"TU RELATO DEL MES"
ÍNDICE TU RELATO DEL MES
Diciembre-2000
Mi
querido ángel - Marisa Bermúdez (E)
Enero-2001
Carta
de Luis - Miguel A. Sánchez Valderrama (E)
El
ruido del silencio - Anselmo Ramos (E)
Febrero-2001
La
última vez - Carlos Briones (Ch)
El
tonto - José Soria (E)
A
Dayma y el flautista que me pusieron - Ismael Brito (Cu)
Marzo-2001
Las
trompetas del juicio - Rosy Palau (M)
Mayo-2001
Anda...
- Manu (E)
Junio-2001
Neblina
y llanto - Lucía Scosceria (Py)
Una
historia del café - Concha García Romero (E)
Julio-2001
Flores
de cardo - Jorge Ruppel (A)
Presidiario
- Javier Otaola (E)
Agosto-2001
Jubilación
Anticipada - Joseph Ruiz (E)
Me
saqué un no-premio - Marcos Winocur (A-M)
Septiembre-2001
Cúrame
- Andrés Zabialgo (V)
La
muerte del escritor - Nicolás Fridmann (E)
Octubre-2001
Haciendo
el amor hasta la madrugada - Elver Pizarro (P)
El
rancho de piedra - Alejandro Correas (A)
Noviembre-2001
Emboscada
- Hernán Pablo Nadal (A)
El
empeño de Fernando - Antonio Holgado (E)
El
desgarro del aire - Laura B. Cena (A)
Diciembre-2001
Cuerpos sin lucha - Oscar Sipan (E)
El viaje de su vida - Prudencio Hernández
(Uy)
Río Nilo en S. Francisco - Esthela Santiago
(M)
Enero-2002
Pepebotas - Dante Castro Arrasco (P)
Cuando vea el mar - Migel Ángel Mañas (E)
Diciembre - Pablo Mora (V)
Febrero 2002:
El botija Manuel Cubero (Es)
La última estación David Granado (Es)
El banco Marcelo Urizar (Ar-Br)
MARZO 2002
El mar amarronado - Fernando Olszanski (Ar)
En la altura... - Josué Santiago de la Cruz (Pr)
Los puntos suspensivos - Sergio Pérez Causo
(Es)
El ropero de ébano - Fé Consuelo Martínez-Conde
(Ch)
Abril-2002
El amor de una mañana de verano - Carlos Bcn
(Es)
Corazón de mail - María Luisa Lázzaro (Ve)
El viejo profesor de Filosofía - Francesc
Pedragosa (Es)
MAYO-2002
- Ernesto (relato inacabado con varios finales) -
Belén Pérez del Prado (Es)
Brando (Ec)
Mary Ortí (Es)
Lola Beltrand (Es)
Luis E. Prieto (Es)
JUNIO - 2002
El Exiliado - Clara Bango (Ar)
Cosas en los bolsillos - Mª Antonia Seguí (Es)
ERNESTO (relato inacabado... con varios finales)
(En esta ocasión, como relato del mes tengo el gusto de presentar un ejercicio interactivo llevado a cabo en mi foro de Sensibilidades con un relato que dejé en el foro, voluntariamente inacabado, para que los participantes del foro escribieran sus particulares finales. Entre todas las participaciones he elegido cuatro
-más mi propio final- como muestra de las posibilidades literarias que este medio nos brinda)
Hasta hacía aproximadamente un mes, Ernesto era un ciudadano feliz y realizado, con una familia estadísticamente correcta de tres miembros, y que vivía en una ciudad razonable, de ruidos desesperados y tráfico confuso, dentro de un país adecuadamente fecundo en el que pagaba sus impuestos y al que quería por vocación y por sentimientos históricos y consanguíneos.
Todo empezó, hace más o menos un mes, aquel día en que Ernesto recibió, por correo certificado, una notificación ejecutiva de embargo de su cuenta corriente por el supuesto delito de no haber pagado, durante cuatro años consecutivos, el Impuesto Municipal de Circulación de Vehículos atribuible a su bólido, un utilitario pringoso y de la tercera edad, que usaba básicamente para desplazarse a su trabajo.
Inútiles fueron sus quejas y sus documentos: al comisionado de hacienda del municipio no le constaba en ningún fichero, incluso en su novedoso ordenador de quinta generación atiborrado de bytes, los pagos que Ernesto intentaba demostrarle desesperadamente.
- El embargo de su cuenta, señor mío, es efectivo desde mañana, -le dijo el oscuro funcionario-. Son 600 euros más el recargo por apremio y obsoleto. Puede usted interponer un recurso contencioso-administrativo en el juzgado pertinente...
Al poco tiempo, una tarde de domingo fría y nublada, Ernesto recibía una llamada del Hospital Clínico para que se personara urgentemente en Administración, porque su hija Silvia (¿Doña Silvia Lozano Gómez es su hija?, le había preguntado una voz atrófica e impersonal) había sido ingresada en el centro en coma etílico.
¿Por qué Laura le culpaba tan radicalmente? Cierto era que Ernesto acostumbraba a tomarse todas las tardes unos gin-tonics, pero nunca se había emborrachado, y mucho menos, había mezclado nunca sus gin-tonics o sus cubatas con éxtasis o anfetaminas, ni siquiera en su época universitaria.
El médico, con cara y bata de funcionario blanco-parduzco, les dijo que habían tenido suerte, pero que la suerte no siempre está de cara, y que la próxima (y ponía cara de que “obligatoriamente” existiría una próxima vez, como si él estuviera de figura decorativa en su casa) podría ser fatal. ¿Por qué Laura se empeñaba en machacarlo? ¿Por qué, incluso, le amenazó con separarse so pretexto de padre incompetente y de marido fantasma?
Casi por las mismas fechas, su perro de siempre, su querido Adán, aquel pastor belga que llevaba con él desde su infancia, había comenzado a adelgazar alarmantemente y no paraba de vomitar y de tener convulsiones. El veterinario le había dicho que probablemente tendría una “leismaniosis”, y que dado su edad, lo mejor sería sacrificarlo, aunque hasta esta decisión iba a resultar dificultosa por no estar el perro convenientemente censado con el chip de identificación electrónica de la Consejería de Agricultura, en la Sección de Cachorros y Ocio de la villa.
¿Qué pretendía entonces que hiciera? ¿Que sacara un hacha del garaje y que lo decapitara sin contemplaciones?
Entre los 600 euros del impuesto, los 200 del recargo de multa y los 150 de la consulta del veterinario, ese mes Ernesto no sabía de dónde iba a sacar fondos para hacer frente a tantos gastos extras, eso sin contar con los honorarios del psicólogo que el galeno del hospital le había recomendado como imprescindible para el tratamiento de su hija Silvia.
Cuando entró a hablar con su jefe para pedirle un aumento de sueldo con el que poder atender a las nuevas cargas extraordinarias, este, un individuo calvo, siniestro y miope, se quitó las gafas, le miró de arriba abajo como si fuera la primera vez que lo veía y le hubiera hablado en checheno, y, luego de un buen rato en el que ni siquiera tuvo la delicadeza de decirle que se sentara, le expetó:
- Pero, señor Lozano: lo suyo tiene bemoles...
- ¿Y?, -balbuceó atónito Ernesto.
- Pero hombre de Dios: ¿no sabe usted que la Empresa está en déficit técnico y es usted uno de los propuestos para la reducción de plantillas?
- ¿Yo?, -apenas pudo articular Ernesto.
- Ande, ande, no tire más de la cuerda y corramos un tupido velo...
Ernesto estaba totalmente abatido. Al salir del trabajo no tuvo ni fuerzas, ni ganas, de tomar su utilitario y comenzó a caminar por las calles nocturnas de su ciudad como un autómata. No llevaba caminando más de media hora cuando notó en su espalda algo metálico y puntiagudo que le comprimía. Tardó en reaccionar dado su ensimismamiento, y cuando por fin intentó volverse, alguien le cogió por el brazo y le dijo: tío, no intentes defenderte o te rajaremos; mi amigo es bastante nervioso y está con el mono, así que vete espabilándote; empieza a desembuchar la guita y las joyas, y no te olvides de darme la cazadora...
En un “santiamén” Ernesto fue desplumado ante la indiferencia cómplice o insidiosa de decenas de viandantes que en ningún momento tuvieron el más mínimo interés en aquel hombre que era literalmente llevado en volandas por dos individuos de aspecto siniestro.
Al menos había conseguido salir indemne de cicatrices y de sangres, se dijo, mientras caminaba con una tembladera mitad nerviosa y mitad de frío, hacia su casa.
Cuando por fin abrió la puerta del piso, y antes incluso de sentirse a salvo y protegido, percibió, sobre todo, una sensación extraña de silencio denso y aplastante. Habría deseado que Laura y Silvia hubieran corrido a su encuentro y lo hubieran besado y rodeado de caricias y de mimos. Lo necesitaba perentoriamente, enfermizamente... Pero nada oyó, y nada se movió a su alrededor cuando traspasó la puerta de la habitación que hacía de saloncito. Se dejó caer en el sofá, y delante de sus ojos apareció, con dura evidencia, una nota de Laura que decía:
“Ernesto, me voy... No has servido ni como padre, ni como marido. Me llevo a Silvia y ya arreglaremos las cosas más adelante, cuando me encuentre lo suficientemente equilibrada como para hablar contigo. De momento espero que no nos molestes...”
Ernesto se hundió en el sofá, como disolviéndose entre sus cojines, cerrando los ojos mientras la habitación comenzó una macabra danza zambombante dentro de su cabeza...
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Luis E. Prieto
España
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...Zum-zum-zumbidos por dentro, lat-lat-latidos en sus
sienes, con
los ojos cerrados, secos, permaneció inmóvil y hundido en su
bien-pagado sofá enmarañado entre su armazón de plumas, maderas,
pieles, hierros... Era extraño... parecía tener motivos para echar a
correr y no parar, para saltar por la ventana sin pensarlos dos
veces... él tan asentado hasta hacía apenas unas horas, él quién
contaba con un plan de jubilación, dos de ahorro, quién se había
desvivido, tragando, tra-tra-tragando, para ir cubriendo gastos,
hipoteca, fondo de estudios para la Universidad de Silvia, apartando
algo para ese abrigo de piel de marta cibelina... (¿para Laura
sibilina? sentía..., se sentía... dios mío, se
Sentía...sentía...sorprendido... cómo si hasta su vieja náusea perenne
le hubiera abandonado, abandonado como su mujer, abandonado como su
hija, su cartera, su trabajo, su desodorante, y zumba que zumba, zum-
zum-zum- veinticuatros de Diciembre consecutivos pasaban por su
recuerdo, uno tras otro, su procesión de corcho, de nada...
Un regustillo asomó a su boca en forma de sonrisa maliciosa..., una
extraña sensación de la mano de un pensamiento nuevo... sorprendido
quiso rebuscar en él como quién abre el viejo baúl de la abuela,
escarbarlo, explorarlo...
Sin mover un dedo, intentando retener la novedad, casi sin respirar
para no ahuyentarla... tropezó de bruces, de morros...
con su odio... conocía de su existencia, aún así enormemente
sorprendido se vio con su caja de truenos entre sus manos...dudaba,
su asma hizo aparición, haciendo saltar la alarma... avisándole del
riesgo de abrir su tapa... deseando y temiendo hacerlo... si, no, si,
no, si abres no hay vuelta atrás, si, no, una vez que veas... sino,
si, no... tendrás que hacer... si, sino, si-sino...no, a ser sino...
¿si no? Sino... a-se-si-no...
No tuvo más ocasión de decidir, su odio se presentó en oleada desde
sus pies a su cabeza, en maremoto, inundando... la ola se presentó
sin avisar como las visitas de su suegra...
Era un odio metálico, formado de grises plomos, marengos, grisáceos
sucios y grises perlas de lagrimas cristalizadas unas sobre otras, en
orden confuso... un odio alimentado, soterrado, amordazado en sus
sótanos, ¡oh, dios!, cómo odiaba...
LalaLaura, su mujer, ¿su mujer? ¿su? ¿mujer?... Laura diosa odiosa,
odiaba sus insaciables dames y quieros, su políticamente correcta
actitud, odiaba su olor, su “ alrededor”, su perfume francés dulzón
cubriendo tanto desamor..., odiaba la sombra que proyectaba en la
pared, odiaba en especial su sonido al moverse, el tin-tilin-tilineo
de su arrastre de cadenas de oro pagadas por él, su rintintín al
hablar, ese acento monótono, insulso de niña bien de familia mal...
Odiaba su cuerpo erecto embalsamado, el seco cartón de su sexo,
frasco de fracaso (esbozó un escalofrío al recordar la sensación de
vapor gélido que ella desprendía al estar tumbada en la cama común...
esa que hacía siglos se asemejaba a un tétrico escenario abandonado
de película del oeste...el viento levantando la arena, y las balas,
como masas de pelo cardadas con mugre, apelotonadas corriendo sin
rumbo calle arriba, calle abajo, repitiendo esa escena caduca,
yerma... las plumas de cabaretera arrancadas, la rueda de la
carreta, las puertas desvencijadas del salón como dientes mellados en
una boca vieja que nunca tuvo nada para decir...)
Odiaba lo que estaba haciendo con Silvia, lo que Silvia se estaba
dejando hacer... fiel imagen y semejanza de su madre, Silvia
distante, “tan suya”, cuántas veces había deseado que se
columpiara en sus brazos como lo hacía de niña, que lo envolviera
como en lazada alrededor del cuello... oler su aliento a chocolate y
gominolas, la sal de sudor de pipas su piel ... tantas cosas habían
cambiado... ¿dónde, en qué peldaño de la escalera quedó Silvia?
¿dónde quedó él?
Se había convertido a sí mismo en un ser aceptante, acatante, Ernesto
servil a una vida mari-visa-oro cuyo recargo cada vez pesaba más, más,
más...
Odiaba el lugar en el que se desvestía cada noche, el lugar dónde se
vestía por la mañana, al que nunca había sentido su hogar, envidiaba
a otros cuando al terminar la jornada a menos un segundo en punto
volaban hacía unos brazos, unas cenas, una vida... En pun-pun-punto
para él era un pum-pum-pum punto seguido de más nada de la misma
ausencia, más de lo mismo en el absurdo de la máquina en la que
estaba metido...
Oh, Dios, ¡cómo odiaba!
Odiaba su trabajo, sus interminables horas de tedio encadenado, su
si, señor, la presión, la amenaza fantasma continua, el taladro de la
culpa y la responsabilidad en su cabeza, el mazo sobre él... las
frases que Martes tras Martes, día de rendirse y deshacerse en
cuentas y explicaciones Martes martirio, Martes martilleando,
martilleando, zum-zum-zum... “Ernesto llegas a una edad delicada,
Ernesto estás bajando rendimiento, Ernesto las cifras cantan”...
toma-toma-toma la música macha-macha-machacona... en una maratoniana
sesión de bacalao insulso... y el estómago en escorzo, estrujándose,
y el sabor a bilis en su boca... no poder tragar más, ¡traga!, tra,
tra, tragandando..., sigue, sigue...
Se arrrebujó entre los cojines... no quiso abrir los ojos para no
perder ni por un segundo lo que interiormente estaba viendo...
Extraño, todo era diferente... no entendía... se sentía...
... sentía su sien, “sientía”... sentía...
Su tic-tac-tic-tac interno le decía... ni un minuto más Ernesto... ni
un minuto más..., el latido aceleró su marcha como diciéndole estás
cerca...olfatea, hazlo, hazlo, tú sabes... sabes...
Ni un minuto más...
Al cabo de un rato... (Ernesto nunca supo si lo soñó, si se trataba
de su ángel de la guarda, o de si el ángel se la guardaba...) se
levantó en carne viva del sofá, dirigió sus pasos hacia el bureau,
(“bigó”, como la administradora de su sueldo, la censora de su
vida lo llamaba) cogió unos folios del papel sepia amarillento, lo
acarició como solía hacer hacía ya la friolera de siglos y escribió
éste zumo que te encuentras bebiendo, lo metió todo en un sobre que
dirigió a Silvia con una nota adjunta...
Escribió:
”Mi Querida Silvia,
probablemente ésta sea el legado más grande que desde mi amor por ti
te pueda dejar, mi verdad, por dolorosa que sea y mis hechos hija
mía. Voy a vivirme sin anestesias, sin edulcorantes, colorantes ni
aditivos, voy a ocuparme de mí.
Creo en ti Silvia, tengo la seguridad de que tú también vas a
conseguirlo (hoy me he dado cuenta de que llevamos sangre por
nuestras venas, y además es sangre común que no corriente)
Te haré saber dónde encontrarme. Sólo se que haga lo que haga seré y
estaré yo.
Te quiere tu padre
Te quiere Ernesto.”
Llamó por teléfono a su jefe y escuetamente, sin explicaciones, pidió
la baja voluntaria en la empresa.
Retiró la denuncia en la comisaría por el robo de la cartera.
Dejó las llaves de la casa y del coche encima de la mesita... se
sentía ligero, lililigero, ilógicamente alililigero... sonrió...
Ernesto llamó a Adán, sus miradas cómplices, húmedas, se abrazaron,
en voz alta Ernesto dijo, mientras acariciaba juguetón a Adán con esa
mano al final de ese brazo... vamos amigo..., ya está... ¿temíamos
que nunca iba a despertar..? hoy es un día importante... amigo, estoy
a tiempo... hoy me estreno... vamos..
Belén Pérez del Prado
España
- ¿ Para qué
dar mas vueltas a esta historia ? , se dijo .
Nunca en mis cincuenta y dos años de vida me ha ido tan
patéticamente mal . De golpe y porrazo me he quedado sin mujer a
la que amar , sin hija a la que regañar , sin perro al que
espulgar ,sin jefe al que insultar (mentalmente , claro) , sin dinero
para disfrutarlo con mi amante y encima , ¡ estos pelotudos
ladrones se llevan mi cazadora favorita ... ! . No , lo de la
cazadora si que no lo soporto . Era la guerrera , herencia de mi
abuelo que combatió cuerpo a cuerpo en la segunda guerra mundial . En
uno de esos combates conoció a mi abuela , que se enamoró de él
enseguida pues lucía muy gallardo con su cazadora de cuero . ¡Y
me la roban!. Si no habría sido por esa cazadora , no hubiera nacido
mi padre ... ni yo estuviera aquí . Y si yo no estuviera aquí ,
no habría cuento que acabar ...
¡ A la mierda todo , me haré el hara-kiri ! y así esta
historia terminará conmigo y yo terminaré con la historia !
- ¿ Crees que en verdad papi se haga el hara-kiri ? , preguntó
Silvia a su madre , mientras contemplaban a Ernesto desde un monitor
instalado en otro cuarto y que trasmitía las imágenes que
filmaba una cámara oculta en la habitación donde él buscaba
como loco su espada samurai en el interior del armario donde
guardaban las cosas que nunca se usan .
- No lo creo , le respondió su madre con una lacónica sonrisa .
Nunca resistió ver sangre . Hasta un filete poco cocido y mal
cortado lo marea .
- En el supuesto caso que se haga el hara-kiri , respondió el
productor del programa de cámara cómplice "Si lo cagamos, plata les
damos" , el contrato estipula que ustedes ganarían una
buena compensación por ello ...
- ¿ En serio? - gritaron todos al unísono , pues además de
Laura y Silvia , en esa sala de monitoreo estaban el comisionado de
hacienda , el médico del hospital , el veterinario , el miope y
siniestro jefe , el asaltante y su compinche (que seguía en mono)
y hasta el perro Adán , que a falta de algo mejor que hacer ,
mordisqueaba la heroica cazadora del pobre Ernesto .
- ¡ Claro! , les contestó el productor . ¿ Se imaginan Uds.
el rating televisivo que tendría el programa si el hombre se
ensarta una espada cual aceituna ? . ¡ Incluso le ganaríamos al
programa de la competencia "Muérase ahora , pague como pueda".
La mujer de Ernesto , la mas decidida de toda esa ambiciosa tropa ,
se adelantó al resto.
- ¿ Y a cuánto ascendería el bono , querido mentor ?
- Al doble , o sea , cada uno ganaría seis mil dólares por su
magistral actuación ...
Un pesado pero alegre silencio inundó la sala . Casi como el que
harían dos esqueletos bailando vals . Nadie dijo nada . Y era
porque todos estaban pensando en lo mismo .
- ¿ No viste donde dejó tu padre la espada , se le escapó a
Laura ?
Mientras tanto el buen Ernesto no podía encontrar el famoso
instrumento mensajero de la muerte. Revolvió de arriba abajo el
closet lleno equipos de gimnasia casi nuevos , juegos de mesa
incompletos , ropa de cuando era flaco ... en eso , descubre en el
fondo de un cajón el antiguo álbum de fotos . Se sienta a
revisarlo y es cuando comienza a rememorar sus años de juventud .
Como cuando era el vendedor ambulante de hot-dogs mas prestigioso de
la cuadra . O como cuando conoció a Laura al chocar su carrito con
el de ella ,que vendía empanadillas . Fue amor al primer impacto .
Miró las fotos de su matrimonio , celebrado en la sede de la
Asociación Pro Dignidad Callejera de los Vendedores Ambulantes
Independientes , luego revisó las fotos de su luna de miel , en
las que ya salía Silvia en la barriga de Laura pues su amor nunca
pudo esperar (ni la boda tampoco) . Y el corazón de Ernesto ,
comenzó a ablandarse .Siguió con las fotos de bebita de Silvia,
el entonces ya tenía su propia agencia de entrega de hot-dogs y
empanadas a domicilio las veinte y cuatro horas del día . Las
próximas fotos del álbum eran de su consolidación como
esposo , padre y empresario solvente. Claro , hasta que una compañía
de tortillas españolas puerta a puerta acaparó el mercado y sobrevino
la quiebra.Entonces dejó de ser su propio jefe . El resto de la
historia ya la conocemos .
Lo cierto es que , contemplando las últimas fotos en las que el se
veía feliz con su bella mujer , su dulce hija y su bohemio perro ,
Ernesto se había dado cuenta que lo que mas quería en el mundo,
que lo mas preciado para él , era su familia . Y lucharía a
brazo partido por recuperarla.
- ¡ No merezco llamarme un hombre , gritó parado en la cama -
doblegada por su peso- si abandono el barco de la vida con la primera
gran ola que barre la cubierta !. Un verdadero hombre lucha . Y
lucha hasta el final .
¡ Así que desde ahora ésa será mi razón de vivir! .
- ¡¡ Nooooooooo !! exclamaron en coro todos los que lo observaban
consternados desde el monitor . Todos menos el perro que se
retorcía empachado por haberse comido media manga de cuero .
Pero bueno , como simplemente creo que el pobre Ernesto tiene que
vivir , no alargo mas esta historia . Solo les cuento que su mujer e
hija , furibundas por no haber podido ganar el doble , recibieron
sus tres mil dólares cada una e igual lo abandonaron pues se
fueron con sus respectivos novios en un tour para cuatro hacia el
Caribe (saborrrrrrrr) en donde todos (no solo la hija) fallecieron
de un parrandero coma etílico. El comisionado de hacienda se
compró un ordenador de la catorceava generación y ahora seduce
quinceañeras en el chat . El médico adquirió a plazos un
sofisticado equipo de gastroenterología (solo el nombre ya
revuelve el estómago)envidia de sus colegas sin dotes
histriónicos. El veterinario se compró un flamante equipo para
tatuar perros, pues le parece una forma de distinción mas artística y
"cool" que los chips de identificación electrónica . El siniestro y
miope jefe se operó de la vista , se compró un tupé de rizos
dorados , se templó las arrugas , se vistió a la moda y ahora quiere
hacerse un tatuaje en el pecho. Está en conversaciones con el
veterinario. El asaltante y su compinche emplearon casi todo el
dinero en sexo , alcohol y rock and roll . El resto lo malgastaron .
Y finalmente , Adán , bueno , Adán fue el único que se quedó con
Ernesto, el cual simplemente desempolvó del armario donde se guardan
las cosas que nunca se usan su antiguo mandil y gorrito de vendedor
de hot dogs . Con la plata que le pagaron a Adán , se compró un
carrito ambulante de color rojo y ahora es el hombre mas feliz del
mundo, recorriendo esta ciudad de perros sin dueño y de dueños sin
perro. Si dejas un rato de tipiar y pones atención , quizá escuches
su grito de "perros al dente" cruzar por tu cuadra . Abre entonces la
ventana . Verás a don Ernesto con una plácida sonrisa en los
labios , seguido por su mas fiel y leal compañero .
Brando
Ecuador
Al rato se presentó Adán, cojeando, jadeante, pero moviendo revolucionado su rabo, señal del contento que sentía al ver a su amo en casa. Llevaba varias horas solo, acurrucado en su rincón, desde que había visto partir apresuradamente a las mujeres de la casa. No se habían despedido de él.
Con dificultad subió al sofá, reposando su morro húmedo entre las piernas de Ernesto. Éste, percatado inconscientemente de la compañía de su amigo fiel, comenzó a acariciarle entre las orejas y el cuello, un rito tantas veces repetido en el pasado.
- Vaya, amigo – musitó Ernesto -. Estamos más solos que la una.
Adán meneó el rabo al oírle hablar. Arriba, abajo, arriba, abajo... no más, pues no se explicaba el por qué se cansaba tanto últimamente.
Ernesto pareció despertar del ensimismamiento de las últimas horas transcurridas... un brutal golpe a la realidad a la que no sabía hacerle frente.
- Todo está perdido, compañero.
Adán volvió a agradecérselo con un leve ritmo cansino de su rabo. Resopló y hundió más su morro entre las piernas que le daban ese calor y olor tan entrañables... sensaciones protectoras.
Ernesto comenzó a pensar en su familia.
En Laura, su esposa, una mujer que siempre le había reprochado su carácter débil. “No sirves para nada”. “Te dejas llevas y punto”.
Quizás por eso sus sospechas de que tuviera un amante, eran ciertas. Ella había aspirado a un nivel de vida que él no le había podido ofrecer. Mas, de un tiempo a esta parte, Laura salía con bastante frecuencia, hacía “sociedad”, como lo llamaba ella, y con sus amigas. Ernesto lo dudaba. Ese contento, esa alegría que le notaba, eran producidas por otra compañía disfrutada fuera del círculo de sus amigas. Pero, poco le importó.
Silvia. Ay, Silvia. Pasó de las trenzas a la cabeza rapada, de la falda plisada y la blusa a las chupas de cuero con cadenas, del beso de buenas días y buenas noches a las miradas esquivas y las malas caras... y sin darse casi cuenta.
Y, ahora, era una “pastillera”, una esas zombis que él mismo evitaba ver deambulando por las calles de la ciudad.
Adán se quejó calladamente, sacándolo de sus pensamientos. Tembló un par de veces y expiró definitivamente.
A Ernesto le saltaron las lágrimas, unas lágrimas sinceras hacia su buen amigo, el único que siempre había estado a su lado y sin condiciones. Ahora sí que estaba solo de verdad.
Se levantó del sofá, dejando con mucho cuidado la cabeza de Adán sobre un mullido almohadón. Una última caricia, un último beso.
Tentado por la media raja de la luna, se acercó hasta el balcón y abrió sus puertas corredizas. Miró a la luna que le sonreía irónica. Miró hacia abajo, diez pisos hacia abajo donde todo se le antojó muy pequeño. Atrayente... mucho, quizás demasiado.
“Cobarde, eres un cobarde”, se cansaba de repetirle Laura en sus numerosas discusiones.
De no haberse ido con su hija, estaba convencido que, nuevamente, habrían salido esas mimas palabras de su boca al verle la intención de saltar... incluso le hubiera animado a ello.
¿Iba a darle ese gusto?.
El timbre de la puerta, ahuyentó su idea de ser un Ícaro nocturno.
Al abrir, se topó con un uniforme de policía, con una cara de cuyos labios salían palabras:
- ¿Es usted, Ernesto... Siento decirle que su esposa y su hija han tenido un accidente de tráfico y...
Ya no pudo oír más. Sus piernas se aflojaron y cayó desvanecido al suelo.
Cuando despertó, estaba medio acostado en el sofá, al lado de Adán. El policía le daba aire con una revista mientras avisaba a una ambulancia.
- Tranquilo, no llame a nadie, estoy bien – acertó a decirle.
El policía le informó del desagradable trámite de ir a identificar los cuerpos.
- Vamos para allá, cuanto antes, mejor.
Abandonaron la casa para encaminarse hacia el depósito. Ernesto iba absorto en sus pensares, en el giro que se terminaba de producir.
Pensaba en los seguros de vida que hacía años les había hecho a su esposa e hija, unos seguros que habían sido el calvario de su sueldo... pensaba en la casa de campo que Laura había heredado de sus padres al morir. Otro tormento salarial, pues ella se había empeñado en acondicionarlo como si fuera un palacio.
Todo ello, por supuesto, intercambiable en un efectivo reparador de sus congojas actuales.
Lo único que más sentía era la perdida de Adán, pues, bien mirado, ni su esposa ni su hija le habían tenido verdadero cariño. Habían sido una de esas familias “desapegadas”, en la que cada uno había tirado por su lado.
Ahora estaba liberado, ya nadie fingiría en esa casa un amor que no se profesaban. Adiós a su vida cómoda, conformista, hipócrita de sentimientos.
Al día siguiente, enterró a Adán en el mejor cementerio de animales que había en la ciudad. Su amigo se merecía lo mejor. Qué culpa tenía él de la complicada vida que tenían los humanos.
Por la tarde, enterró a Laura y a Silvia en el nicho familiar. También hubieron lágrimas... después de todo habían compartido casi 20 años juntos, mal compartidos, pero ahí estaban.
Antes de la hora del cierre de las tiendas, entró en una y compró un cachorro. Era de la misma raza que Adán.
- Anda, Adán, vámonos a casa, – y salió de la tienda con él en los brazos, acariciándole entre las orejas y el cuello.
Mary Ortí
España
Después de un montón de horas sumido en un sinfín de
pesadillas,
Ernesto se despertó con una inquietante sensación de irrealidad y un
cúmulo de sensaciones físicas a cuál más molesta; una fuerte
opresión en el pecho que casi le impedía respirar; un zumbido
persistente le martilleaba los tímpanos y algo viscoso, caliente y
húmedo se le deslizaba por el rostro...
Abrió los ojos con cautela y comprobó que su cachorro pastor alemán,
Adán, estaba a cuatro patas encima de su pecho lamiéndole la cara
como un desesperado, y que el timbre de la puerta no dejaba de sonar
con una molesta insistencia...
Se levantó todavía medio mareado, no sabiendo bien donde estaba,
para abrir la puerta y conocer quién tenía tanta prisa por que le
abriesen...
Laura, más furiosa que nunca estaba en el umbral con el dedo
apretando aún el timbre, como si lo tuviese pegado a él...
Ernesto solamente tuvo tiempo a decir:
Hola, Lau..., cuando un tropel de palabras airadas le asaltaron;
realmente el carácter de Laura chocaba con el suyo en la mayoría de
las ocasiones...
Pasó por delante de él como una furia y se desplomó en el sofá con
una mueca de disgusto en su bello rostro.
Ernesto la siguió mansamente y se sentó a su lado en silencio;
sabía por experiencia que cuando estaba así no había manera de
pararla: ella era ella, y los demás sus acólitos...
-Ernesto, por Dios, despierta de una vez, solamente nos quedan
quince días para la boda y hay un sin fin de tramites por hacer...
Llevo toda la tarde intentando ponerme en contacto contigo y al
final he tenido que venir hasta tu casa para ver que era lo que
estaba pasando.
Hay que terminar de mandar las invitaciones de la boda; hay que
confirmar el menú en el restaurante; tienes que ir al sastre a que
te haga la última prueba de tu traje, en fin, un montón de cosas que
no puedo hacer yo sola...
Mientras que Laura hablaba y hablaba, Adán, su cachorro de nueve
meses le lamía mansamente la mano y Ernesto pensaba:
-¡ Era todo una pesadilla! -se dijo- un mal sueño del que acabo de
despertar... ¿un sueño o una premonición?, ufff... que alivio, que
alivio más grande; y sin embargo parecía tan real, como si
estuviera viviendo mi vida al revés...
Laura seguía hablando, y hablando sin parar y por supuesto sin
esperar contestación...
-Ernesto, querido, ya verás que bien va a salir todo, la vida nos
sonreirá... , lo tenemos todo muy bien planeado, si hasta ya tenemos
elegido el nombre de nuestro primer hijo, será niña, por supuesto y
se llamará Silvia como mi madre...
Ernesto dio un respingo... ¿Silvia?... por el amor de dios, que sea
niño y se llame Luis, o cualquier otro nombre, pero Silvia de
ninguna de las maneras, me daría pánico cada vez que la mirase a los
ojos...
En esos momentos, Laura se estaba despidiendo de él, que ni cuenta
se había dado, tan inmerso estaba en sus propios pensamientos, que
había llegado a olvidar su presencia...
Adiós, cariño, mañana no olvides que a las nueve de la mañana hemos
de vernos para concretar...
Adiós, Lau...- fue todo lo que pudo decir Ernesto antes de recibir
el beso rápido de Laura, y cerrar suavemente la puerta de su
apartamento.
Quince días después, más de cien invitados, esperaban expectantes, en
las escalinatas de la iglesia la llegada del novio...
Mientras tanto Ernesto a muchos kilómetros de distancia tendido en
la cama de un anónimo hotel escuchaba, en compañía de Adán, con los
ojos cerrados una canción de Salvatore Adamo que decía:
Sin un adiós se fue un buen día/ sin yo saber que me quería/ Si fue
temor decirlo no puedo/ si a nuestro amor le tuvo miedo...
Era una linda flor/ me atormenta pensar/ que pudo ser su amor/ el
que soñé encontrar/
Fue un ave que al pasar/ mi destino cruzó/ yo la dejé volar/ y nunca
más volvió...
Cuando el amor deja salida/ cuesta olvidar pero se olvida/ Toda
pasión es una locura del corazón/ que el tiempo cura...
Lola Bertrand
España
Pero, al final, un valium a tiempo, varias ginebras secas y unas lágrimas, tan húmedas como impotentes, fueron capaces de varear dolores acumulables en el sueño de la noche...
Ernesto se despertó con dolor de cabeza y con rabias no prescritas. Observó a Adán que le miraba con ojos de besugo enamorado, y dio un salto desde el sofá hasta la mesita supletoria dónde aún reposaba la nota de Laura. En vez de volver a leerla se dirigió al dormitorio y rebuscó en el último cajón del “sinfonier “ hasta encontrar su astra, aquella pistola que su amigo Antonio le había regalado cuando trabajaba en Santa Bárbara, y que siempre guardó con especial empeño a pesar de su pacifismo connatural y filosófico. Cogió dos cajas de munición, parsimoniosamente fue introduciendo una carga completa de balas en el cargador, notó cómo el sonido metálico de cierre de la culata le avisaba de que el arma estaba a punto, puso la correa a Adán, que seguía mirándolo con ojos cansinos y melifluos, guardó la pistola en el bolsillo trasero del pantalón, y salió a la calle con paso decidido, casi militar.
Cuando llegó a la Delegación de Hacienda, Ernesto dejó a Adán atado a una farola cercana a las puertas de cristales de la entrada y le dijo:
- Tranquilo, Adán, no tardaré en regresar...
El Comisionado de Hacienda tardó unos minutos en percatarse de que Ernesto le esperaba para hablar con él. Con cara cansina se acercó a Ernesto y le dijo:
- Usted dirá...
- No creo que me recuerde, -comenzó Ernesto-, pero hace unos días usted me hizo sentirme pequeño, estúpido y tonto...
El comisionado le miraba con el gesto torcido, y su boca temblaba ante aquel individuo que le estaba haciendo perder el tiempo.
- Mire usted, si tiene alguna queja..., -comenzó a decir el comisionado antes de ser interrumpido por Ernesto.
- No, no tranquilo. Solo quería hacerle un regalito...
Y mientras el comisionado le miraba entre perplejo e iracundo, Ernesto sacó su astra del bolsillo posterior de su pantalón, la montó con un movimiento rápido, y descerrajó un tiro preciso en el muslo izquierdo del comisionado que cayó fulminado por el dolor y por el miedo.
- Solo quería hacerle un regalito..., -murmuró Ernesto mientras se alejaba a paso calmo aprovechando la confusión que el disparo y los gritos del hombrecillo habían ocasionado.
Adán le estaba esperando tumbado mansamente al pie de la farola. Se levantó con dificultad mientras Ernesto le decía:
- Vamos, Adán, que tenemos aún trabajo...
La oficina de Ernesto estaba en planta calle, y esta vez no quiso dejar a Adán fuera, aunque Sarita, la telefonista de recepción, le miró con ojos como platos cuando le vio pasar con el perro.
- D. Ernesto..., -balbuceó Sarita.
- Calma, Sarita, -dijo Ernesto-, hoy solo vengo de visita...
Ernesto atravesó toda la nave mientras sus compañeros le observaban atónitos tirando del perro y con la mirada perdida sin saludar a nadie. Cuando llegó al fondo de la sala, abrió la puerta de su jefe sin llamar y entró como un autómata en el despacho de D. Nazario.
- Pero..., -se extrañó D. Nazario al ver la escena.
- No se altere, D. Nazario, tranquilo. Solo le robaré un par de minutos, -dijo Ernesto mientras se sentaba en un sillón delante de la mesa que ocupaba su jefe.
- Esto no me parece..., -intentó protestar D. Nazario.
- ¿Se acuerda usted, D. Nazario, de que ayer intenté pedirle un aumento de sueldo?
- ¿Y?
- ¿Y se acuerda de que ni siquiera tuvo la cortesía de escucharme, ni de mirarme a los ojos?
- Pues...
- Pues míreme bien ahora, D. Nazario...
Ernesto sacó su pistola y con enorme parsimonia comenzó a disparar a todo lo que había en el despacho: a las estanterías, a las fotos de su familia, al ordenador del fondo, a los cuadros...D. Nazario, aterrado, se había escondido debajo de la mesa. Ernesto dio la vuelta y acercándose a su jefe, que estaba hecho un ovillo de pánico, le dijo:
- ¿No quiere usted sentarse, D. Nazario?: vamos, hombre, que para eso es usted el jefe. ¿No decía que iba a haber una reducción de plantilla?: pues nada, dígale a los altos jerifaltes de la empresa que ya puede contar con dos menos, usted y yo...
Y dicho esto Ernesto apuntó a uno de los pies de D. Nazario y le descargó un solo tiro cuyo estruendo fue acompañado por un grito de dolor ensordecedor de D. Nazario que se retorcía de dolor en el suelo.
Cuando Ernesto volvió a recorrer la nave en sentido inverso, un silencio sepulcral le fue acompañando: todos sus compañeros, escondidos detrás de las mesas de trabajo, observaban impávidos y angustiados el tranquilo deambular por el pasillo de Ernesto y de su perro, sin atreverse a hacer el más mínimo aspaviento.
La Plaza del Dos de Mayo no andaba lejos de su trabajo, por lo que Ernesto decidió ir dándose un paseo hasta ella. Sabía, desde tiempo, que era el lugar preferido de camellos y de los grupos de jóvenes que desde el viernes en la tarde organizaban los “botellones” en una explosiva mezcla de alcohol y drogas de diseño.
Cuando llegó estaba ya anocheciendo y comenzaban a formarse, alrededor de los bancos, los grupitos de muchachos con sus litronas de coca-cola bien aderezadas con todo tipo de mezclas alcohólicas. Entre ellos pululaban los camellos ofreciendo su mercancía aditiva y siniestra.
Ernesto se sentó en unos de los escasos bancos libres que aún quedaban y ató la correa de Adán a una de sus patas. La cabeza comenzaba de nuevo a darle vueltas con una sensación asfixiante de ingravidez extraña. Tomó aire hondamente repetidas veces, sacó la pistola, puso un nuevo cargador, y comenzó “la balacera” con parsimonia sistemática.
Los camellos salieron de estampida al primer disparo sin pararse a preguntar qué estaba pasando, y algunos jóvenes, despavoridos, se lanzaron hacia los jardines intentando resguardarse tras los setos vegetales mientras contemplaban aterrados cómo algunos de sus compañeros sangraban y sólo podían intentar arrastrarse detrás de las fuentes de la plaza.
Cuando agotó el cargador, Ernesto dejó la pistola, aún caliente, a su lado y se quedó, como hipnotizado, contemplando la sangría mientras acariciaba a su perro.
No tardaron las sirenas de la policía en rodear la plaza. Ernesto no puso la más mínima resistencia cuando cuatro agentes uniformados se lo llevaron, luego de cachearle y de esposarle las manos a la espalda. Allí, en el banco, quedó Adán, tumbado y con vómitos amargos...
A la mañana siguiente, en una esquina de la Sección de Sucesos del Diario, una pequeña nota rezaba:
“Ayer un perturbado, ELP, originó una masacre en la ciudad.
Primero tiroteó a un funcionario del Ministerio de Hacienda, luego disparó contra su antiguo jefe en la empresa Fomentos y Servicios, destrozando el mobiliario e hiriéndole gravemente, y más tarde la emprendió a tiros, en la Plaza del Dos de Mayo, con los jóvenes que allí se congregaban pacífica y tranquilamente.
En total siete heridos por arma de fuego ha sido el triste balance de este perturbado del que, hasta el momento, se desconocen causas y antecedentes...”
Luis E. Prieto
España