"TU RELATO DEL MES"

Escríbeme:

 


ÍNDICE TU RELATO DEL MES
 
 Diciembre-2000
 Mi querido ángel - Marisa Bermúdez (E)
 
 Enero-2001
 Carta de Luis - Miguel A. Sánchez Valderrama (E)
 El ruido del silencio - Anselmo Ramos (E)
 
 Febrero-2001
 La última vez - Carlos Briones (Ch)
 El tonto - José Soria (E)
 A Dayma y el flautista que me pusieron - Ismael Brito (Cu)
 
 Marzo-2001
 Las trompetas del juicio - Rosy Palau (M)
 
 Mayo-2001
 Anda... - Manu (E)
 
 Junio-2001
 Neblina y llanto - Lucía Scosceria (Py)
 Una historia del café - Concha García Romero (E)
 
 Julio-2001
 Flores de cardo - Jorge Ruppel (A)
 Presidiario - Javier Otaola (E)
 
 Agosto-2001
 Jubilación Anticipada - Joseph Ruiz (E)
 Me saqué un no-premio - Marcos Winocur (A-M)
 
 Septiembre-2001
 Cúrame - Andrés Zabialgo (V)
 La muerte del escritor - Nicolás Fridmann (E)
 
 Octubre-2001
 Haciendo el amor hasta la madrugada - Elver Pizarro (P)
 El rancho de piedra - Alejandro Correas (A)
 
 Noviembre-2001
 Emboscada - Hernán Pablo Nadal (A)
 El empeño de Fernando - Antonio Holgado (E)
 El desgarro del aire - Laura B. Cena (A)
 
 Diciembre-2001
 Cuerpos sin lucha - Oscar Sipan (E)
 El viaje de su vida - Prudencio Hernández (Uy)
 Río Nilo en S. Francisco - Esthela Santiago (M)

Enero-2002
Pepebotas - Dante Castro Arrasco (P)
Cuando vea el mar - Migel Ángel Mañas (E)
Diciembre - Pablo Mora (V)

Febrero 2002:
El botija  Manuel Cubero (Es)
La última estación  David Granado (Es)
El banco  Marcelo Urizar (Ar-Br)


MARZO 2002
El mar amarronado - Fernando Olszanski (Ar)
En la altura... - Josué Santiago de la Cruz (Pr)
Los puntos suspensivos - Sergio Pérez Causo (Es)
El ropero de ébano - Fé Consuelo Martínez-Conde (Ch)

Abril-2002
El amor de una mañana de verano - Carlos Bcn (Es)
Corazón de mail - María Luisa Lázzaro (Ve)
El viejo profesor de Filosofía - Francesc Pedragosa (Es)

MAYO-2002
- Ernesto (relato inacabado con varios finales) - Belén Pérez del Prado (Es)

Brando (Ec)

Mary Ortí (Es)

Lola Beltrand (Es)

Luis E. Prieto (Es)

JUNIO - 2002
El Exiliado - Clara Bango (Ar)
Cosas en los bolsillos - Mª Antonia Seguí (Es)

JULIO - 2002

Los compases del solo - Francisco Navarro (Es)
Olvido involuntario  - Maré Rojas Tamayo  (Cu)
¿Tal vez cuentos de vieja? -  José Héctor Vera (Ar)

AGOSTO - 2002

El innombrable  - Luis Alcocer (Es)
Infancia  - Paco Espada (Es)

SEPTIEMBRE 2002

Verde ámbar -  Roberto Morales Saénz (Cr)
Maritzin - José A. Rangel (Mx)
Mariana la Jinetera - Iris Alfonso Allegue (Cu)
Mi cama -  Manuel Armayones (Es)

OCTUBRE

Dos mil, tres mil... - Harmonie Botella (Es)
La estrategia - Gabriela Simone (Ar)
Mate cosido - Caterina Brunelleschi (Ar)
Reencuentro en Menorca - Axel Porras (Pu)

NOVIEMBRE

Cuando el silencio se casó con la indiferencia - Daniel Sánchez (Es)
La cabeza de Shiva - Carlos Fleitas (Uy)
Si estuvieras - Mirta Romoli (Ar)

DICIEMBRE

El calor del pavimento -  Fanny Moreno (Co)
La sombra de una fantasía - Begoña Gil (Es)
Balada por un cielo nuevo - F. Javier Silva (Es)

ENERO 2003

Crishuaya  - Lenín Velarde (Pe)
Felicia  - Pedro Martínez Corada (Es)
La importancia de los ciruelos amarillos - Liset Corbo (Uy)
Inmortal - Roxana Heise (Cl)
El jarrito en el agua - Jorge A. García (Cu)

FEBRERO 2003

Aventura con Geisha - Jaime Carbonell (Co)
Pantera - Iris Alfonso (Cu)
Todo sigue igual - Ana Bustos (Es)
Tu falsa alegría... - Shué (Ar)

MARZO 2003

Con-verseando - Cristina Chaca (Ar)
Vocación - Elías Gómez (Ar)

ABRIL 2003

Nocturno en prosa - Juan José Mestre (Ar)
Crónica de un día nublado - Carlos Aldao (Ar)
Luna libre - Ricardo Martínez Cantú (Mx)
Paquito el tonto - Carmen Pulido (Es)

MAYO 2003

Fantasía para mi - Iris Alfonso Allague (Cu)
El accidente - Ricardo Iribarren (Ar)

JUNIO 2003

Absenta - María Dubon (Es)
El pájaro de Perugia - Juan Carlos Morales (Ec)
Igor - Héctor Espadas (Es)
Mal día - Luis A. Alcocer (Es)
Sonata para un órgano - César García Cimadevilla (Es)
Un fuerte olor a estío - Sonia R. Fides (Es)

 

JULIO 2003

Diario de una muñeca de aparador - Aletse Santiago (Mx)
Las coletas de Rita - Francisco Sierra (Es)
La bolchevique - José Luis Álvarez (Uy-Ch)
Trazos del momento - Julio César Hernández (Mx)

AGOSTO 2003

El palomar - Cristina Garrido (Es)
Essilio para una palabra - Lola Díaz (Es)
Historia de otra guerra - Charo Morellón (Es)
La secta de los hombres secretos - Víctor Bustamante (Co)

 

 

 

LA SECTA DE LOS HOMBRES SECRETOS

 

 

La pagoda es de color gris veteada con manchas de lama negra y saqueada por la lluvia. Una cruz de hierro roída por el orín duerme en la torre principal. Sobre el domo, desde mi perspectiva, apuntan al cielo una sucesión de cruces similares a antenas de televisión, no como una perversa alusión a un cementerio sino a su significado verdadero: un aparato de tortura ideado por la tecnología elemental que originó una idolatraría. Por celebrar una muerte, erigimos en icono una cruz. No sé si con el tiempo, escasos de héroes, celebraremos la guillotina, o santificaremos el Winchester. Lo que digo podría ser herejía.

Sí, su origen primitivo era el suplicio donde fijaban con cuerdas o clavos al condenado. Este suplicio, porque es un suplicio, lo originaron los persas, luego los cartagineses hasta que lo perfeccionaron los romanos al azotar al condenado. Los griegos un poco más susceptibles lo utilizaron lejos de su patria. Entonces, al criminal lo paseaban por las calles más concurridas, para su vergüenza y escarmiento, desnudo y atado al patíbulo.  Llegado al lugar de las ejecuciones era subido al palo vertical mediante cuerdas y se le ataban los pies o los perforaban con dos clavos. Referiré los horrores: la eterna sed de días enteros, la pérdida de sangre, la deshidratación y el exceso de sudor; así como la desnudez y los insultos ya fuera por ser esclavos, desertores, ladrones o haber perdido su personalidad; la locura, es cierto, nunca ha sido entendida. Este suplicio, el más duradero y que indirectamente celebran algunos nos hablan de una muerte. A quien hubieran crucificado lo custodiaban soldados y, al no ser sepultados, terminaban como alimento de las fieras o de las aves del cielo. Unas veces se aceleraba su muerte al romper las piernas, otras ahogándolos en humo. La causa de su muerte, que el condenado colgaba en su cuello, era fijada en lo alto de la cruz con su nombre. Sí, los cristianos la perfeccionaron al quitar el cuerno donde se sentaba al incriminado; era indecoroso el saliente entre las piernas. Entre más alta la cruz más podría verse la humillación y el escarmiento.

Sobre el domo parece que existiera esa huella de la historia narrada desde las diversas cruces imaginadas a lo largo de los siglos por una secta llamada de los hombres secretos, encargada de que se mantenga su culto, disponiendo de diseños, exhibiéndola en diversas aplicaciones en los rincones más apartados de la Tierra y en los diversos cultos que florecen. Al fondo queda la cruz ansada, llave de Egipto, señal de vida que la diosa Knu intenta meter en las narices del hombre que acaba de formar. También en uno de los pequeños domos yace la decusata o cruz de San Andrés con las aspas de la x, acreditada en el siglo décimo. En otro lugar, la griega con trazos iguales; la latina que es la de más uso con dos travesaños que la divide en partes desiguales; la svástica de los hindúes de uso astronómico que dio origen a un falso profeta con voz terrenal en la radio; la de jugadores y adivinos que es la patriarcal o de Caravaca con dos travesaños paralelos; la del tau cosida en su manto por san Antonio Abad. En otro lugar, a la izquierda, sigue la papal con tres travesaños desiguales entre sí; detrás de ésta, la cruz ancorada aquella que termina en dos puntas curvas; la de Malta cuyas extremidades iguales terminan en triángulos; la potenzada de brazos rematados en travesaños; la trebolada cuyos maderos horizontales terminan en tréboles; la cruz flordelisada cuyos brazos rematan en flor de lis abiertas y trabas al pie; la cruz de Montesa con maderos iguales y de color rojo; la cruz de Calatrava con travesaños parejos de color rojo terminados en flores de lis muy abiertas y dos trabas al pie del trazo del trazo vertical; la cruz de Alcántara que se diferencia de la anterior por tener el escudete del crucero, un peral verde y carecer de trabas. Mas acá la cruz con un círculo detrás ya que los primeros celtas mezclaron motivos paganos de Bran, el Bendito, con la cruz católica dando origen a la cruz celta adornada con trisqueles, dragones, venados, caballos, las imágenes de los dioses Epona y Kernunos. La leyenda asevera que cuando los invasores nórdicos, y germánicos entraron a la Celtia, Bran los expulsó en una pavorosa batalla. Antes de morir pidió a sus soldados que le cortasen la cabeza y la enviaran a un lugar donde él podría luchar contra sus enemigos. Posteriormente, esta leyenda dio origen a las calabazas en forma de cabeza del Halloween. Cierto, cada pueblo erige sus creencias que luego serán sus cadenas.

Al lateral, una ventana con vitrales de colores. La única entrada, un portón, que siempre he visto cerrado. A no ser cuando los oficios religiosos engullen a los miembros de la secta. La arquitectura no es de rebordes concluidos, más bien cada muro parece derramarse como lava petrificada. A veces da la impresión de que estuviera inacabada, otras a punto de caer. Nadie de los alrededores me ha dado una versión diferente: siempre se refieren, despectivos, a la iglesia vetusta en que nadie repara. Del edificio olvidado que nadie sabe quién construyó, tampoco encuentro en los archivos de la biblioteca, ni en la oficina del agrimensor, sus planos. Es como si la hubieran colocado así de repente y la hubieran aceptado sin ninguna discusión. Los vecinos nunca pisan su acera o el pequeño terraplén, a manera de escalas, también inconclusas donde algunos vagos se sientan a mirar los escasos crepúsculos. Tampoco se da el lujo de que en las paredes laterales coloquen carteles de reproche, anuncios comerciales o alguna mano nocturna escriba injurias como son casi todas las consignas. El gran domo siempre permanece intacto. No es miedo o recelo o el fatuo respeto que profesan los transeúntes, o los vecinos que cada mañana la observan como si fuera un zigurat difícil de escalar o que más simple, la ignoran.

La única puerta permanece limpia de polvo y ahora sé que es de marco y jambas bronceadas. La puerta obra como el papel atrapamoscas, un señuelo, pero un señuelo que nadie destaca. La puerta señuelo, no se sabe quien la brilla, está forjada y hornada en el noble y duro bronce y dividida a manera de la célebre Puerta del Paraíso de Lorenzo Ghiberti, pero con escenas diversas: en una huye Confucio con una horda de hombres que lo querían erigir como divinidad pero que él rechazó; en otra un hombre de barba joven y bello es seguido por otra horda que lo crucificó. En la parte de abajo, alrededor de una piedra negra, una multitud en cuclillas la adora; en otra un ídolo de muchos brazos, ríe. La sigue una escena donde se quema a un hombre por no tener fe, y en otra una pira de libros advierte sobre la necesidad de creer en algo. Más abajo una secta que se suicidó, yace al lado de su director espiritual; luego, en otra escena, una camarilla de ufólogos vestida con pantalón y camisa negra, sobre sus rostros un velo morado espera la llegada de una nave espacial. Cierto, se han suicidado. Abajo continúan algunos esbozos con una horda de televidentes frente al gran ojo cuadrado. Los demás paisajes del alma colectiva, lo supe después, se irán labrando con el paso del tiempo. Desde el atrio no se distinguen los relieves, apenas la luz que golpea el bronce, achata y opaca sus duras formas. Sé que el bronce se cárdena con lama verde; prueba de que alguien limpia el portón.

Indagué con los vecinos de la fachada principal, dos ancianos, que presumo todo lo saben porque los ancianos corren la suerte de no dormir en la noche, ni a ninguna hora; parece que los arredra el azar de la muerte. No me dieron noticia a pesar de cierta amabilidad. Existía una causa, el edificio parecía una gran mancha de tinta sumada a la gran noche. Me marché con una sonrisa inmisericorde, prometiéndoles regresar.

En efecto, solicité alquilar la buhardilla para mirar desde la ventana por si alguien husmeaba o lo que más me interesa, golpeara o abriera el portón. No obtuve ni el más ínfimo detalle de alguien que se acercara.

Es más, fotografié el templo palmo a palmo desde los ángulos posibles y, bajo diferente luz, llegué a la conclusión que era único. Con el cambio de luz daba la impresión de ser una mezquita, una catedral, una pagoda o un templo asirio. Parecía tener una edad indeterminada donde algunos hombres lo reconstruían. A veces era como algo gótico, como algo del renacimiento, como algo moderno tal vez habitada por la Secta de los hombres secretos.

Espero que el archimandrita o el deán sea un anciano de barbas blancas, tocado a la manera de un patricio de la iglesia ortodoxa de Chipre. Digo patricio, aunque sospecho que el edificio se encuentra abandonado. El domo no tiene campanas, ni altavoces. El recuerdo es vago, cada que regreso, lo veo diferente. Creo que el asombro y la perplejidad me contradicen. Ahora, que me aproximo, noto que el vitral no es de colores ni ideado por el vitralista Chagas, tampoco deja filtrar una luz malva tocando los ídolos particulares con su halo. No, el vitral es de color crema y sus vidrios están sucios de polvo y su marco malamente pintado. Con sorpresa observo que la puerta principal adolece de aldabón. Valiente me afirmo y la golpeo; es dura como el hierro y mis puños son apenas una caricia.

Una noche, tenía que ser una noche, encontré en el atrio una armadura. Era reluciente con su cota de malla, la visera bajada. Me senté a su lado. Alguien tenía que debía habitar esa armadura bruñida con escarpines de hierro. De inmediato la relacioné con la puerta. Hablé en voz baja acerca de la noche y de las mañanas grises; del yelmo no salió ni una palabra. Golpee la testa adornada con plumajes de los juegos de gesta, y una cruz de san Antonio inscrita sobre el facsímil cerrado de la cara. Volví a golpear en la frente por si el piloto de la armadura dormitaba; nadie respondió. Supuse una broma y dispuse a marcharme. Escuché, no sin asombro, como alguien pronunciaba mi nombre: Joseph Blessitt.

Era  un hombre joven y pálido con rasgos finos, bajo el dintel del portón de bronce, que apurado vino a mi lado. Vestía, elegante, un saco de marca. De un cordón atado a su cintura pendía una gran llave. Bajo el brazo izquierdo un libro encuadernado en cuero negro con escaldaduras. Repuso:

"Sé de su insistencia para conocer nuestros arcanos, lo he espiado desde la torreta; ahora mereces nuestra redención. Soy el último integrante de la secta, pero ya seremos dos. Sé que ha deambulado como un verdadero peregrino, refieren que lleva visitados trescientos países, arrastrando una cruz sobre sus hombros, que ha caminado unos setenta mil kilómetros y ha sido objeto de recepción por parte de presidentes y reyes, que ha ayunado en el desierto y en los glaciares, que sobre montañas negras y hoteles baratos ha sido tentado con fajos de dinero, bellas mujeres y cúmulos de droga".

Me entregó un báculo cargado en su espalda, el libro y la llave. "Ahora serás miembro de número y tu propio deán. En el libro está nuestra historia y los nombres de muchos dioses, debes leerlos en voz alta y tener fe, que es la creencia de los indignos", dijo. No le respondí.

El tipo cargó en sus brazos la armadura como si se tratará de un lisiado y la llevó adentro. Regresó y, sin ningún preámbulo, dándome una palmada en el hombro remató con tono pontifical, "el cielo y el infierno serán vuestros, así como el futuro". Luego se marchó. Miré el futuro: una calle sucia y vacía. Adentro del edificio, una concavidad negra.

Entré a lo que podría ser mezquita, templo pagano, iglesia o pagoda. Comprobé como la armadura y la llave eran de un mismo material. Me encaminé por la nave central. No hice genuflexiones, no sabía qué ritos propugnaban. Me dirigí a lo que considero un altar. Del domo principal, en mitad del salón, caía una raya de luz. Sólo había un túmulo de piedra sin rastros de sangre, ni huellas de sacrificio y un dado sin números en sus caras.

Era un salón enorme, sin columnas ni bancas, donde reposaban los frágiles maderos y astillas que supuestamente pertenecían a la cruz original, suficientes para llenar varios barcos. Tampoco exhibían imágenes de ninguna clase. Pensé que se trataba de alguna religión oriental o de un exotismo tropical. Regresé a la puerta y comprobé como la llave no entraba en la cerradura. Eché sobre mis hombros la armadura, subí y bajé por pasillos de escalas inscritos y adscritos a las paredes como si se tratara de un dibujo de Escher. Volví sobre el túmulo de piedra y comencé a correr las paginas del libro. Eran sólo paginas negras donde no aparecía escritura de ninguna clase con una larga sucesión de mandamientos o plegarias.

 

Víctor Bustamente Cañas

Colombia

vbc26@hotmail.com