"TU RELATO DEL MES"

Escríbeme:

 


ÍNDICE TU RELATO DEL MES
 
 Diciembre-2000
 Mi querido ángel - Marisa Bermúdez (E)
 
 Enero-2001
 Carta de Luis - Miguel A. Sánchez Valderrama (E)
 El ruido del silencio - Anselmo Ramos (E)
 
 Febrero-2001
 La última vez - Carlos Briones (Ch)
 El tonto - José Soria (E)
 A Dayma y el flautista que me pusieron - Ismael Brito (Cu)
 
 Marzo-2001
 Las trompetas del juicio - Rosy Palau (M)
 
 Mayo-2001
 Anda... - Manu (E)
 
 Junio-2001
 Neblina y llanto - Lucía Scosceria (Py)
 Una historia del café - Concha García Romero (E)
 
 Julio-2001
 Flores de cardo - Jorge Ruppel (A)
 Presidiario - Javier Otaola (E)
 
 Agosto-2001
 Jubilación Anticipada - Joseph Ruiz (E)
 Me saqué un no-premio - Marcos Winocur (A-M)
 
 Septiembre-2001
 Cúrame - Andrés Zabialgo (V)
 La muerte del escritor - Nicolás Fridmann (E)
 
 Octubre-2001
 Haciendo el amor hasta la madrugada - Elver Pizarro (P)
 El rancho de piedra - Alejandro Correas (A)
 
 Noviembre-2001
 Emboscada - Hernán Pablo Nadal (A)
 El empeño de Fernando - Antonio Holgado (E)
 El desgarro del aire - Laura B. Cena (A)
 
 Diciembre-2001
 Cuerpos sin lucha - Oscar Sipan (E)
 El viaje de su vida - Prudencio Hernández (Uy)
 Río Nilo en S. Francisco - Esthela Santiago (M)

Enero-2002
Pepebotas - Dante Castro Arrasco (P)
Cuando vea el mar - Migel Ángel Mañas (E)
Diciembre - Pablo Mora (V)

Febrero 2002:
El botija  Manuel Cubero (Es)
La última estación  David Granado (Es)
El banco  Marcelo Urizar (Ar-Br)


MARZO 2002
El mar amarronado - Fernando Olszanski (Ar)
En la altura... - Josué Santiago de la Cruz (Pr)
Los puntos suspensivos - Sergio Pérez Causo (Es)
El ropero de ébano - Fé Consuelo Martínez-Conde (Ch)

Abril-2002
El amor de una mañana de verano - Carlos Bcn (Es)
Corazón de mail - María Luisa Lázzaro (Ve)
El viejo profesor de Filosofía - Francesc Pedragosa (Es)

MAYO-2002
- Ernesto (relato inacabado con varios finales) - Belén Pérez del Prado (Es)

Brando (Ec)

Mary Ortí (Es)

Lola Beltrand (Es)

Luis E. Prieto (Es)

JUNIO - 2002
El Exiliado - Clara Bango (Ar)
Cosas en los bolsillos - Mª Antonia Seguí (Es)

JULIO - 2002

Los compases del solo - Francisco Navarro (Es)
Olvido involuntario  - Maré Rojas Tamayo  (Cu)
¿Tal vez cuentos de vieja? -  José Héctor Vera (Ar)

AGOSTO - 2002

El innombrable  - Luis Alcocer (Es)
Infancia  - Paco Espada (Es)

SEPTIEMBRE 2002

Verde ámbar -  Roberto Morales Saénz (Cr)
Maritzin - José A. Rangel (Mx)
Mariana la Jinetera - Iris Alfonso Allegue (Cu)
Mi cama -  Manuel Armayones (Es)

OCTUBRE

Dos mil, tres mil... - Harmonie Botella (Es)
La estrategia - Gabriela Simone (Ar)
Mate cosido - Caterina Brunelleschi (Ar)
Reencuentro en Menorca - Axel Porras (Pu)

NOVIEMBRE

Cuando el silencio se casó con la indiferencia - Daniel Sánchez (Es)
La cabeza de Shiva - Carlos Fleitas (Uy)
Si estuvieras - Mirta Romoli (Ar)

DICIEMBRE

El calor del pavimento -  Fanny Moreno (Co)
La sombra de una fantasía - Begoña Gil (Es)
Balada por un cielo nuevo - F. Javier Silva (Es)

ENERO 2003

Crishuaya  - Lenín Velarde (Pe)
Felicia  - Pedro Martínez Corada (Es)
La importancia de los ciruelos amarillos - Liset Corbo (Uy)
Inmortal - Roxana Heise (Cl)
El jarrito en el agua - Jorge A. García (Cu)

FEBRERO 2003

Aventura con Geisha - Jaime Carbonell (Co)
Pantera - Iris Alfonso (Cu)
Todo sigue igual - Ana Bustos (Es)
Tu falsa alegría... - Shué (Ar)

MARZO

Con-verseando - Cristina Chaca (Ar)
Vocación - Elías Gómez (Ar)

 

AVENTURA CON GEISHA

 

 

 

Una mañana, tras una noche de sueños muy agradables en tecnicolor, Serafín Asencio amaneció transformado en todo un hombre que ha recorrido durante años las costumbres de las gentes orientales.

Por eso mismo no se podía reconocer acostado debajo de esa colcha blanca tejida con moños que había recibido como herencia de una tía recientemente fallecida. Más bien estaba convencido que tendría que despertarse envuelto en la suavidad de la manta de seda estampada con lotos que había comprado en algún bazar durante sus viajes a caballo por los distritos interminables del Celeste Imperio. O reclinado en los mullidos cojines de la casa de geishas donde lo atendieron en sus sueños. Eso pensaba él un poco molesto por el brillo del rayo de sol que se filtraba desde la persiana entreabierta en medio de una nubecilla de polvo que no cedía jamás ante sus luchas cotidianas con trapos y plumeros.

Pero esta vez no se desperezó estirándose lentamente como un gato persa. Elevándose con las piernas abiertas y los brazos dirigidos hacia el techo de su habitación. Más bien, como si fuera una costumbre que le viniera desde la sangre centenaria de sus ancestros, su mirada se fijó con ternura en aquel rayo de luz que le molestaba en los ojos.

No sólo era el brillo del sol resplandeciente que lo obligaba a entrecerrar los párpados acostumbrados todavía a la penumbra del cuarto. Lo más insoportable era el polvillo sutil que flotaba, danzando y girando alrededor del haz de luz. Porque lo remitía a los oficios caseros de la limpieza. Ese cansancio que le quedaba, junto con su mujer, después de recorrer los seis cuartos de la casa acomodando los muebles, barriendo, trapiando los pisos. Aunque el aroma de los novedosos limpiadores le habían cambiado la cara a aquel penoso oficio desde que en los laboratorios de las grandes multinacionales del aseo, los químicos y publicistas imaginaran los inmensos beneficios económicos que unas gotas de fragancias sintéticas les reportarían a sus cuentas. Después de la dura faena de limpieza, a pesar del sudor que corría por sus cuerpos, Serafín reposaba en el sofá con su mujer tomándose un cafecito negro y aspirando el atractivo aroma de su hogar: olía a lavanda inglesa, a jardín de rosas, a limón. Claro que no eran todas las fragancias al mismo tiempo. Sino que variaban con la utilización de nuevos productos según los caprichos que los acosaban cada mes delante de las góndolas del supermercado. Aunque a veces la cocina sí desprendía una fragancia a lavanda, que se confundía con el olor de la carne frita de las chuletas de res y los baños escondían las pestilencias de las necesidades corporales con un penetrante olorcillo de limonares silvestres.

- Quizás fue desde el uso de estas fragancias embrujadoras que me ha sobrevenido esta experiencia de los motivos orientales porque me ponen a vivir como en un jardín de las Mil y Una Noches, pensó.

Por eso mismo aquella mañana Serafín, antes de sus estiramientos habituales, se quedó más bien mirando el rayo de sol. Extasiado en el giro del polvillo alrededor del haz luminoso fue experimentando una sensación de calma que lo impregnaba todo. Miraba esa muestra de la luz del sol y comenzaba a experimentar la certidumbre de que un fuego lento le iba quemando en su interior todos los padecimientos, todas las penalidades, todos los pensamientos negativos. Era como una aspiradora luminosa que se llevaba hacia la cesta de basura todas las preocupaciones, aliviándolo. Esta experiencia que se repitió durante los siguientes días lo fue metiendo en una paz a la que se acostumbró tanto como para creer que siempre había habitado en ella. Como si viviera desde niño en un monasterio tibetano. O como si en forma inesperada hubiera reencarnado en un monje de cabeza rapada, túnica de color azafrán y nunca hubiera salido de alguna ciudadela budista perdida entre las cumbres inaccesibles del Himalaya.

Encerrado en el cuartito de la ducha, mientras el agua tibia lo iba despojando de la espuma, le venían como en oleadas aquellos momentos que podían ser la génesis de su sorpresiva conversión a los misterios del oriente. Quizás fue la película que había visto ya hace algunos años donde un niño emperador de la China, Pu Yi, con una trencita muy cómica pegada de su cabeza rapada jugueteaba por los amplios salones de la Ciudad Prohibida y les hacía pilatunas a sus sirvientes.

O las imágenes de otra película que lo habían acercado a los secretos de los monasterios budistas en el Tibet. Mientras se enjabonaba las axilas y sintiéndose completamente desnudo, pero con una deliciosa sensación de higiene, pensó que todos los maestros orientales predicaban la moderación de las pasiones, la necesidad de contentarse con muy pocas cosas y la exigencia de rechazar los sentimientos de orgullo para convertirlos en la compasión hacia todas las criaturas. Por eso quiso poner en práctica en aquel instante ese precepto cuando vio a una cucaracha bajando por la pared. A pesar de la repugnancia que le ocasionaban estos bichos, la dejó avanzar hasta que cayó en el agua del piso de la ducha. Se quedó viéndola flotar unos instantes, para después navegar y desaparecer chapaleando en un remolino por el desagüe.

- No fue mi intención hacerle daño a esta criatura del universo. Simplemente se ha hecho la voluntad del Absoluto que todo lo gobierna, se dijo.

Siempre había estado convencido de la célebre sentencia según la cual el hábito no hace al monje. Pero aquella mañana de sol resplandeciente, que ya empezaba a calentar, se sentía muy incómodo enfundándose en su ropa interior y sus pantalones. Si por él fuera usaría su bata de baño como vestido de calle, porque se sentía mucho más confortable cubierto con una túnica. De pronto era que el karma de alguna desconocida existencia en el pasado había decidido manifestarse en esa fecha. Por eso la vuelta a oriente. Por eso el disgusto con la moda occidental. Por eso su contemplación fija de todos los detalles de los objetos que lo rodeaban como en un intento por penetrar en la armonía y unidad del conocimiento del mundo.

Pero en todo caso no podía tener la vocación de un santón hindú acostumbrado a los prolongados ayunos. Porque, mientras se vestía, le llegó el olor a chocolate batido desde la cocina. Así se fue imaginando un buen desayuno con todos los requerimientos energéticos para desempeñar las labores de la mañana. Quizás en algún pasado remoto fui un monje temeroso de las flagelaciones. De pronto fui un monje benedictino del medioevo encargado de la cocina con la oportunidad de probar todos los platos antes de ser servidos al resto de la comunidad. Me hartaba de perniles de cerdo, gansos rellenos, cerveza casera, buenos vinos y pastel de manzanas. Y en los ratos libres me entretendría en la biblioteca leyendo las obras de Avicena, Maimónides y las recientes aventuras en los viajes de Marco Polo por los reinos de China y Japón, pensaba mientras se le hacía agua la boca.

El beso de la esposa lo devuelve a la realidad. Ella se llama Astrid. El nombre le quedó muy bien puesto porque es delgada, alta y usa gafas. Como si desde niña los padres adivinaran que en su madurez iba a quedar parecida a un telescopio de aquellos ofrecidos durante las noches despejadas para que la gente de las ciudades contemple los valles de la Luna, el color rojizo de Marte o trate de seguirle el paso acelerado a alguna estrella fugaz. Astrid viene a ser lo mismo que astro o cuerpo celeste observado por el astrónomo. Eres Astrid un astro luminoso y ardiente desde luego en las noches en que nos abrazamos. Cuando sucumbimos bajo el fuego que brota de tu núcleo y que yo trato de avivar con una antorcha al rojo vivo. En eso también somos orientales tú y yo, porque reconocemos y practicamos con gozo esta condena al placer-dolor antes de sucumbir en el nirvana. De esta manera nos convertimos en los mejores discípulos cuando la mente de Buda usa la carne para probar la Divinidad.

Sentados en la mesa del comedor, los esposos parecen una prolongación del cuadro que adorna el salón. Porque desde que comenzó a aficionarse a esos temas del oriente, desechó las imágenes religiosas de vírgenes de ojos entornados o santos de la Iglesia Romana inmortalizados en sus niños de cartón-piedra y vestidos con lujosos ropajes renacentistas que nunca habrían usado en vida.. En la pared se destaca un cuadro lleno de colorido donde aparecían el sabio Confucio extasiado mientras escuchaba las enseñanzas que salían de la boca de su anciano maestro, Lao-Tsé. Media docena de discípulos con sus largos bigotes que les cuelgan como las plantas parásitas de un árbol, los rodean y contemplan con respeto. Aparecen meditando en un bosque donde las tonalidades verdes del pasto y de las hojas de los árboles armonizan con el rosado. Lo que salta a la vista de cualquiera, pero no de los ojos de Serafín, es el gran contraste entre la serena belleza del paisaje donde se desenvuelve la escena, con la furia de Confucio. Porque según los testimonios de los historiadores, tenía la espalda arqueada como un dragón, unos gruesos labios como de buey y una enorme boca como el mar. De esta manera el frugal desayuno compuesto de fruta, panes integrales y una infusión de hierbas endulzada con miel de panela, era como una prolongación de aquella escena campestre donde un puñado de fieles discípulos testimonian la gratitud a los máximos maestros espirituales de la China.

Claro que el mundo cotidiano seguía andando en su cambalache perpetuo como si nada cambiara allí afuera. Con sus sobresaltos de inseguridad, transporte caótico, empleados descontentos con su trabajo y la gente amargada que se empeñaba en echarle a perder el día a todos los que se atravesaran en su camino Pero la visión oriental del mundo le permitía a Serafín mirar con ojos confucianos la confusión urbana y de acuerdo a la enseñanza del budismo, se compadecía de todo aquel conglomerado humano tratando de sobrevivir en la dureza de la ciudad.

El recuerdo de los labios húmedos de Astrid sobre su mejilla fue borrado pronto por la canícula. Había salido en búsqueda de la oficina, haciéndole el quite a la multitud apresurada. Tan oriental se había vuelto su ciudad que ya no necesitaba de las anteojeras amarillas para contemplar el espectáculo donde se daban cita todas las costumbres del levante. Los buhoneros parecían recién desembarcados de Nueva Delhi. Las tropas de mendigos recorrían todas las calles como si se tratara de la peregrinación anual a Benarés. Serafín con su vestido blanco no pasaba tan indiferente como él creía. Las personas que se visten de blanco lo hacen para defenderse del rigor de los rayos solares o para manifestar la pureza de costumbres. Porque las manchas se notan más sobre la tela blanca. Más bien el conjunto de dril blanco -que conste su escogencia de una marca nacional, más por economía que por amor patrio- le daba prestado un aire de maestro de yoga o una nueva encarnación de Madre Teresa de Calcuta con cambio de caracteres sexuales. Pero no importaba porque el calor del sol picaba.

De repente le llegó un intenso aroma cargado de sudores y mugre. La mano tendida hacia él desplegando las costras de tierra, las cicatrices abultadas y el tatuaje de una serpiente de cabeza de candado negra y una enroscada cola amarilla labrada en el hombro. Eso fue lo primero que recordaría después cuando asoció la serpiente tatuada con el monstruo de papel danzante en las ceremonias del año nuevo chino. Pero esta culebra aferrada al brazo de la mujer no llevaba faroles estremeciéndose a los lados. Sólo los ojos ladinos de ella que lo detallaron desde arriba hasta la punta de los pies, haciéndolo estremecer. Sintió el aliento a podrido cuando la voz salió pidiendo unas monedas y un cigarrillo. La dosis de nicotina le haría olvidar el hambre de tantos días. Quizás el humo del cigarro le tendería una cortina para disimular la contemplación de tantas tentaciones en las vitrinas y bolsas de los compradores en medio de aquella sociedad de consumo sin corazón.

Serafín juntó las dos manos para que el fuego del fósforo encendiera el cigarrillo. No había temor del viento porque no soplaba ninguno. Más bien fue un soplo con aroma a pestilencia que lo fue envolviendo y adormeciendo cuando la mujer exhaló el humo del cigarrillo hacia su cara.

-Los hombres desprendidos son escasos, dijo.

En los sueños se recrean mundos a partir de las vivencias del estado de vigilia. Algunos descansan con las fantasías que van sucediéndose durante una noche placentera. Otros se conmueven con las pesadillas tejidas con símbolos que vaticinan desgracias. Pero el sueño inducido, el sueño artificial busca la domesticación o la esclavitud. Para despojar a la víctima de su dinero, dejándolo abandonado en parajes inhóspitos después de recorrer la ciudad de norte a sur como un zombi.

La luz del sol que entraba por los ojos de Serafín adquirió una tonalidad más rojiza, azafranada. Como la túnica de los hare-khrisna. Ya no era un único sol el que alumbraba allá arriba acercándose a la línea del mediodía. Le acompañaban decenas de estrellas igual de luminosas. Alumbraban el camino para que él y ella no se perdieran en su trayecto hacia el refugio. Las luces de los semáforos siempre estaban en verde como si obedecieran una misteriosa orden para dejarlos avanzar. El rumor de los vehículos, la música desaforada de sus cláxons cada vez en aumento era la melodía de fondo que los acompañaba en su recorrido. Iban tomados de la mano, aunque apenas se habían encontrado. Formaban una curiosa pareja de un hombre maduro, vestido de blanco de regular estatura. Ella, andrajosa, con las cerdas castañas despeinadas al viento, calzando unas sandalias encontradas en un basurero.

Aceleraban el paso hacia la zona antigua, la más deteriorada de la ciudad. Donde se refugiaban los drogadictos, los ancianos alcoholizados, los desamparados que dormían de día en los bancos de los parques. Los edificios de oficinas presuntuosas iban quedando atrás para internarse en unas calles solitarias, custodiadas por casas de muros agrietados, tejados cubiertos de basura donde brotaban plantas parásitas o maullaban gatos negros.

Se detuvieron frente a una edificación de tres pisos, de fachada ennegrecida. Ella abrió la puerta de entrepaños metálicos. El chirrido y el eco del golpe retumbaron en un oscuro corredor oloroso a encierro y humedad. En el centro del techo del pasadizo colgaba el plafón de un alambre pelado. Más adentro un patio sin flores ni árboles. Repleto de cajas de cartón, botellas, periódicos amarillentos atados en forma de bultos. Pasaron por una, dos, tres, cuatro puertas cerradas. En la última brotaba la música de un radio sintonizado en una emisora popular. Adentro alguien silbaba tratando de imitar el ritmo de la melodía. La pareja dio una vuelta, ascendió por unas cortas escaleras cubiertas de azulejos que tenían grabadas sombrillas japonesas. En la puerta de metal pintada de un tono verde, como un vómito de marinero, pararon.

Adentro la penumbra y una fetidez donde se juntaban el olor de humedad con el de un depósito de drogas. Al fondo la sombra de lo que parecía un camastro y una silla de tres patas ladeada. La mano de ella no lo soltaba, lo guiaba. Lo obligó a sentarse en el frío piso de azulejos. Sintió sus labios rozándole las orejas, murmurando. Las manos sudadas que desabrochaban su camisa con fuerza, saltándole un botón. Su caída y saltitos sonaron como una pequeña bola de cristal lanzada al azar.

Los labios de ella se pegaron de la oreja derecha de Serafín. Murmuraron desde el corazón del mal aliento. Dijo que hacía varios años trabajó como geisha en una casa de té en Tokio. Había sido una de las servidoras preferidas por la clientela masculina. Le habían asignado el nombre de Ts’ua Pên. Servía el té con toda la ceremonia de los siete pasos. Al final agregaba a la infusión las hojas de jazmín para que la fragancia agradara a sus clientes. Pero, qué paradoja, su simpatía se convirtió en la causa de su perdición. Cuando se transformó en la favorita de uno de los clientes más asiduos de aquella casa de geishas. El señor Chu-tsi era muy aficionado al opio y se propuso inducirla a darle largas bocanadas a la pipa que siempre llevaba consigo. La animaba con la frase de Cocteau: acercarse al opio como conviene acercarse a las fieras: sin miedo.

Del opio pasaron a inyectarse heroína cuando se encerraban los dos en el salón reservado llamado "Los senderos que se bifurcan".

Las paredes de la casa de té se le convirtieron en caleidoscopios de colores. Las luces de las lámparas con forma de tulipanes de cristal giraban en torbellinos brillantes. Los sonidos de las trece cuerdas de seda del koto se quebraban en miles de ecos y ulular del torbellino de unos vientos extraños que viajaban desde el país de la locura. El cóctel semanal de opio, heroína y cocaína fue transformando la palidez del blanco de su rostro maquillado con polvos de arroz en una máscara con la palidez de la enfermedad de los adictos. Como su voz fue adquiriendo tonos ásperos, el patrón de la casa instaló un karaoke para que los clientes entonaran sus propias canciones. O dejaba flotar por los salones, todavía aromatizados con el té de jazmines, el sonido digital de los conciertos de música New Age. Jean Michel Jarre y sus Equinoxes con el fondo del rumor de los estadios y el oleaje de los aplausos. O los arpegios de sintetizadores de Kitaro que iban acelerando como la marcha de un tren en su itinerario paralelo a la Muralla China.

Ts’ua Pên abandonó la ruta cotidiana hacia la casa de té. Más bien se lanzó a las calles del puerto para negociar sus habilidades de geisha por los narcóticos que escondían los marineros. Los gritos de los vendedores de sushi al amanecer, el ulular de las sirenas de los trasatlánticos, el gong de los monjes llamando a los fieles para las ceremonias de las pagodas, el grito de un turista norteamericano extasiado ante la belleza del Fujiyama a las 6 a.m. Todos esos sonidos le hicieron olvidar la habilidad que había adquirido con su digitación de las tres cuerdas del shamisen, el instrumento musical asignado a los shows de las geishas. Y su kimono rojo elaborado en crepé lo cambió por comodidad, después de la primera noche en una habitación de hotel del puerto, por un par de levi’s americanos desteñidos y ajustados.

Ahora la geisha estaba allí, en esa capital de un país sudamericano, a miles de kilómetros de la casa de té. Cruzó el mar en un barco ballenero que llevaba en su tripulación a varios marineros aficionados al éxtasis y la marihuana, a arponear sin piedad el corazón de los grandes mamíferos de los océanos y a las ternuras de las sirenas japonesas .

Allí en la oscuridad de la habitación, mientras anochecía, Serafín fue atendido como si se tratara de un cliente habitual de la casa de té. Escuchó uno de los pocos cantos que recordaba ella en japonés. Se enteró de muchas historias íntimas de algunos clientes habituales del establecimiento. Imitó al antiguo amante en el disfrute de los narcóticos, excepto el opio. En medio de la euforia y la disociación de los sentidos que le trastornaron la conciencia del tiempo, sobre el piso helado y encima del camastro oloroso a sudores ajenos, acarició los pies diminutos de la geisha y lamió unos pechos de niña que le trajeron el recuerdo del aroma de los jabones de sándalo. Por lo menos aquel contacto mínimo con la fragancia de la buena suerte le compensaba aquel encuentro fabuloso con un ejemplar oriental del realismo sucio, pensaría después.

Cuando su mujer lo vio abriendo la puerta, una semana después, pegó un grito de espanto. Creyó que el marido extraviado se había escapado de la morgue. Donde lo fue a buscar después de haber averiguado en todos los sitios posibles sin éxito. Ni la oficina, el hospital, las clínicas, las estaciones de policía, daban razón alguna del hombre vestido de blanco que había salido, como todas las mañanas, rumbo a su trabajo.

Todo parecía en orden, tuvo que asegurarle él con una mentira piadosa. Porque no se atrevió a contarle el extravío de su chequera. O la ausencia de la argolla matrimonial. Ni a anunciarle que de ahora en adelante el aprendizaje de las costumbres del lejano oriente serían más frecuentes. Con aprendizajes teóricos y prácticas hasta el amanecer. Porque las lágrimas de ella sobre su pecho no lograban ya conmoverlo. Mejor así para que no detallara las ojeras acentuadas, la huella de las uñas de gatita celosa de la geisha en su pecho o el leve aroma de sándalo que se había impregnado en su piel. Importaba más que había vuelto a su hogar. Ahora estaba allí, en su casa, con ella, pero mucho más obsesionado con todos los estímulos que viajaban desde los imperios de oriente. Su cercano y gozoso oriente.

 

Jaime Carbonell

Colombia

jaicarbo@hotmail.com