Premonitorio
A LA HORA DEL TÉ O LA COMIDA
Acabaremos pidiendo a bocanadas o a silencios
que dejen de parir mentiras detrás de los periódicos
y que las bombas y los muertos y los odios
no descarguen cotidianos sus gritos de derrumbe
a la hora del té, entre alfombrillas de pacíficos solaces.
¿O es que acaso hay que adornar los postres
con dolores de fanáticos deseos; hay que comerse
el olor putrefacto de los llantos en camillas
para que la ceguera o la estulticia conjuren a los mártires?
Veremos de hacer la pira necesaria
-de fuego ignominioso, de verdades a medias, de mentiras-,
juntando a los soberanos del negocio de las armas
con los caciques protegidos por disquetes invisibles
de playas con palmeras en caribes luminosos.
Y vomitar sin complejos
porque solo la percepción de la revancha inteligente
hará salir a las ratas de sus casas de colores.
Los escondites ya son públicos, ya no es imprescindible
taparse en los largos corredores del fango acumulado
para ser los dueños del mambo y del negocio:
figuras del mundo y la farándula, elegantes figurines, fariseos,
presiden las Asociaciones de la muerte programada.
Solo es necesario, por eso del despiste y de los tontos inútiles,
entender que un negocio es un poema del momento
y que dinero y poderío deben rimar con quiero y albedrío
para acumular sangres y dolores, para coleccionar
muertes cotidianas, cotidianas angustias y tristezas, gritos
a la hora del té, la merienda o la comida.
Luis E. Prieto
8-9-2001