Tu Poema del Mes

 

Giro en tres sesenta

I

(Mi juventud)


Rompí los goznes del tiempo

y la luz cegó a la sombra del fantasma..

La verdad se sacudió, como perro adormilado,

y la herrumbre de intemperies aprendidas

se deshizo exorcizada.

La espada del llamado abrió el silencio

y las esperas.

La señal no rompió cielos:

no hubo luces, ni trompetas, ni milagros;

sólo un llamado.

Ataqué, -caballero ajeno a bridas-,

liberando mártires,

coronando héroes

y llorando taínos.

Encontré brazos rebeldes eclipsados de dolor

y amarguras adobadas de quimeras incipientes;

hallé caballeros niños

resquebrajando el pavor de las horas malas

abrazados a regazos;

y hallé caballeros fieles

ofreciendo a sus amadas

gallardías nebulosas de hazañas en gestación;

fui Quijote,

y batallé con la furia

y el empuje

y la esperanza

de los veinte años...


II

(La traición)


Pero vino Judas

(O lucifer)

a conducirme a la orgía

de la traición;

y trajo a un dios en carne de águila

que me elevó hasta las cumbres del Himalaya

y oí su voz: “esto es mío.”

Se posó sobre un picacho de los andes

y gritó: “esto es mío.”

Se paseó sobre las tundras siberianas

y se ufanó: “esto es mío.”

Se acercó furtivamente a la muralla milenaria

de los sabios mandarines

y sonrió: “será mía.”

Fuego de cien mil cañones se encendieron

en sus ojos de rapiña

y tronó:

“Todo aquel que ha profanado mis dominios

con dogmas nuevos

ha visto morir su verbo al pie de la alambrada,

pero aquel que se arrodilla ante mi sombra

ha podido ver el cielo;

te quiero hacedor de cruces.”

Fue la tentación postrera.

El llamado milenario

se hizo hermano del espanto y la vergüenza

cuando recibí el bautizo.

Quebré el espejo del tiempo y sus mandatos

para esquivar los murmullos

y las burlas de fantasmas nuevos.


III

(La entrega)


Once años me asfixié de ausencias

queriendo no ver mi culpa,

queriendo no oír mi culpa,

queriendo no hablas mi culpa

pero las uñas del viento socavaban los cimientos

de esa vida falsa;

y las puertas se salían de sus clavos

ante las noches de insomnios.

Por once años me doblé hacia ellos:

y me vestí como ellos

y hasta hablé como ellos

pero el cabello y la piel

y el sabor a monte, a río, a palmeras y arrecifes

me decían

que no era uno de ellos...;

y el dolor da cada noche

se dormía sollozando acurrucado en la espera.


IV

(La liberación)


Me atreví.

Me calcé los sueños viejos

y arremetí contra el cerco

multiestrellado,

tricoloreado

y no cayó mi verbo fulminado

al pie de la alambrada;

el plomo que doblaba la vergüenza de mis párpados

se hizo arena

y me vi cara a cara a la verdad primera;

su sonrisa estaba intacta

y sus manos me ofrecían la expiación de mi pecado:

la armadura del Quijote y la pluma de Cervantes.

                                               

                                                        Alejandro Pérez Sánchez
                                                                      Arecibo, Puerto Rico (1992)